martes, 25 de marzo de 2008

Homenaje a Rafael Azcona

El triste adiós del genial y último austro-húngaro
Es difícil expresar un gran abatimiento por la pérdida de un ser al que no conoces pero admiras y quieres como si hubiera sido así. El fallecimiento de Rafael Azcona marca un acontecimiento trágico para la Historia del Cine Español, para el Séptimo Arte en toda su concepción y leyenda, porque lo que nadie pone en duda en un momento tan aciago es que, más allá de los adjetivos ponderativos y recuerdos varios a la figura del guionista, el Maestro se convirtió hace mucho tiempo en uno de los mejores escritores que ha tenido este arte, a la altura de aquellos genios de la Época Dorada de Hollywood.
Escéptico, irónico e incisivo, supo como nadie reflejar las carencias de una época y acometer bajo su humor negro la mediocridad y miseria que anidaba (y anida) en el ser humano. Y lo hizo como mejor sabía; sin la atenuación del poder que sugiere el cinismo y el humor. Nació para describir fábulas, para explorar la cotidianidad del día a día. Fue un narrador de vena satírica sobre el ánimo del pasado (entonces presente), con una perspicaz sincronía que siempre le facultaron para presentar las películas que llevaban su nombre en el guión como abrumantes lecciones de intrahistoria, ese término acuñado por Unamuno a la las vidas silenciosas y tradicionales escondidas en la historiografía oficializada e impuesta.
Antes de ser guionista, Azcona fue poeta de provincias, contable que odiaba los números, dibujante, escritor de novelas baratas y redactor de una revista de decoración. Al contrario de lo que se pueda pensar, Azcona llegó a Madrid no con la intención de dedicarse al cine, sino con la de trabajar como dibujante o pintor (antes había querido ser cocinero o torero). De su privilegiada mente nació ‘Estrafalario’ o la figura de ‘El repelente niño Vicente’, lo más destacado en esta faceta artística frustrada por el séptimo arte. Lo que no es óbice para haber sido considerado el heredero de escritores como Pío Baroja o Valle-Inclán y primogénito directo de la generación de Mihura, Tono y Neville. Cuando escribía en la legendaria revista satírica La Cordorniz, cuna de tantos genios culturales, un ilustre director de cine italiano al que tantas cosas buenas le debe nuestro cine, el insigne Marco Ferreri, le captó para esta cosa del cine. Su intención era la de adaptar para la pantalla una novela de Azcona llamada ‘Los muertos no se tocan, nene’, proyecto que no vio la luz, pero que le puso al servicio de Ferreri para dos de los títulos más grandes que ha dado nuestra cinematografía como son ‘El pisito’ y ‘El cochecito’, parábolas desoladoras de la España del momento, siniestras obras de feroz crítica social disfrazada con un inusual humor mordaz y corrosivo lleno de connotaciones sociopolíticas que ironizan de forma brillante sobre aquellos tiempos desiguales.
Es memorable, como ejemplo, aquella secuencia de ‘El pisito’ en la que José Luis López Vázquez y Mari Carrillo bailan rodeados de jóvenes en el mismo instante en que se dan cuenta de que se han hecho mayores esperando y la vida se les ha ido de las manos. O a Don Anselmo, en el rostro imborrable de Pepe Isbert, símbolo de picaresca egoísta, envenenando a su familia por disfrutar de ese coche de parapléjicos, objeto de deseo y producto de la envidia y el infantilismo de la vejez. Azcona recreó de forma inteligente el terror psicológico disfrazado de comedia cínica. Es lo que se ha dado en llamar la “descojonación”, humor negro azconaniano, el declive del ser humano en su énfasis por moverse y adaptarse. Es la esencia primigenia de lo que sería el ciclón de ideas que encumbraron al cine patrio a sus mejores obras, a ese remanente de versatilidad y riqueza de su discurso. El cine norteamericano nunca supo reflejar esa miseria con la certeza y sarcasmo con la que lo hizo Azcona. Hollywood hubiera dado lo que fuera con tal de tener un talento creador como éste.
La continuidad de Azcona llega con su matrimonio artístico con Luis García Berlanga, un viejo conocido, con el que ya había colaborado en un guión para televisión para Juan Estelrich, otro conocido de ambos. A partir de ese momento, Azcona le va a deber a Berlanga, todo lo que Berlanga a Azcona; la genialidad desbordante de un duplo destinado a marcar una época de cine español irrepetible. Ambos nos han dejado como legado películas como ‘Plácido’ o ‘El verdugo’. Con estos dos títulos, Berlanga pasó a ser el director más frecuentado por Azcona y con él enseñó a ver el mundo en que España vivía, a reírse de los aspectos más miserables que había en la sociedad de la época, a hacer humor con las diferencias entre clases, con la hipocresía como arma caritativa que diferencia los estratos sociales del momento, con la mezquindad, el desprecio o la incomunicación. Estas dos películas son sainetes de cianuro, pura crítica envenenada y tremendista que actuaron como libelos en contra de un régimen y una sociedad condenada a la carencia de vivienda, a la abusiva burocratización, sin desatender temática social como la emigración y el turismo emergente en la década de los sesenta. Fotogramas cargados de mala hostia y cinismo, empapados de ironía, contando historias que, sin querer, se han convertido con el paso del tiempo en piezas históricas de incalculable valor para la cultura y el cine español.
Una de las parejas más gloriosas que ha dado la historia de España y que un buen día, según cuentan los dos, dejaron de trabajar juntos por azar del destino. Justo después de que se estrenara su último trabajo conjunto hasta el momento ‘Moros y cristianos’, en 1987. De su comunión destacan también títulos como ‘La Boutique’, ‘Vivan los novios’, ‘Tamaño natural’, ‘La Vaquilla’, la Saga de los Leguineche (‘La escopeta nacional’, ‘Patrimonio nacional’ y ‘Nacional III’)… Berlanga definió a Azcona como “una persona extrañamente moral con más ganas de salvar la humanidad que yo. Realmente Rafael es único”.
Hablar de cine español contemporáneo es hablar de Rafael Azcona y viceversa. El hombre retraído y verdaderamente humilde que hizo de la discreción una forma de respeto siempre característica nos ha abandonado para siempre. Y lo ha hecho siguiendo esta tradición de mutismo imperturbable, dejando al cine español con la triste noticia de su muerte dos días después de que ésta se haya producido a consecuencia de un cáncer de pulmón. El eterno “señor de Logroño”, con su ética de guionista alejada del maniqueísmo y el moralismo, supo transferir historias con una descripción realista y testimonial inconmensurable, sin salirse del rigor estructural de los más reputados maestros del guión, con tramas absolutamente perfectas en su construcción. Entró por casualidad en una profesión que, para él, se basa fundamentalmente en observar, “Observar animales” expresó en varias ocasiones. Nuestro mejor guionista basó su deslumbrante trayectoria en descubrir los matices humanos más idiosincrásicos de las personas que han hecho posibles las fabulosas historias de este erudito riojano. Un sabio dedicado a recoger diminutos fragmentos de vidas que han configurado sus excelentes historias de ficción, reflejo de la sociedad a veces cruel, otras caricaturesca, siempre sin perder de vista el costumbrismo. Son actitudes, talento innato y fértil pensamiento, que han hecho de Azcona uno de los hombres más representativos y fundamentales del pensamiento español contemporáneo.
Además de Ferreri y Berlanga, por la vida de este sobresaliente escritor han pasado cineastas de reconocido prestigio como Carlos Saura, con el que colaboró en ‘El jardín de las delicias’, ‘Mi prima Angélica’ o ‘Ay, Carmela’. Fernando Trueba, que le debe el Oscar por la fantástica ‘Belle Epoque’, también ‘El año de las luces’ y ‘La niña de tus ojos’. Bigas Luna, Pedro Masó, José María Forqué, Saenz de Heredia, Juan Estelrich, Tonino Ricci o Antonio Nieves Conde, entre otros, también gozaron del privilegio de poder narrar historias de Azcona. En su etapa final, Azcona colaboró en las cintas más recientes de dos nombres que serán los últimos directores en trabajar con el Maestro; José Luis García Sánchez; ‘Suspiros de España… y Portugal’, ‘Tranvía a la Malvarrosa’, ‘Siempre hay un camino a la derecha’, ‘Adiós con el corazón’, ‘La mancha verde’, ‘Frankie Banderas’, ‘María Querida’… y José Luis Cuerda, director con el que ha rodado ‘Pasodoble’, ‘Tirano Banderas’, la excéntrica ‘El bosque animado’ y la que será su película póstuma como guionista ‘Los girasoles ciegos’.
Azcona se cultivó una fama de hombre austero e iconoclasta, acalladas en estos últimos años por sus numerosas apariciones públicas y entrevistas. Un escritor humilde y cercano que consideró que las películas en las que dejó su impronta eran de sus directores y nunca suyas. Una actitud distante, alejado de la fama pero conviviendo a su vez con el prestigio, en una industria audiovisual entusiasta de las imágenes, de la fama o de la gloria. Azcona, que en el la década de los sesenta contaba sus guiones prohibidos por la censura en igual o mayor número que los filmados, representa un nexo de unión entre la modernidad de los años sesenta y la tradición cultural marcada por los grandes clásicos.
Un gran hombre sin el cual sería impensable imaginar nuestra cultura. Una presencia necesaria, que no debería habernos dejado nunca. La vida es hoy mucho más triste. Quedamos desprovistos de sus digresiones sobre la modernidad, la estulticia humana, sus apelaciones a lo ortopédico, su devoción por la misoginia y el fetichismo inteligente. Cualquier guionista español tendría que hacer suya la frase que Agustín Díaz-Yanes citó al recoger el Goya al mejor guión original hace ya trece años para definir a Azcona: “ese guionista al que todos nos gustaría parecernos, pero nunca llegaremos a serlo”. Un observador que se ha hecho con el mecenazgo de muchas generaciones que están bajo su gran sombra, admirando al que es y será por siempre el soberano guionista.
Sin duda alguna, Rafael Azcona ha sido y será el más grande.