lunes, 11 de octubre de 2010

Review 'Enterrado (Buried)', de Rodrigo Cortés

Estimulante y macabro juego de claustrofobia
La sensacional ‘Buried’ es un ‘thriller’ de tensión insostenible que encuentra en la progresiva destreza y cognición de un director sobre los impedimentos escénicos el elemento fundamental para el complejo funcionamiento de un cautiverio agónico y emocionante.
Los créditos iniciales rememoran a Hitchcock en su esencia máxima. La estética y el espíritu de Saúl Bass y la música desafiante del compositor salmantino Víctor Reyes, que evoca las notas de Bernard Herrmann, acompañan a una espiral que cae en picado y se desdobla hacia la oscuridad de un ataúd en un prólogo que se dilata hasta llegar a su premonitorio arranque. Se escuchan jadeos, toses y gritos de incomprensión y agonía. Tres minutos sin imagen. La nada como elemento introductor. La oscuridad se establece como la gran protagonista de un viaje estático, dentro de un féretro de madera envejecido. Fulminantemente, el espectador se mete de lleno en la desquiciada tragedia de Paul Conroy, un padre de familia de Michigan que trabaja como conductor contratista de una empresa de transportes destinada en Irak. Despierta en la penumbra para descubrir que permanece enterrado vivo en un ataúd en medio del desierto.
En esta agónica tesitura límite plantea su segunda y valiente propuesta largometrajística el director Rodrigo Cortés, configurada como un ‘thriller’ de tensión insostenible. ‘Buried’ es un salto al vacío, una propuesta que no pretende escapar al realismo de su historia en una cinta de emoción sin pausas ni vacíos. De entrada, hay que enaltecer la dialéctica subliminal del realizador a la hora de presentar un planteamiento condenado a un complejo aparato formal para involucrar al espectador dentro de él, siguiendo la reclusión en la magnífica creación de una compleja sensación de asfixia, de precisa atmósfera dramática que conecta directamente con la platea. La película se asienta, de este modo, en un formulismo nada simple como es lograr el agobio extremo, conduciendo al protagonista por un trayecto que se lanza al público como un torbellino de emociones desasosegantes, estableciendo una comunicación emocional perfecta. Son 94 minutos metidos en una caja, sin posibilidad de salida, entregados a la consternación de este anómalo contexto.
Cortés es consciente en todo momento de sus estrictas limitaciones narrativas, sujetas al portentoso guión de Chris Sparling, pero afronta el reto y resuelve sus medidos avances bajo un pulso de indiscutible maestría en una situación cuyo tratamiento está envuelto en una difícil puesta en escena. ‘Buried’ empieza fuerte, sin guardarse los trucos que se esperan de un arranque frenético. Agotados todos los recursos narrativos y argumentales, es cuando comienza a aflorar la progresiva destreza y cognición de un director sobre los impedimentos de la lógica que adjudica esta película. El dominio sobre el proceso de exposición psicológica, la manipulación del tempo y el notable control sobre aparato formal evitan cualquier cesión al reduccionismo para afrontar la complejidad de un lenguaje cinematográfico que se impone sobre las connotaciones de un espacio tan cerrado.
Cortés sabe en todo momento cómo y cuándo tiene que mover la cámara, con determinadas angulaciones, acrecentando las motivaciones del personaje y su sentido fílmico a través de cada plano con cámara al hombro, ‘travellings’, grúas o aproximaciones y alejamientos al rostro del protagonista, que poseen un peso específico dentro del filme. ‘Buried’ utiliza el suspense como mecanismo psicológico, haciendo que el tiempo y el espacio fílmico se superpongan a la realidad para aproximar la verosimilitud y agonía de todo el entramado que se va construyendo según avanza el filme. Así, las conversaciones de Conroy con el exterior son la única arma de acercamiento a la realidad, instantes en los que el espectador puede imaginar e identificar acciones o rostros, como ese comando de insurgentes que atacó su camión, la desesperación y amenazas de Jabir, la frialdad asumida de Brenner, el inhumano y mecánico cuestionario de Davenport o la fragilidad de su madre aquejada con la enfermedad de Alzheimer. A partir de estos módulos, los secundarios cobran un protagonismo fundamental en sus apariciones invisibles a través del teléfono móvil.
Dentro de este signo genérico, siguiendo cierta significación modélica a la hora de sublimar el ‘thriller’, todos los elementos que aparecen en la trama; desde el primordial teléfono, el mechero Zippo, una navaja, una pequeña petaca, el bolígrafo y los demás artilugios que van apareciendo tienen una finalidad dramática condicionada a un propósito concreto y vital para la permanencia de la atención del público y sus posteriores desencadenantes dentro del acontecer del argumento. El director de ‘15 días’ consigue, de este modo, convertir un aparente desafío visual en toda una experiencia física. Cortés impone furia y fatalismo para contrastarlas con la inmovilidad de su personaje en un montaje certero, que funciona con su consecuente riqueza en la variedad de registros, variando su agilidad o estatismo en función del suspense o del drama que procedan dentro de esta apasionante aventura claustrofóbica. En ‘Buried’, el cineasta hace fácil lo imposible, logrando que el ‘thriller’ tenga un ritmo frenético dentro de una caja bajo tierra. Incluso se permite jugar en contadas ocasiones con algo de humor negro que no hace más que tensar el nudo que vincula al protagonista con el espectador, en los resortes de lo que parece una macabra estructura de comedia aplicada las evolutivas rémoras de su protagonista gracias a ese magnífico guión de Sparling.
Si en su anterior y ópera prima, ‘Concursante’, Cortés profundizaba en los corrompidos entresijos del capitalismo y ofrecía una sardónica perspectiva sobre la manipulación y el funcionamiento del sistema financiero internacional, donde los bancos se benefician y vampirizan a sus clientes, que además servía de anticipación profética sobre quimeras fiscales, aquí sitúa al espectador ante un miedo ancestral como es ser enterrado vivo. El ataúd sería un ‘Macguffin’, una simple excusa para encubrir la terrible realidad que asola a Conroy, su desnudez, soledad y angustia ante una burocracia que parece haber caído en la atroz indeferencia que no atiende a éticas ni problemas, instrumentalizando a cualquier ser humano perdido en la frustración de saberse un simple peón prescindible. Además, la Guerra de Irak se muestra como otro pretexto para hablar de la inutilidad de un conflicto bélico que sigue generando muertes y secuestros, donde el enemigo no es tanto el árabe que le ha metido bajo tierra y exige dinero a cambio de su vida como la empresa para la que trabaja o los servicios secretos a los que pide auxilio. Tanto en su ópera prima como aquí, los personajes son asediados y encerrados por la falta de escrúpulos de un sistema social que se mueve exclusivamente por la prioridad de la normativa, los intereses y la falsedad. ‘Buried’ simboliza la lucha contra el reloj de un hombre hacia su muerte, que es tratada con cruel indiferencia en una exposición de capacidad subversiva por parte de Cortés y Sparling, que hacen que lo que en principio se presente como un ‘thriller’ de tensión extrema vaya bifurcándose hacia una extraña conspiración llevada al drama y a la denuncia social.
‘Buried’ es, digámoslo ya, una de las mejores y más sorpresivas películas del año. Y por extensión, una de las más elogiables del último cine español. Por muchas razones. Más allá de su calidad como incómodo ejercicio narrativo lleno de fuerza y talento, hay hallazgos que potencian su magnificencia, teniendo como punto destacable la espectacular labor del departamento de sonido de James Muñoz, fundamental a la hora de poner resonancia a un cautiverio agónico, en la que su rigurosa utilización se convierte en una pieza clave para sacar el máximo partido a la agonía de Conroy, con cada exhalación, grano de arena que cae dentro del ataúd, el sonido vibratorio del móvil o los espasmos de ansiedad provocan que la sensación de impotencia de Conroy se haga todavía más enfermiza en la búsqueda del suspense e identificación con el público. Nunca antes el sonido había sido tan ilustrativo en una película española. Cortes cuenta asimismo con una extraordinaria fotografía que dota del cromatismo necesario a la oscuridad, con una gama de opacidad que desfila por la pantalla para llenar de texturas el desazón gracias al quirúrgico ojo de Cortés en colaboración con esa promesa de la fotografía que es Eduard Grau, a la hora de abrir y cerrar los fundidos a negro o darle todo el tono trágico a los planos detalle del sudor, la sangre o las lágrimas de Conroy.
A ‘Buried’ no le sobra nada, ni siquiera ese controvertido recurso final de esperanza, que deja ver lo que el público hubiera esperado en un epílogo sofocante que se vincula, por definición y género, al terror psicológico más puro y desconcertante. Con ello, Cortés redondea su macabro juego donde ofrece lo que el espectador podría esperar, para después volver a tapar la caja y hacer que la arena vaya agotando el tiempo y el oxígeno se apague con las bocanadas de ese descubrimiento actoral que es Ryan Reynolds. No por que sea desconocido. Todo lo contrario. Es una estrella de Hollywood desde hace tiempo. Tampoco por su valía interpretativa. Sin embargo, a Reynolds se le vincula a ese rol de guaperas con carisma y aquí, finalmente, llena de matices un registro muy difícil de llevar a buen puerto, haciendo que su presencia sea fundamental a la hora de darle credibilidad a esta pesadilla.
‘Buried’ es así un incómodo espectáculo que supone una transgresión velada, pues se presenta con el más absoluto realismo dentro de los cánones de un género restrictivo como es el ‘thriller’. Hay quien se ha aventurado a tachar al filme como un simple ejercicio demostrativo. Sin duda lo es. Pero también es un ejercicio abrumante, de insólita frescura y atrevimiento, creado desde una inteligencia envidiable y una erudición cinematográfica muy destacada. ‘Buried’ se disfruta desde el sufrimiento, desde la sumisión espeluznante que revela a un director con un talento descomunal a la hora de hacer de la esencialidad una auténtica montaña rusa de sensaciones.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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