viernes, 11 de junio de 2010

'The Crazies (The Crazies)', de Breck Eisner

Un ‘remake’ ejemplar
Esta revisión del clásico de Romero no es tan ideológica como su precedente, pero sigue siendo una crítica hacia la violencia extrema de la América militarizada que supera a aquélla con un ritmo envidiable y un respeto con los dispositivos genéricos ricos en lecturas y camuflados en algo de sangre fácil.
A priori, cuando ‘The Crazies’ se aborda como ese ‘remake’ del filme de 1973 dirigido por George A. Romero, las expectativas se adecuan a otra de esas revisiones sin sustancia de clásicos del ‘gore’ que atienden a una idea bastante confusa de lo que es el cine moderno. Muchas veces, los preceptos del cine Romero se circunscribieron a una actitud crítica con el sistema, a la identificación de los símbolos terroríficos como una diatriba batalladora en la que la sangre derramada, por mucho ‘zombie’ que pululara por sus cintas, no era más que la procedente de quebradizos seres humanos indefensos ante las utilidades que representan como sociedad para otros estratos mayores, que hacen prescindible al individuo. ‘The Crazies’ reunía estos factores en un discurso metafórico sobre experimentos de estado y los peligros de los avances nucleares relativizando su esencia terrorífica con un subtexto de conservación ante un peligro masivo. En aquella época, durante la Guerra de Vietnam, el adversario era el gobierno de los EE.UU. Hoy, en su actualización, el ejército y el poder mundial también ciernen su sombra sobre virus encubiertos con oscuros propósitos.
La historia de fondo continúa siendo la misma; una crítica al desmedido poder de los altos mandos que provocan un estallido de violencia, que induce al caos y a la salvaguarda de la naturaleza humana devenida en autodefensa. En esta nueva ‘The Crazies’ la acción se sitúa en la pequeña y apacible localidad de Ogden Marsh, en Iowa. Un acontecimiento imprevisto como es el disparo del sheriff a un vecino que le apunta con un rifle en actitud catatónica desencadena una espiral de extraños casos que provienen de aquellos que han ingerido agua con toxinas biológicas procedente de un lago en el que ha caído un avión militar. Las autoridades parecen haber encubierto el accidente aéreo, mientras los habitantes de la zona comienzan a sufrir un descontrol imparable de casos en los que la disposición neuronal se rige por una aterradora sed de sangre. Lo primero que llama la atención del filme es lo bien que está planteada la disyuntiva de terror introducida en la realidad rural de un pueblo perdido en el centro-oeste de los Estados Unidos, mostrando esa evolución desde la tranquilidad inicial hasta la pesadilla con rasgos naturalistas, utilizando un terror austero que no prescinde de los sustos de catálogo, logrando anticipar la efervescente inquietud antes que salpicón de sangre.
Aquí, sin traicionar el vestigio e idiosincrasia de Romero, la zona no se anega de ‘zombies’ o de infectados en el sentido actual y genérico que se establecido en la última década. Se trata de un tipo de contaminación vertida a través del agua que convierte a los ciudadanos en algo así como maníacos homicidas sin voluntad. Con ello, el director Breck Eisner maneja con buen pulso dos vertientes genéricas como son la del cine de terror y sus fórmulas estéticas, salpicado con un poco de ‘gore’ y, por otra, ese ‘thriller’ apocalíptico que sigue hablando sobre los riesgos de un posible fin del mundo a manos del hombre moderno y sus fuerzas militares, desde un prisma que no traiciona la genealogía de la serie B. Se podría decir que este ‘The Crazies’ no es tan ideológica como su precedente, pero a los guionistas Scott Kosar y Ray Wright tampoco les hace mucha falta incidir en esta vertiente, ya que dejan muy claro en dos o tres trazos de violencia extrema una crítica a la América militarizada, con un ejército que lanza protocolos de contención totalmente deshumanizado en el que da igual si los autóctonos están infectados o no, puesto que lo importante es comenzar un salvaje exterminio si así se logra encubrir los errores gubernamentales.
‘The Crazies’ tiene un arranque ejemplar que no se anda por las ramas en la materialización de su progresivo delirio hacia los oscuros abismos de la locura y la aberración. Eisner mantiene el pulso otorgando una gratificante credibilidad de todo lo que acontece, sin necesidad de recurrir a efectismos ni elementos sanguinolentos. También es destacable el dibujo de sus personajes principales, que responden al rol que se les asigna, sin parodias de sí mismos, sin mucha prosopopeya ni información; tenemos un sheriff que, pese a ser la autoridad de un pequeño pueblo rural, es estoico y perspicaz, su mujer, la doctora de la zona, embarazada y con coraje y dos personajes complementarios como son el adjunto del sheriff, un hombre inseguro que va perdiendo el norte con las dudas y la violencia que rodean los acontecimientos y un factor casi ornamental como es la ayudante de la doctora, una joven que se ve metida en este desagradable fregado sin quererlo. Este ‘remake’ conserva así algunos detalles de la versión de Romero, pero asume su alejamiento de aquélla situando a los personajes en un escenario totalmente controlado por un satélite que advierte del riesgo de expansión del virus y que va dejando ver las debilidades de sus personajes. También afecta a los contagiados, que responden como lo haría un ‘redneck’ al que se le cruzan los cables en determinado momento de locura. Interesa, al fin y al cabo, ir desplegando la forma en que se aniquila la representación de la placidez rural, con una contundencia y un estilo muy directo y ameno, donde entra en juego el mejor valor aportado por el realizador: la perfecta conjunción entre tensión y elipsis.
Si por algo destaca esta cinta es por la facilidad con la que supera de un modo tan evidente a su precursora, legitimando la credibilidad de algunos ‘remakes’ del Hollywood actual, curiosamente los que proceden de un género concreto y unos argumentos muy definidos. En este sentido, la película de Eisner recuerda, inevitablemente y sin entrar en ningún tipo de comparación, a otro ‘remake’ de Romero como es el portentoso ‘Amanecer de los muertos’ de Zack Snyder, compartiendo con ésta su respeto con los dispositivos genéricos ricos en lecturas y camuflados en algo de sangre fácil donde prepondera con diferencia la acción de infrenable ritmo sobre todo lo demás. En ambos casos, la reformulación supera con creces a su referente, sin perder de vista el acatamiento de sus reglamentos argumentales, sin necesidad de reinventar el filme de Romero. Además de suscitar ese extraño halo de fascinación dentro de unos parámetros de cine de género sin pretensiones, ‘The Crazies’ no ahorra detalles en su pulcra arquitectura formal, de sutil dramatismo que no cae nunca en lo burlesco (aunque hacia el final del filme haya algunas decisiones imposibles de entender), haciendo que el equilibrio formal y la brillante puesta se completen con esa inquietante fotografía que va pasando de la placidez luminosa al puro ambiente claustrofóbico, muy bien trabajado por Maxime Alexandre. No obstante, es el fotógrafo habitual de Alexandre Aja. Y en este tipo de producciones específicas, eso se nota y se agradece. Así como la magnçifica e inquietante partitura creada por el maestro Mark Isham para la ocasión.
Tal vez el inconveniente de ‘The Crazies’ sea, en apariencia, la previsibilidad de todos y cada uno de sus movimientos argumentales, tantas veces reiterados, pero no por ello menos sugestivos debido al beneficio de una dirección bastante destacable y con muy buenos momentos de desasosiego sobre los que la cinta encuentra sus mejores argumentos de defensa. Las secuencias que van desde ese padre que quema su casa con su mujer y su hijo encerrados en un armario, como la excepcional y más sangrienta escabechina que transcurre en el laboratorio forense, los instantes de locura colectiva cuando el ejército pone en cuarentena al pueblo, así como esas dos protagonistas atadas a una camilla viendo como uno de los infectados se acerca con una horca de carga, hasta llegar a ese monumental ‘set-piece’ del tren de lavado de coche absolutamente genial hacen que ‘The Crazies’ se configure como una de las mejores películas de género vistas en bastante tiempo.
Cierto es que se echan de menos algunas inolvidables escenas del original, como esa anciana que se levantaba de la mecedora para clavarle las agujas de hacer punto a su pequeño nieto o, sobre todo, al padre que, llevado por el retroceso a los instintos primarios producidos por la infección, hacía el amor salvajemente a su hija. O también que, en ciertos instantes, se aprecie un tono excesivamente trascendental y abstracto, cuando hubiera estado bien algo de sentido del humor e ironía, componentes del género que siempre ayuda a validar su mérito. Más o menos, como cuando Lynn Lowry, que había participado en la versión del 73, hace un cameo como una mujer en bicicleta cantando una canción absurda.
Todo ello se compensa con un final en el que se adivina que, aunque hayamos sobrevivido con los protagonistas que atisban la gran ciudad como promesa de salvación, es difícil imaginar que la pandemia no haya alcanzado un síntoma global. Al fin y al cabo, las pequeñas imperfecciones están paliadas con esa mencionada y plausible astucia para la cadencia de Eisner, que se respalda (muy mucho) con la gran aportación de sus actores principales, ya que tanto el sobrio Timothy Olyphant, como la cada vez más habituada a estas películas Radha Mitchell, así como Joe Anderson transmiten autenticidad, haciendo que sus personajes sean más que simples estereotipos.
‘The Crazies’ puede tacharse de formulista y de tópica, pero el verdadero aficionado sabrá apreciar la franqueza puesta en imagen y con el material con el que se trabaja, haciendo de esta ‘survival horror’ una gratificante muestra de concisión, de hedor perturbador y acción amenazante que no pretende falsear los propósitos a los que está destinado, a un público muy concreto que disfrutará esta espléndida revisión. Por supuesto que no llega a subvertir el género a un estilo propio, pero sí acopia suficientes aciertos como para que se establezca, con todo el merecimiento, como una de las sorpresas más inesperadas y agradables del año.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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