lunes, 25 de enero de 2010

El 'irish' hardcore de los Dropkick Murphys

El pasado viernes tuvimos la ocasión de asistir al concierto en Madrid de los Dropkick Murphys. La sala Heineken se llenó para ver a este grupo de Boston que representa fielmente la esencia de la iconografía ‘irish’ estadounidense. Los Murphys no defraudaron en su recital sobre el escenario, desprendiendo esa aura de fuerza y diversión con su sonido agresivo y contagioso, en su fusión de rock y hardcore, mucho punk urbano y ecos celtas de resonancias ‘folk’ irlandesas. Un concierto de exacerbación musical, que se nutrió, como en ellos viene siendo habitual, del entusiasmo del público y de un sonido potente, que sabe dejar en cada directo lo mejor de sí mismos, aunque el sonido de la sala no fuera todo lo ideal para demostrar el potencial real del grupo, en especial, la gaita de Scruffy Wallace. Durante los 90 minutos prometidos se sometieron al entusiasmo del público que coreaba cada canción mientras los Murphys se entregaban por total a la platea y viceversa. Una comunión mítica.
El contexto era de celebración extrema. Abajo, en primera línea de trinchera, se confabulaba una amalgama de gente que se movía involuntariamente al compás de un pogo desmedido, donde no faltan empujones y un poco de ‘body surfing’, donde el colectivo se caracterizaba por camaradería y las risas, por el baño de masas que concentraba el evento musical. Comenzaron con el ‘Famous for nothing’ y no faltaron canciones como ‘Flannigan's ball’, ‘Walk away’, ‘The Spicy McHaggis Jig’, ‘Dirty glass’, ‘Buried alive’, ‘Bastards on parade’, ‘The Warriors Code’ o ‘Captain Kelly’s Kitchen’. Un trepidante y enérgico ‘setlist’ donde se echaron de menos himnos identificativos, sobre todo el ‘Your spirit´s alive’ o, en menor medida’ el ‘21 guitar salute’. El vocalista principal, Al Barr, saltaba cada pocos minutos a la valla de seguridad para compartir estribillos y letras con los enardecidos fans, vestidos para la ocasión con galas irlandesas, gorros de leprechaun, alguna falda masculina y mucha cresta. En definitiva, mucho ‘punkie’ a pecho descubierto sudando como cerdos. La mezcla de sonidos, estilos y culturas que expelen el grupo de Quincy, Massachussets, se contagia a sus seguidores. Es algo innegable. Y es lo más distinguido y destacable de este tipo de reuniones musicales.
Su música, heredera de los Pogues, oscila entre la furia de la guitarra y la batería a la utilización de la mandolina para acompasar el hardcore de voz, así como la combinación de acordeón, el teclado, el bodhrán y esa imprescindible gaita del mencionado Wallace. El desmadre y la fiesta se convirtieron en absolutos cuando invitaron en los bises a todas las chicas a subir al escenario. Fue el momento en que, llevado por el arrobamiento, me uní a la marabunta humana de golpes y codazos, de pogo sin freno, cuando los Murphys hicieron sonar su canción más conocida ‘I’m Shipping up to Boston’, inspirada en un poema de Woody Guthrie y tema cardinal del ‘Infiltrados’, de Martin Scorsese. En un final de fiesta en el que no podía faltar el tema ‘Alcohol’, la noche se cerró con el escenario lleno de gente, con Ken Casey haciéndose fotos con todo el mundo estirando su dedo corazón en cada instantánea y los Murphys despidiendo una noche de memorable espíritu ‘irish’, de coros etílicos, de furor bostoniano en pleno centro de Madrid.
Lo próximo de los Dropkick Murphys es una ofrenda a lo que todo grupo de rock-folk de raíces irlandesas se debe: lanzar un directo grabado el último Saint Patrick’s Day bajo el título ‘Live On Lansdowne, Boston MA March 12 To March 17 2009, Seven Shows, Six Nights’.