martes, 7 de noviembre de 2006

Review 'The Departed'

Adrenalítico juego de dobles identidades
Scorsese reafirma su condición de gran genio clásico, pero también de imprevisible cineasta, con esta prodigiosa historia de pesimismo y traición desbordada de genialidades.
El éxito de taquilla obtenido por ‘The Departed (Infiltrados)’ ha situado el último estreno de Martin Scorsese a la cabeza de las películas que ya aspiran a ser nominadas al Oscar de la edición del próximo año. Desde 1991, cuando estrenara ‘El Cabo del Miedo’, el director italoamericano no había conseguido dar en la diana de la taquilla con tanto acierto. Pero la carrera de Scorsese nunca ha fijado su interés ni en las cifras del ‘box-office’ ni en la obstinación, como se viene diciendo, de obtener esa preciada estatuilla que persistentemente le niega la Academia de Hollywood. Más allá de estos superficiales ejes cinematográficos, su filmografía, apuntalada con férrea disciplina en la concepción y ejecución de cada una de sus películas, establece un mundo creativo donde pugnan su personalidad y su arrolladora narrativa, la responsabilidad de un cineasta considerado como uno de los grandes genios del cine contemporáneo, pero cuyas películas no suelen triunfar de cara al gran público y que, últimamente (sobre todo con ‘The Departed’), ha fraccionado sin precedentes a la crítica internacional.
Se dice que Scorsese, desde hace más de una década, divaga en la constancia de una incierta maestría mal enfocada, hacia un camino indescifrable, acarreando depurados ejercicios de estilo y absoluta pericia, deambulando entre el clasicismo, el riesgo y la modernidad, sin establecer una línea que oriente su filmografía hacia una dirección concreta. Lo que puede parecer un desacierto, es un hecho fehaciente, que le convierte en uno de los directores más imprevisibles del cine moderno ante sus siempre anunciados puntos de inflexión en una filmografía trufada de importantes obras que han ido adquiriendo su trascendencia a través de los años, incluidas aquellas despreciadas por ciertos sectores críticos, que han menospreciado cintas como ‘Al Límite’, ‘Gangs of New York’ o ‘El Aviador’.
‘The Departed’ vuelve a poner en tela de juicio la destreza del maestro, evidenciando que la supuesta incertidumbre que puede ratificar su constante alteración dentro de su carrera no es más que la reinvención de una mirada enérgica, de la búsqueda de un ejercicio formalmente ajustado a sus singulares tragedias de poder y culpa. Scorsese vuelve a permutar la frenética aptitud de sus grandes obras en un ejercicio formalmente ajustado al texto (que esta vez, viene de encargo) y a la épica de una cinta donde prepondera una perfección de relojería inusitada dentro del actual cine de Hollywood, tanto si es contemplada como un fascinante logro de artesanía imperceptible o, simplemente, como un trabajo menor que formula un gran espectáculo de entretenimiento. Porque si por algo aúna criterios esta última fábula del maestro es por la constante lección, de ejemplar capacidad para dilatar la cadencia de un filme hasta el paroxismo, con una planificación y dirección de actores apabullante en la que no importa tanto esa citada épica del director como su simplicidad, su directa inmediatez, la sensación constante de disposición con la que el público se reubica en las continuas rotaciones de una narración espontánea y perceptiva.
Scorsese regresa con ‘The Departed’ a los submundos obsesivos que han marcado parte de su carrera; al universo hermético y sombrío de la mafia, al sentimiento de culpa, a las raíces, a los credos personales (más allá de la religión), a las exangües fronteras que existen entre el bien y el mal, donde elementos como la lealtad, la soledad y la traición recuperan a un Scorsese que no deja pasar la oportunidad de contribuir con una nueva visión al realismo urbano que pone de manifiesto las consecuencias de la violencia a través de una espiral de mentiras y ambigüedades en un entorno hostil. Epopeya narrativa forjada bajo la mirada del maestro en un enclave conocido, las trágicas historias de redención y derrota, esta película es muchas cosas a la vez; cine diletante y a veces delirante, cine de acción, de suspense, cine policiaco, un drama existencialista, en definitiva, cine en estado puro que explora esa delimitada ‘zona cero’ emocional y ética que transige a la epopeya metafísica. Un desconcertante ejercicio de estilo que renuncia a muchas bases del cine ‘scorsesiano’, pero que, sin embargo, no deja de lado su afán por reflejar a víctimas de la sociedad a la que ellos mismos contagian y maltratan, prosiguiendo su particular genealogía atestada de oscuros abismos personales, de roles enfrentados a un ciclo en el que se suceden confianza, sumisión y traición. Un mecanismo perverso de dualidad moral que no podía faltar en el escapismo vivificador de esta ponderativa y genial obra que no es maestra, pero casi.
‘The Departed’ tiene un enemigo capital que ha salido a relucir por sus detractores más acérrimos. Y es que parte de un material ajeno, descrito como funcional ‘remake’ de ‘Wu Jiao Dao’, de Wai Keung Lau y Sin Fai Mak, en Occidente titulada ‘Infernal Affairs (Juego Sucio)’. Un lastre que apoya malintencionadas teorías de agotamiento en la filmografía de Scorsese, pero que soporta a la perfección cualquier tipo de cotejo, fundamentalmente, porque estamos ante una libre adaptación del filme asiático y no un ‘remake’, como se viene diciendo. Ambientada el South Boston, donde la policía estatal está en guerra con el crimen organizado, Billy Costigan (Leonardo DiCaprio) es un joven policía cuyos orígenes hacen de él un postulante idóneo para convertirse en un topo dentro de la mafia, un infiltrado sin ningún contacto ni reconocimiento oficial y obligado a arriesgar su vida en el seno de la organización más peligrosa de Massachussets dirigida por Frank Costello (Jack Nicholson). La misma organización criminal que, curiosamente, ha sido capaz de preparar a otro joven, Colin Sullivan (Matt Damon), para que repita el mismo juego, infiltrándose como uno de los máximos agentes policiales de la ciudad. Un cruce imposible, de dobles juegos, de traidores denominados ‘ratas’ en una coyuntura donde no hay tiempo para descubrir la identidad del adversario.
La gran diferencia entre ‘Infernal Affairs (Juego Sucio)’ y ‘The Departed’ es que Scorsese se centra en desarrollar la parte más retórica y ficcional del libreto de William Monahan, sometiendo los resortes de la narración a su impetuosa y elegante disposición visual, sabiendo llevar al espectador por un carrusel de convulsiones argumentales, de poderosa emoción, de encrucijadas repletas de matices que se deslizan entre lo exagerado y lo imposible, pero que no afecta a la credibilidad de un espectador situado en todo momento en una posición de atención constante ante el absorbente control de un Scorsese apoteósico, que sabe llevar al público con agilidad, astucia e invisible precisión hacia un juego psicológico de unos personajes muy físicos, enfrentados a un grado máximo de pesimismo y traición.
Dentro de este juego de dobles identidades, existe un arma de doble filo. Por una parte, en el análisis de los componentes de la intriga que, como en toda ficción, esgrime improbables casualidades, ardides y argucias de ilusionista, como los fortuitos encuentros entre personajes, vertiginosas afiliaciones, cartas olvidadas en una mesa, teléfonos móviles pinchados o ese as guardado en la manga de un desenlace que roza el surrealismo, pero que desborda con una inesperada traca final. Casualidades solventadas con la coherencia con la que todos los elementos y personajes están construidos para no caer en lo grotesco. Por la otra, en un material que se inicia con inflexibles elipsis dentro de un guión dinámico, con bruscos giros perfectamente ensamblados, Scorsese opta por salvaguardar su ilación argumental y visual, polarizando sus obsesiones, su elegancia y clasicismo donde el relato se cimienta en el arrollador y brillante despliegue de acontecimientos y sobresalientes diálogos que sitúan el retrato simétrico de dos personalidades destinadas a encontrarse en un panegírico de precisa narración, ajustada a un ritmo salvaje e infatigable. ‘The Departed’ es, en su fondo y en su forma, una espiral de mentiras, de simulación orquestada hacia la superposición de apariencias que se van retroalimentando con una fuerza narrativa apasionante en la que infiere el ritmo cómplice que sabe dar a la función la excepcional Thelma Schoonmaker.
‘The Departed’ es también una constante pugna de contrastes y ambivalencias, de enfrentamientos dialécticos, de forzadas imposturas situadas en los débiles términos de lo verdadero y lo falso, aquellos que pueden romperse por un mínimo desliz o una mirada insegura. Existen dualidades a lo largo de todo el metraje; de las dobles identidades de ambos infiltrados, en la doble relación con la psicóloga interpretada por la dulce y sugerente Vera Farmiga, doblegada por el romanticismo de un Sullivan artificioso y, por contra, pasional y salvaje en su furtivo encuentro con Costigan, translúcido en sus sentimientos con el único soporte que encuentra en su tormento de soledad. Pero también, en la divergencia de tonalidades que utiliza un inspirado Michael Ballhaus para fotografiar el oscuro South Boston, las tarbernas irlandesas donde se fermenta el crimen o en la luminosidad de una comisaría que se vuelve nocturna y lóbrega a medida que avanza la acción. Luces y sombras de mundos paralelos hermanados en la corrupción y la conjetura como signo de un artero espectáculo de mafia y orden, vinculados por la ambigüedad y disueltos finalmente por la verdad y la muerte.
Scorsese engloba ese espíritu irlandés, alejado de Beacon Hill, del ‘smell the coffin’ que subraya el contexto de paranoia, confidentes, encerronas y baños de sangre de la mafia regida por Costello, para reincidir en su inconfundible devoción por los bajos fondos que tanta importancia han tenido en la obra del cineasta, bien sea en Nueva York o, ahora, en Boston, donde transcurre la historia de estos antagonistas de orígenes similares que eligen opciones morales opuestas, variantes trágicas de un análogo determinismo. Pero existe una salvedad fundamental en esta película con respecto al resto de la filmografía el cine de Scorsese, ya que, en términos morales, ésta es la historia con menor implicación personal del director. Si antes, el catolicismo era el símbolo metafórico de exoneración moral, ahora lo es la representación del mal, encarnada en el sugestivo Costello y su glorificación de poderoso atractivo.
En el cine de Scorsese algo ha cambiado. La familia sigue siendo la clave que mueve el mundo, pero disgregándose paulatinamente, viendo a su vez cómo se desintegran las creencias en un mundo oscurecido y sin Dios, reflejado en esa provocación con fondo de reproche a la Iglesia Católica en boca del personaje interpretado por Nicholson. En un orbe de hipocresía y mentira, nadie se salva de la sátira acusatoria. Es otro de los elementos que patentizan la renovación de Scorsese, la abolición de esos planteamientos clásicos que muchos de sus acólitos echan de menos, esperando el regreso de un cine que, en la actualidad, el cineasta ha modernizado, confiándose, en esta ocasión, a realizar un ejercicio de ficción y suspense sin prejuicios, con una dirección violenta y amparada en la solidez de una arquitectura narrativa sin concesiones a la gratuidad de unas imágenes nacidas (y homenajeadas) de la literatura de ‘El hombre que era jueves’, de G. K. Chesterton o en la cinefilia de ‘El delator’, de John Ford, más que en su precedente oriental.
Tal vez sea cierto que todo el tinglado sea una profusión de estilo, de planificación creada para y por el lucimiento, no obstante, esta afirmación queda disipada por el remanso que ofrece su objetividad estética. Tal vez también sea cierto que la maquinación argumental de Monahan pretenda encauzar la película a un final sorprendente y hemoglobínico, pero teniendo en cuenta en todo instante que tiene el lógico desarrollo que impone una conclusión poco previsible. Ni siquiera las licencias de algunos personajes como el de Costello y sus incoherencias hacen que se rompa la conexión emocional que ofrece el convulsivo ritmo que Scorsese propugna sin indulgencia hacia la reflexión y que va más allá sobre lo que se percibe en pantalla. Todo es una encomiable consecución orientada al cine de acción. Lo que hace que ‘The Departed’ sea una inolvidable muestra de empirismo que no deja lugar a la indiferencia.
Apoyado en un portentoso reparto, el pulso adiestrador de Scorsese marca las fantásticas interpretaciones de dos jóvenes llamados a ilustrar lo mejor del cine actual; la persistente demostración de talento de un actor en pleno auge como Leonardo DiCaprio, que consolida su posición con madurez y solvencia en un torturado rol plagado de matices, y la versatilidad de un Matt Damon capaz de ofrecer los diversos rostros de ese infiltrado que sucumbe a sus propios errores y dudas. Ante el delicioso histrionismo del siempre fantástico Jack Nicholson no queda más que disfrutar con esa (aquí comedida) genialidad intimidatoria que traspasa la pantalla. E incluso sería un error no destacar la aportación de secundarios como Martin Sheen, Ray Winstone, Alec Baldwin y la inesperada inmensidad con la que Mark Wahlberg enfatiza su estupendo acento bostoniano de clase baja con la estupenda interpretación del malhablado Dignam.
Inconformista, controvertido, honesto con su obra y dispuesto a crear historias sin límites bajo la inspiración de un complejo lirismo de lo salvaje, ‘The Departed’ es una película que busca, hoy en día, su condición de inclasificable, capaz de llenar de excesos y probidades las pantalla, pero con factor común en el cine del maestro; su persistente estudio de la personalidad humana a lo largo de su impronta antropológica, casi minimalista, respondiendo a la nada arbitraria voluntad de un estilo formal y narrativo que se ajuste a un enfoque lo más intrínseco y subjetivo posible para cada una de sus películas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006