sábado, marzo 21, 2009
De conflictos éticos y redención crepuscular
En su despedida como actor, Eastwood homenajea a los tipos duros y radicales que le hicieron famoso, pero aprovecha la coyuntura para desmitificar las donosuras de aquellos antihéroes.
La historia de ‘Gran Torino’, la nueva película de Clint Eastwood casi encadenada con la reciente ‘El Intercambio’, tiene como protagonista a Walt Kowalski, un veterano de guerra y jubilado, que trabajó en una fábrica automovilística y no soporta compartir espacio con una familia de vecinos de la etnia ‘hmong’ en los suburbios de Detroit. Su personalidad denota cierta misantropía, acentuada por la pérdida de su mujer en el inicio del filme.
Kowalski está enfadado con el mundo, sumido en el desarraigo al que conlleva su frustración vital mientras escupe, blasfema y bebe cerveza Blue Ribbon en el porche de su casa. Cuando el joven vecino Thao es obligado por su primo y su pandilla de matones a robar su Ford Gran Torino del 72, Kowalski comenzará a relacionarse paulatinamente con estos vecinos que le consideran el héroe del barrio cuando saca a punta de rifle a estos maleantes de su jardín.
Kowalski vendría a ser el reajuste de aquellos radicales personajes que hicieron célebre el gesto adusto y huraño de Eastwood, las viejas leyendas de gruñido y gatillo fácil. Es el autohomenaje por todo lo alto al alegórico perro feroz y justiciero, pero alejado a su vez de aquéllos, actualizado sin ninguna concesión a la perspectiva del pasado, puesto que Kowalski viene definido por las restricciones de salud de un hombre vetusto, cansado de todo. Para Eastwood es la oportunidad de desmitificar las donosuras de aquellos antihéroes, porque el gran hombre de ‘Gran Torino’ es un viejales que tiene un lastre con el pasado, que ha ido enclaustrándole ya no sólo en su casa, sino en sí mismo. En cierto modo, tanto odio y tanta ideología entusiasta del patriotismo yanqui han hecho de él un infeliz de existencia amargada.
Es la forma de enfrentar al individuo y a la sociedad, de analizar la representación de una tipología de americano que ha quedado estancado en ciertos clichés dentro del imaginario político, social y cultural del país. Con ello, ‘Gran Torino’ profesa ciertos elementos que han marcado la filmografía de este gran clásico del cine contemporáneo; la desintegración de la familia, la intransigencia, los valores morales y la educación, así como un vistazo a la violencia como infección creada por la sociedad para su propia autodestrucción. Tampoco falta esa incursión en la Fe y la incredulidad de credo.
Sin embargo, la vejez le ha dado a Eastwood, a través de los ojos de Kowalski, una perspectiva mucho más reflexiva y esperanzada al director de ‘Sin perdón’. En una sociedad yanqui que ha mutado de aquellos barrios de gente blanca acomodada hacia la heterogeneidad multicultural y poliétnica, la radical intransigencia va dejando paso a un lógico cuestionamiento de angostas parcialidades ideológicas para evidenciar un último giro hacia la madurez, cuando Kowalski descubre que ése Gran Torino del 72 no es más que una simbología caduca y el ancla que le mantiene aferrado a su pasado y sus prejuicios. Lo interesante para Eastwood es que Kowalski está sólo y sufre una tortura interna que le hace abrirse, contra su propia voluntad, hacia ese barrio que le considera un salvador después de haber plantado cara a unos esteriotipados ‘gangs’. La única forma de admitir su dolor, más allá de esa confesión por expreso deseo de su fallecida mujer ante el párroco ‘tocacojones’ al que considera un virgen de 27 años que favorece la superstición, es la de ir redimiéndose con los que le rodean, los mismos vecinos a los que llama despectivamente “amarillos”.
Una historia de amistad y segundas oportunidades que se despliega con simpatía en esa relación paternofilial entre Kowalski a Thao, en sus lecciones de vida que, a buen seguro, jamás confió a sus propios hijos y que le servirán para reconocer una oportunidad a la esperanza y al optimismo, a la apertura del futuro, a la juventud y al progreso en el mismo instante en que le concede a Tao su Estrella de Plata de la Guerra de Corea y su Gran Torino. El pasado es historia y la exoneración de culpa queda saldada en el momento en que se exponga como sacrificio de sus propios errores.
A estas alturas, nadie le va a recriminar al bueno de Clint que algunos segmentos del guión del debutante Nick Schenk sean bastante inicuos, en los que abunda, en muchos casos, instantes de ponderación autoparódica con tendencia al exceso, multitud de ‘gags’ entre el veterano soldado y sus vecinos asiáticos o en comienzo con su nieta de tendencias pijas y arrogantes. También los designios y las derivaciones de la acción resultan de lo más previsible y prototípico. Pero no es producto del solipsismo contrarrestar esos escollos con la complejidad psicológica que se esconde tras el endurecido semblante de Kowalski, en ésa aceptación de la soledad total, del paso de los años que han dejado un mundo totalmente distinto al que recordaba, perdiendo la única conexión entre el mundo real y el mundo individualista del antipático personaje que su mujer fallecida.
Sin embargo, la nobleza y magnitud de un filme como ‘Gran Torino’ reside, una vez más, en la sutilidad de dirección de Eastwood, digna de elogio, con una fuerza y una rabia apabullantes, sin necesidad de ningún tipo de subrayado. Mucho más brusco y directo que elegante, aquí devuelve el brutal lirismo que desprenden sus calculados planos, donde sencillez y emoción se coagulan en una aleación visual de grandeza inalcanzable, definida, por ejemplo, en esa construcción reduccionista del barrio miserable en el que se da la acción o sus salidas al exterior; la peluquería, el bar, la Iglesia…
Pero si por algo merece la pena ‘Gran Torino’ es por la testamentaria fiesta final como intérprete de Eastwood, en la que brinda la oportunidad de volver a disfrutar de su oficio como actor en una muestra de capacidad con un personaje lleno de aristas, de cambios de humor, de evolución crepuscular, duro y tierno en extremos opuestos. Walt Kowalski es uno de los personajes de Eastwood con más humanidad y atracción de cuantos haya interpretado a lo largo de su larga y nunca bien reconocida carrera como actor.
Con él, Eastwood se despide de su público, de su trabajo como actor y de la iconografía que marcó su trayectoria en el mundo del Cine. Por supuesto que ‘Gran Torino’ no es una obra maestra, como tampoco lo fue ‘El Intercambio’ o su díptico sobre Iwojima o como tantas otras subidas a los altares por la crítica. Simplemente, es un drama urbano con estrías de comedia que echa un vistazo al eterno tema de la equidistancia de la justicia, que bucea en las raíces de la violencia, pero también en las de la tolerancia. ‘Gran Torino’ es un drama de conflictos éticos, sobre la búsqueda de la paz interior asumiendo todo tipo de sacrificios.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 12:04 |


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