jueves, enero 08, 2009
No, sin mi hijo
Aunque ‘El Intercambio’ no sea tan profunda ni tan lóbrega como algunos de sus últimos títulos, Eastwood recupera la magnificencia cinematográfica con otra muestra de clasicismo y cognición
Que Clint Eastwood es uno de los últimos grandes clásicos es un hecho irrefutable conocido desde hace más de década y media, cuando la crítica especializada le encumbró definitivamente con ‘Sin Perdón’, una de sus obras maestras. Ya lo era antes de aquélla, pero a casi la totalidad de los medios especializados en este país les pesaba demasiado la trilogía del dólar, Harry Callahan y demás personajes que interpretó Eastwood en su brillante carrera cinematográfica como para darse cuenta del gbran director que había detrás. ‘El Intercambio’ tiene en común varios factores evidenciados a lo largo de su filmografía y de los que se ha convertido en un maestro. Eastwood radiografía mejor que nadie en este arte la violencia como infección creada por la sociedad para su propia autodestrucción, las hendiduras sociales que provocan la tragedia y la exploración de los defectos y deterioros de un sistema carcomido por la corrupción, bien sea moral como social.
‘El intercambio’ no está, por tanto, muy lejos de ‘Mystic River’, en su reflejo del destrozo de la inocencia infantil, de las secuelas que causan el desafío a unos fantasmas personales imposibles de asumir, desde la soledad y el desamparo. La historia, basada en hechos reales acontecidos en los años 20, se centran en una madre trabajadora Christine Collins que pierde a su hijo mientras que las autoridades le presentan a un niño diferente al suyo y que se enfrenta a un departamento de policía corrupto que prefiere perpetrar infamias antes de asumir sus propios errores. Todo ello no anda muy lejos de la intención ética de muchas de las obra de Eastwood, ya que en casi todas se percibe una intuitiva disertación sobre la naturaleza humana, desabrida y macilenta, que escruta el insondable fondo del comportamiento humano, donde, como en el caso de ‘Mystic River’, las secuelas del abuso infantil y las consecuencias del crimen imponen una visión bastante pesimista del mundo en que vivimos.
Eastwood se apoya en un lineal pero eficaz guión de J. Michael Straczynski para adentrarse de nuevo en un relato de dolor y muerte, de heridas emocionales y sacrificio en ése itinerario de abnegación por parte de una madre coraje que hace frente a la corrupción y al abuso policial, la punta de un iceberg de manipulación, intereses políticos y desigualdad social asentados en una farsa institucionalizada que representa la injusticia asumida por la desprotegida sociedad de la época, pero que se extiende en la historia a cualquier momento histórico, incluida la actual. El dramatismo impregna en todo el momento el relato, y en su pausado desarrollo se establece un maniqueísmo asumido por Eastwood para narrar su historia; es evidente una desproporción en lo que concierne a la hora de esbozar a los buenos, que son excesivamente honestos y a la gente de mala fe, sumidos en corruptelas y depravación moral, que son excesivamente cabrones.
En ‘El Intercambio’ hay un voluntario esquematismo en la descripción de ambas partes. Y es en esa simpleza de conceptos, donde película alcanza la honestidad clásica que busca el veterano cineasta. No en vano, existen personajes que cristalizan una doble vertiente que prescinde de esa ingenuidad; Gustav Briegleb, un pastor Presbiteriano (John Malkovich) que utiliza su púlpito y programa de radio para protestar contra la corrupción y la anarquía de la Policía de Los Ángeles y, por otra parte, el detective Lester Ybarra (Michael Nelly), el único agente dentro del Departamento que asume su oficio con integridad y destapa el caso de un asesino en serie que ha matado a una veintena de niños, lo que revolucionará los procesos que conlleven a la verdad y a cierta optimismo dentro de la tragedia de esa madre en busca de su hijo.
Una de las pocas contrariedades que se le puede atribuir al filme se engloba en el ajustado y obsesivo tono pausado, a veces abiertamente desigual, con el que Eastwood recrea en cada una de las situaciones y planteamientos que se van dando en el dolor de Christine y la profundización de las causas y efectos, llegando a un melodramatismo que llega a jugar en contra del filme. Ejemplo de ello es ése proceso alargado de internamiento psiquiátrico o la parte final con la captura del asesino Gordon Northcott (Jason Butler Harner), que si bien enfoca una culminación al desarrollo de todas los convulsiones de guión, hace que el total se dilate en exceso. Si embargo, tales prolongaciones se contrarrestan con esas efímeras secuencias en las que Christine utiliza sus ratos de descanso para telefonear a los centro de personas desaparecidas de todo el país o la magistral disposición de montaje en los dos juicios paralelos, primero, el multitudinario de los responsables de las negligencias policiales, dentro de un entorno social, segundo, el más íntimo que sentencia los salvajes actos del asesino Northcott, en una esfera personal.
Por supuesto, nadie va a negarle a Eastwood su clasicismo de cámara, su sabiduría cinematográfica a la hora de impregnar de dolor y verdad cada plano. Lo mejor de ‘El Intercambio’ es la elegancia a la hora de llevar a cabo una historia de tanta crueldad e inmoralidad, llena de pequeños matices que se aúnan en el confortable y habitual binomio del que suele hacer gala el cine de Eastwood; una conjunción de emociones sensoriales puestas al servicio de una puesta en escena espectacular a la que contribuye el gran trabajo de diseño de producción y direccción artística de James J. Murakami y Patrick M. Sullivan Jr.
Otro factor que contribuye a la admiración de este trabajo reside en la sutileza con la que Eastwood plasma la terrible maquinación desde el poder contra los intereses del ciudadano y cómo éste se rebela ante la injusticia. No existe énfasis en la imagen truculenta, ya que el abuso y la violencia solo se insinúan, ni procura conmover al espectador con convencionalismos dramáticos ni tristes notas musicales. El mito de Malpaso es un experto en obtener la intensidad de las emociones. Y lo hace a través del dolor, con diálogos llenos de rabia, de fuerza incontrolable y de desesperación que segregan la impotencia ante la ilegalidad de la autoridad en la piel de una Angelina Jolie magnífica, interpretando de forma excelente cada instante de angustia existencial.
‘El Intercamio’ se podría englobar dentro del melodrama, pero con componentes de ‘thriller’ psicológico, cine negro e incluso cine judicial, hecho que manifiesta este filme como el más ambiciosa de los todos los ‘Eastwoods’ de las últimas dos décadas. Tal vez no sea tan lóbrego o acentuado como algunas de sus últimas genialidades (entre las que no se encuentra su duplo bélico junto a Paul Haggis, aunque sí ‘Million Dollar Baby’), pero lo cierto es que dentro de esta cinta se encuentran algunos de los momentos más intensos de toda su carrera. Clint Eastwood es un maestro. Y eso es algo que sabe contagiar a sus películas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 09:00 |


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