miércoles, 25 de febrero de 2009

Review 'El Curioso Caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button)'

La vida, en rumbo inverso
David Fincher crea una obra consciente de su grandeza, sutil en ejecución, que encumbra (una vez más) su domino de las posibilidades del medio cinematográfico con una historia sobre lo efímero de la vida y la necesidad de aprovechar cada instante.
“Conocer el valor del tiempo es saber vivir”. Es la máxima que podría haber inspirado a Mark Twain cuando aludió a esa posibilidad de ser felices si todo el mundo naciera con 80 años y llegara paulatinamente a los 18. Es la base que tomó F. Scott Fitzgerald para escribir su cuento ‘The Curious Case of Benjamin Button’ en 1921. El trascendencia del tiempo, el hecho de asumir la vejez y el final de la vida como comienzo de una nueva son las bases de este relato fantástico y metafórico que adapta libremente el guionista Eric Roth para que David Fincher lleve al cine la historia de Benjamin Button, una persona que nace con una anomalía biológica que invierte su ciclo de vida; nace como un bebé envejecido y es abandonado por su padre biológico en una residencia de ancianos. Acogido como uno más, Benjamin rejuvenecerá según avanza el tiempo, aprendiendo a vivir al revés que los demás, en una vida con un rumbo opuesto a la gente que le rodea.
Se trata así de una curiosa reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la vejez y la juventud, las segundas oportunidades o el amor y la muerte, articulada en un mismo camino de cierto pesimismo, ya que Fincher y Roth llevan el filme hacia unos cuestionamientos en los que se delibera sobre los códigos morales de la inexorabilidad del tiempo, ya sea hacia delante o en sentido contrario. ‘El curioso caso de Benjamin Button’ juega en un mundo irreal que se nutre de un personaje que tiene una forma distinta avanzar hacia el futuro, sugiriendo un radical ejemplo de heterogeneidad en las personas, la misma que hace a la gente especial. Se plantea con ello una fábula que concierne a la superación de barreras, a las ganas de vivir, incluso cuando la muerte rodea al insólito personaje en todo momento.
En realidad, la película es un gran ‘flashback’ proveniente de una lectura. Caroline, una mujer que vela a su madre en la agonía de una cama de hospital, cumple el último deseo de su progenitora, el de leer un viejo diario de un hombre al que una vez conoció. Con una fórmula tan desgastada, la narración va tomando cuerpo de narración fabulesca, a través de la vida de Benjamin Button, que arranca en el mismo instante en que nace, conociendo desde su alumbramiento ciertos episodios de su existencia, sin una historia detrás, donde su vida avanza (o retrocede, en este caso) sobre las palabras escritas de un hombre que ejemplifica lo efímero de la vida, la necesidad de aprovechar cada instante.
De ahí que desde muy pronto, el joven/viejo Button viva el descubrimiento de las cosas con los achaques de un anciano, pero con el espíritu de un niño, para ir desgranando su involución hacia una vida juvenil que, dentro de la película, emplea un metraje casi ínfimo comparado a su infancia/vejez, ya que de este modo, queda subrayado esa fugacidad cronológica a la que alude la historia, donde el romance entre Daisy y Benjamin, aplazado desde que él era un anciano y ella una niña adolescente, se fragua con la obligación de disfrutar cuanto puedan, sólo unos pocos años, en la flor de su juventud. En esencia, ‘El curioso caso de Benjamin Button’, es un drama nada condescendiente con el sentimentalismo lacrimógeno o edulcorado.
Uno de los logros de la cinta de Fincher es que no pretende seguir el desarrollo de la Historia del S. XX con las vivencias de su protagonista. No hay un énfasis en centrar su épico periplo en función de los acontecimientos que marcan Estados Unidos o el mundo, si no que se trata de una historia individual y vital que exceptúa, fortuitamente, este revisionismo histórico con la aparición en un momento puntual de la II Guerra Mundial o que marca el final del relato con la aparición del Huracán Katrina que asoló Nueva Orleáns, lugar donde se ubica gran parte de la historia.
Alude por tanto a la metáfora de todo lo vivido y de todo lo perdido, que se anticipa en el prodigioso prólogo, donde un relojero ciego construye un reloj de estación ferroviaria que marca el tiempo hacia atrás, pretendiendo con ello que así, de un modo emblemática, la vida pudiera ir hacia atrás para recuperar a todos aquellos seres que se perdieron, en este caso, en la I Guerra Mundial. Un idea hermosa y utópica que Benjamin Button desmonta en su romanticismo, pues deja claro que, si esto fuera así, la vida seguiría siendo un duro camino de dolorosas pérdidas y experiencias vitales. Es el cíclico periplo de un hombre que empieza morir cuando ese reloj es sustituido por uno digital, cuando la vejez da paso a la juventud…
Da la sensación, atendiendo a un primer análisis, que una película como ésta no responde, a priori, a un filme identificativo con la estupenda carrera cinematográfica de un director tan dotado para el medio como es David Fincher. A priori, no hay un riesgo tan evidente como en otras de sus obras magnas. En su apariencia, formal y argumental, no hay rastro de esa oscuridad fatalista con la que, desde su comienzo, Fincher ha sabido dotar con el desasosiego a una sociedad contagiada por el miedo, ni tampoco está clara la adscripción a los territorios colindantes del ‘thriller’ o el terror. Pero lo cierto es que no sólo Fincher sigue con esos conceptos existencialistas (aquí, el miedo a la muerte y el inexorable paso del tiempo), sino que el cineasta desglosa la prosa melodramática y al género fantástico.
Y es que a pesar la grandeza de su ambición, del acercamiento al gran público de su historia y sobre el terreno comercial sobre el que se mueve, nadie puede negarle al director de ‘El club de la lucha’ esa capacidad para hacer de la imagen un atractivo y riguroso trazo cinematográfico sumido constantemente en la exquisitez y la excelencia.
Fincher ha sabido, como muy pocos podrían hacerlo en Hollywood, adaptar esta película a la dramaturgia narrativa clásica, haciendo del cine poesía, adecuando la utilización de unos avanzados efectos especiales a la realidad de lo que cuenta, logrando que la magia y el engaño se transformen en un asombroso truco de realidad. Los asombrosos efectos especiales de maquillaje de Greg Cannom se unen a las últimas técnicas de CGI al servicio de la historia y nunca al contrario. Fincher es un mago sometiendo los avances del cine digital a las convenciones ideológicas del realismo cinematográfico.
Y el ‘El curioso caso de Benjamin Button’ no es una excepción, ya que es una abrumadora muestra de riqueza compositiva, de virtuosismo deslumbrante, de miscelánea de realidad y ficción que evidencia el conocimiento de las posibilidades del medio cinematográfico por parte de este autor. Puede que sea su filme más academicista, más cómodo y más rectilíneo en cuanto a narración, pero resplandece como una obra consciente de su grandeza y sutil en su ejecución.
No por ello no deja de haber espacio para achacarle el abuso, en ciertos momentos, de algunos sostenidos y recalcados planos confitados, que buscan la belleza de los encuadres y los movimientos operísticos de cámara o el engolamiento visual de esas lunas sobre el mar, esos cielos de composición perfecta, los viajes en moto al atardecer, esas ciudades tan románticas… Todo esto debilita, levemente, su contundencia argumental. En parte, por el acopio gradual de romanticismo sensiblero o de algún personaje secundario sometido al axioma metafísico. Se echa de menos cierta profundidad en algunos de los segmentos de la vida de Button, como el cariño que profesa a esa rica dama que le enseña a tocar el piano o su fugaz relación paterna y más opacidad a la hora de mostrar la tragedia interna a la que se enfrenta un personaje que está esclavizado a vivir hacía atrás durante toda su vida.
Tanto a Roth como a Fincher les interesa despojar a su historia de cualquier violencia realista, de sombrío cromatismo humano, para mostrar un cuento moral en el que no falten convencionalismos dramáticos y lugares comunes, sazonados de tópicos varios de ése mágico halo nostálgico con el que se narra el filme. En definitiva, se echan de menos, a lo largo de la historia, pasajes como el de la complicidad adulta con Elizabeth Abbot, la primera mujer con la que comparte inquietudes y sensaciones comunes, el primer amor, una mujer casada que ronda los 50. Sobran, empero, fragmentos licenciosos de puro almíbar tipo ‘Amelié’ para enfatizar el malogrado destino de Daisy en una secuencia totalmente fuera de lugar o esos instantes de colibrí digital, símbolo de la perdurabilidad y el coraje con el que hay que enfrentarse a la vida.
Llegados a este punto, poco importan los ‘peros’. Fincher compensa los deslices con una narrativa compleja, dinámica y cadenciosa, favorecido por el gran trabajo de Kirk Baxter y Angus Wall en el montaje y se respalda con la gran partitura de Alexandre Desplat en la opulencia estética y la reconstrucción histórica de ilusión fantástica de un Fincher que entrega al público una fábula trágica. Tampoco hay que olvidar el gran trabajo de un esplendoroso Brad Pitt en la comedida multiplicidad de su personaje y la siempre agradecida labor de Cate Blanchett, una de las actrices más brillantes del cine actual.
‘El curioso caso de Benjamin Button’ plantea la imposibilidad de vivir un amor con la convicción de la constancia. Y más allá de la historia romántica endulzada con algo de realismo mágico, el filme de Fincher no se queda simplemente en desarrollar una extraña fábula sobre el viaje inciático de un chaval que nace viejo y que descubre la vida, el amor y el drama con los condicionamientos del irregular paso del tiempo. Tampoco en la introspección sobre la existencia, el destino o la superación personal. ‘El curioso caso de Benjamin Button’ traza su camino alrededor de la naturaleza circular de la vida, de la reinvención como personas que, tras los fracasos, las renuncias y el paso del tiempo, siempre pueden comenzar desde cero como modo de afrontar la existencia.
Estamos ante una hermosa y compleja fantasía romántica, ante una mirada nostálgica a lo perecedero, a la necesidad de vivir el momento, desde un vértice humanista de desorden vital, con la presencia pesimista de la muerte, elemento central de la trama. Una preciosista película cuidada al detalle, tan ambiciosa y llena de talento como precisa en sus designios. David Fincher ha rodado este trabajo para que el tiempo la destine a ser un clásico o un punto y aparte en su prodigiosa filmografía. Sólo hay que esperar a que envejezca para conseguir esa joven solemnidad que anida en los fotogramas de las películas que superan el paso del tiempo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009