lunes, 20 de octubre de 2008

Review 'Reflejos (Mirrors)'

La trivialización del género y la estirpe del tópico
El trabajo más comercial de Alexandre Aja es una errónea reiteración de lugares comunes que se limitan a seguir un camino marcado sin riesgos, expuesto a las enseñas de un género enmohecido por el tedio.
Es inagotable la reiteración que viene a afirmar la escasez con la que aborda Hollywood sus proyectos; el de la era del ‘remake’, donde las nuevas versiones se aglutinan con profusión en todos y cada uno de los géneros. La fagocitación del cine norteamericano ha encontrado en ciertos modelos foráneos una fuente de inspiración (por llamarlo de alguna manera) y absorbe su néctar substancial hasta conseguir la cuidada réplica que tanto gusta exhibir con la lengua de Shakespeare. Lo cierto es que, desde hace ya algunos años, uno de esos géneros importados a los que el cine americano ha inoculado el veneno de la revisión ha sido el cine de terror oriental. El género de terror formulista al que estábamos acostumbrados hace una década mutó a un núcleo de revolución estética y argumental, de cambio, en múltiples aspectos. Ya sea por un concepto del cine para subyugar su lenguaje a una tensión evolutiva o bien por un arte que indaga en el arcaísmo para mitigar cualquier efecto de las nuevas tendencias audiovisuales.
El terror asiático abrió así un nuevo camino aprovechado para exportar esa interesante miscelánea de modernidad visual con la tradición japonesa, sin perder nunca los estilemas clásicos, combinando mitología fantástica (como ejemplo, el ‘kwaidan’, la narrativa fabulesca de fantasmas) y el clasicismo fílmico. Hay una gran variedad de títulos que han seguido esta corriente; la primera fue de ‘The Ring’, a la que siguieron, entre muchas otras, ‘Dark Water’, ‘Pülse’, ‘The Eye’, ‘Llamada Perdida’… A todas hay que unirle otra muchas más. Es el caso de la nueva y esperada cinta de Alexandre Aja ‘Mirrors’, a la que los distribuidores españoles no han tenido ningún reparo en titular con el homónimo filme español de Miguel Ángel Vivas filmada hace seis años ‘Reflejos’. Habituado a los dominios del ‘remake’ tras su fabulosa ‘Las colinas tienen ojos’, el realizador galo acomete en su consolidación dentro del cine USA la modernización de la cinta coreana ‘Geoul sokeuro (El otro lado del espejo)’, dirigida por Kim Seong-ho en 2003. La historia, más o menos, sigue siendo la misma. En este caso, la de Ben Carson, un ex policía neoyorquino que perdió su empleo después de un fatal accidente que costó la vida a un compañero. En un esfuerzo por recuperar la normalidad, con la intención de volver a formar parta de su familia y superar su adicción al alcohol, acepta un trabajo como vigilante nocturno en un centro comercial abandonado. Sin embargo, tarda poco en darse cuenta que algo raro habita en el edificio. Las espeluznantes visiones que ve a través de los espejos será el principio de una pesadilla que afectará a todos los que le rodean.
Por supuesto que ‘Mirrors’ es el trabajo de Aja más comercial, sin menos pretensiones artísticas y con aquellos condimentos tipificados en la sucesión de ‘remakes’ asiáticos, ya que contiene todos aquellos elementos que vienen caracterizando este tipo de película de terror; un contexto cotidiano que despierta o utiliza las fuerzas del mal (bien sea una cinta de vídeo, un teléfono, una fotografía, un ordenador… aquí, cualquier reflejo proyectado…) que obliga a los afectados a llegar al final del misterio. Alexandre Aja opera cerca de los códigos culturales del terror asiático, pero llevados con cierta inteligencia al ‘mainstream’ yanqui, sin revocar el sutil estilo visual de un director que maneja con cognición dentro de los cánones del género. Lo más destacado dentro de esta apagada muestra de aptitud es la indeterminación en la moderación con la que se expone la explicitud sangrienta, que beneficia los objetivos cercanos al ‘gore’ tan característicos del realizador francés en su corta pero interesante filmografía. Sin embargo, ‘Mirrors’ no representa en absoluto ese sorprendente talento que desbocó en ‘Alta tensión’ y la mencionada ‘Las colinas tienen ojos’, ya que aquí la pauta verista de sus dos anteriores propuestas se ha eliminado, restando credibilidad a su peculiar y oscura perturbación dentro del filme.
No es que ‘Mirrors’ adolezca de fuerza visual o que la narrativa sea errónea y la atmósfera no consiga, por momentos, un halo de inquietud que responda a ciertas expectativas. Los problemas son evidentes para considerar ‘Mirrors’ como una película, cuanto menos, mediocre. Su dilema fundamental es que tropieza de forma reiterada en la piedra del tópico y del efectivismo visual. Aja tiene que recurrir una y otra vez al golpe sonoro para sobresaltar a un espectador al que traslada, por enésima vez, a un catálogo de lugares comunes dentro de lo peor de los angustiosos parajes terroríficos del cine actual. Tampoco ayuda la poca empatía que despierta un Kiefer Suthernald absorbido por el espíritu de Jack Bauer, movido por las mismas motivaciones que su personaje televisivo, capaz de arrastrar a una monja de clausura a punta de pistola si con ello puede salvar a su familia en plena crisis destructiva.
En este apartado, que apunta a la inhabilidad como escritor del propio director junto a su fiel coguionista Gregory Lavasseur, no funcionan los mimbres dramáticos de la historia. Y sin ése factor determinante, cuando el terror que se propone carece de novedades, la película incurre en la torpeza de la redundancia. Que es lo que le sucede a ‘Mirrors’. De ahí, que la locura que remite a los cimientos del terror clásico americano no sean más que otra absurda muestra de un hombre traumatizado, inmerso en el drama familiar y sometido a las conexiones entre lo sobrenatural y la crisis por la que atraviesa y que afecta a sus seres queridos. Tampoco funciona el ‘thriller’ de búsqueda sobre la verdad del Mal que anida en los espejos, en una investigación que avanza a trompicones, con personajes que aparecen y desaparecen cuando son necesarios para que la trama avance (como el amigo policía o el viejo jefe que le contrata). ‘Mirrors’ sigue la línea argumental de su predecesora, sí, pero lo hace sin la capacidad de sorprender ni de hilvanar una historia ya de por sí trivializada por su estirpe de tópico.
‘Mirrors’ pretende jugar con el contraste que deviene en la percepción y realidad desordenadas de los espejos, en la perspectiva de lo que se ve y la torturada visión que se percibe, revocando a un sórdido pasado de tintes demoniacos. Las atormentadas almas de una visión que refleja lo peor y más recóndito del ser humano. Incluso en la utilización de la fotografía a cargo de Maxime Alexandre, se percibe ésa dualidad de gélidos contrastes, aprovechándose del goticismo geográfico cuando está dentro del antiguo centro comercial en divergencia con la idealización de la familia, con una fotografía cálida y sosegada. Se juntan lo repulsivo, lo convencional, lo violento y lo tópico. Sin embargo, a pesar de algún que otro momento de tensión, Aja sólo crea algo de inquietud gracias a la sensacional partitura de Javier Navarrete. Un acierto que no camufla los dictámenes que va acumulando un guión con pasajes absurdos e irracionales, que se limitan a seguir un camino marcado sin riesgos, donde todo parece expuesto a las enseñas de un género enmohecido por el aburrimiento.
Alexandre Aja había acostumbrado al aficionado al género a unas exigencias que aquí brillan por su ausencia. A cambio, la joven promesa ofrece una síntesis del bochorno fílmico, tan manido y tan visto, descaradamente laxo y reciclado, que encuentra en el categórico desacierto y la completa decepción sus mejores calificativos. Por ello, no hay rastro de dinámica atmosférica. La cuidada estética y la comercialidad han sustituido al hediondo microcosmos de fealdad y salvajismo de sus películas anteriores. A cambio, queda una película olvidable, de mecanismo elemental, de depreciado argumento con enigmático y efectista final a lo ‘Silent Hill’. Si por algo se recordará este ‘Mirrors’ es por la facilidad con la que esa belleza de ébano llamada Paula Patton (vista en ‘Deja Vu’, de Tony Scott) combina rictus esforzados con unos escotes de escándalo, que deja el interés de muchas secuencias de acción en la contemplación de sus espléndidas glándulas mamarias recién operadas. Así de triste resulta este lamentable traspié de Alexandre Aja.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008