miércoles, 19 de julio de 2006

EXTRA VERANO (IV): Review 'The Hills Have Eyes'

Hachazos desérticos
Aja vuelve a demostrar su innato talento para reflejar en pantalla el amenazador sentido de la tensión en una sucia historia que respeta y mejora el predecesor film de Craven.
En esta nueva ola de ‘remakes’ de viejos clásicos, sean del género que sean, de reformulaciones donde cualquier estilema pierde su originalidad pretérita en función del mero facsímil y la actualización de cánones e ideales que, en muchos casos, han perdido la salubridad de su época, un producto como ‘Las colinas tienen ojos’, en la actualidad, sirve como insólita demostración de que no sólo Alexandre Aja está llamado a ser un restaurador de viejas pautas artísticas dentro del mundo del terror, sino de una exposición del ‘remake’ como ejercicio capaz de aprovechar desafortunados productos del pasado y ofrecer nuevas perspectivas fílmicas, tal y como ya hiciera Zack Snyder en la estupenda ‘Dawn of the Dead’.
La cinta de 1977 dirigida por Wes Craven le sirve a Aja para seguir los planteamientos argumentales que dibujara con cierto desparpajo el director de ‘Pesadilla en Elm Street’, con una familia acomodada que cruza el desierto de Nuevo México para llegar a la costa californiana y que termina en una emboscada en pleno desierto habitado por una familia caracterizada por sus aberraciones físicas, mutantes producto de los primeros años de la guerra fría, cuando el ejército norteamericano realizó pruebas nucleares y su inocente población minera fue víctima de los brutales experimentos.
El potencial de la trama de la cinta de culto dirigida por Craven se incrementa por la apreciable frescura e impronta con la que el joven realizador galo toma el pulso para narrar visualmente la brutalidad de la pesadilla de los Carter, mostrando el mismo talento sádico que ya exhibiera en la irregular (pero magnífica) ‘Alta tensión’. Para este nuevo vistazo a la pesadilla basada en la historia real de la familia de Sawney Bean, que actuaron como caníbales en la Escocia del S. XVII, la visión de Alexandre Aja llega cargada de una soterrada voluntad crítica con los personajes que desfilan por este hediondo microcosmos de fealdad y salvajismo, la de un ‘outsider’ que mira a Estados Unidos sin compasión y con mordiente detracción a los defectos morales y físicos que proliferan sobre los escasos valores de un filme que ganará con el tiempo.
Por supuesto, nada es nuevo dentro de esta revisión de ‘Las colinas tienen ojos’, mucho menos cuando sigue los paradigmas marcados dentro de los límites del cine gore, del puro y sanguinolento ‘splatter’. Sin embrago, Aja, junto a su inseparable co-guionista Gregory Lavasseur, sabe trazar una inteligente línea hacia un caos demencial donde la cuidada estética de una implacable sensibilidad posmodernista se impone a lo clásico, imprimiendo la potencia visual en las imágenes para describir la odisea de sangre y muerte de esta familia “perfecta” perdida en un terreno puramente ‘redneck’. Aja no copia, no tira de reproducción, prefiere respetar el espíritu original, acomodando los términos pasados y renovándolos para envolver la cinta con un intachable ritmo (gracias al trabajo de Baxter) y estética actual, al gusto de la nueva (y, en este caso, vieja) generación de ‘gore hounds’. Y es que, como la citada ‘Amanecer de los Muertos’, esta película tiene un ‘target’ muy preciso y delimitado, un objetivo de público que espera de la función una orgía de sangre y vísceras, de espectáculo truculento donde el aura malsana y los golpes de efecto incomoden y diviertan a partes iguales al curtido espectador. Todo ello, sin recurrir a las pautas tópicas del ‘body count’, prescindiendo de las muertes en cadena y sin entrar en el juego de quién será el siguiente en morir a manos de los caníbales mutantes.
Dosificando con ritmo discontinuo las secuencias de terror y violencia, con la crudeza del ambiente y las relaciones familiares evolutivas con el lóbrego destino de la historia, ‘Las colinas tienen ojos’, versión 2006, se adentra, sin perder la nostalgia el terror sucio y sórdido de la América de los 70, en un terrorífico viaje a la iconografía de carretera abandonada, a una inesperada deformidad pueblerina imputada a los nuevos ricos, a aquellos que, desde sus chalets en las zonas residenciales, ignoran las desgracias y miserias que esconde la idiosincrasia de la América Profunda, en su vertiente más gótica y desconocida, la que un día soñó George W. Bush para poder manipular a sus votantes; aquella que bien supieron reflejar Joe Shuster, Norman Rockwell y Grant Wood.
La nueva versión de ‘Las colinas tienen ojos’ supone una mirada al reverso tenebroso del sueño americano, donde no falta la crítica social y política de Estados Unidos, siendo capaz de ofrecer un duelo bipolar metaforizada en las dos familias (los domingueros y los deformes antropofágicos), que responden al instinto de supervivencia y protección; unos, los olvidados por la sociedad civilizada, matando y comiendo lo poco que llega a sus lares, otros, metamorfoseados en víctimas y verdugos, entrando en la diatriba moral del salvajismo como única salida de la tragedia, de la venganza como sentimiento que vincula a ambos bandos. La América contemporánea, cimentada en la obsesión por las armas y dominada por el miedo, ha creado dos tipos de monstruos; los engendros radioactivos como causa y consecuencia y, por otro lado, a los supervivientes de la familia asediada, capaces de matar con más crueldad si cabe que sus propios hostigadores como efecto de la situación.
También se refleja en los ideales contrapuestos; el padre republicano y su yerno demócrata que repudia las armas y que, paradójicamente, se transformará en el héroe con su inversión de crueldad e impiedad al que la violencia acaba convirtiendo en un sangriento superviviente. Por supuesto, y a diferencia de lo que estamos acostumbrados en el cine de superhéroes y en muchas de las superproducciones yanquis de última hornada, la anormalidad, la heterogeneidad a la conlleva ser diferente no es una etiqueta social a la que comprender y aceptar, sino que es producto de la aversión a todo aquello que nos produce asco, a la monstruosidad deforme en todos los niveles existentes que representa la familia de ‘freaks’ nucleares creados de la prodigiosa mano de Gregory Nicotero y Howard Berger (que mezclan con maestría la prótesis y CGI); desde ese 'Big Brain' que entona el ‘Barras y estrellas’ como grito de venganza (de gran parecido al ‘Rubber Johnny’, de Cunningham) hasta la aparentemente cándida Ruby, la niña con capucha roja que evoca el inconsciente cinéfilo a los infantes deformes de ‘Cromosoma 3’, de Cronenberg, surgidos, como en este caso, del odio malforme hacia la normalidad.
Los mutantes del desierto serían, en último término, la realidad en forma de ‘shock’ violento que abren los ojos a los que viven en la comodidad del arcaico ‘american dream’, haciéndoles ver que, más allá de los prototipos y fetiches patrióticos del sur (gasolineras, desiertos, cementerio de automóviles, caravanas de domingueros, regusto musical ‘country’…), existe un contexto olvidado por el mundo.
Resulta significativo, tal y como sucedía en ‘Alta tensión’, el personal empleo de la violencia por parte de Aja, que no se reduce a la utilización de un gratuito flujo de hemoglobina que gotea por la pantalla como simple deleite macabro, sino como justificación implícita de un mensaje de supervivencia y defensa mucho más fuerte que las pautas genéricas del ‘slasher’. Si a eso añadimos la dinámica atmosférica de un espacio abierto y aislado como es el desierto para narrar una historia de claustrofobia humana, de enrarecida y radioactiva percepción que sublima su potencial en ese poblado abandonado con oníricos maniquíes vestidos de la época de Eisenhower (evocando, de puntillas, el ‘spaghetti western’), ‘Las colinas tienen ojos’ supone un filme lleno de virtudes que se extienden más allá del sutil sentido catártico que subyace en la bestialidad sangrienta del ‘splatter’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006