martes, 3 de junio de 2008

Review 'Speed Racer'

Videojuego de bochornosa pantomima infantilizada
La cinta que devuelve a los Wachowski al cine supone una arquetípica historia sin interés en una delirante miscelánea de referencias de festivo tratamiento visual y digital.
Hace casi una década, con sólo una espléndida película de cine negro a sus espaldas como ‘Lazos ardientes’, los hermanos Wachowski pusieron el cine de fin de milenio patas arriba con una película que cambio el Séptimo Arte y su revolución tecnológica. ‘Matrix’ abría una nueva etapa con una introvertida fábula ‘cyberpunk’ de falsa realidad que evocaba, entre sus muchos alicientes de mezcolanza, a las líneas de la Biblia, al género literario delimitado por William Gibson y acólitos o al mito de Descartes y su Demiurgo opresor y dominador de una humanidad sometida a una ilusión. Convertida en desequilibrada trilogía que finalizaría en 2003, ‘Matrix’ encumbró a sus directores como auténticas estrellas, aunque no precisamente mediáticas. En el camino Larry Wachowski ha cambiado de sexo y ahora es Lana y junto a su hermano Andy han escrito el guión de una película, ‘V de Vendetta’, de James McTeigue, posiblemente la única adaptación digna de un cómic de Alan Moore.
Para su regreso tras las cámaras, los consanguíneos más célebres de los últimos años con permiso de los Coen han escogido la adaptación de la serie de dibujos animados homónima ‘Speed Racer’, todo un clásico de los dibujos animados (en este caso, anime) del pionero Tatsuo Yoshida. Un filme desconcertante que opera como un cóctel de cine acción y cine familiar en las aventuras de un joven y ambicioso corredor de coches en su persecución de la gloria y la honestidad para con el deporte de cuatro ruedas al volante de su explosivo Mach 5. A priori, con ella los Wachowski han vuelto a las andadas, dejando claro que lo que persiguen es cambiar la forma en la que se ve y se confecciona el cine moderno.
Parece que, en su intento de trasformar las formas cinematográficas, se arman de todos los artificios posibles hacia una abstracción poco menos que circense, donde estos revolucionarios cineastas han caido en la necedad más absoluta, en el ‘cartoon’ pixelado de última generación, con el desfallecido ímpetu de minar las convenciones genéricas, satirizando su pantomima hasta bordear el ridículo. Estamos ante un irrisorio y absurdo compuesto de serial familiar de los 50, con estética ‘kistch’ y colorista, ubicado en un grotesco retrofuturismo de excesividad cromática, de ilustración infantil afeminada, herencia del ‘vintage’ más llamativo y chocarrero.
‘Speed Racer’ se aleja de la estética oscurantista o fotográficamente sugestiva para meterse de lleno en una historia con coches volando por pistas espectaculares y desafiantes, patrimonio del cine tecnificado, convertido en videojuego con la cognición visual de unos autores que son capaces de crear fantásticas secuencias de acción, ajenas a todo lo visto hasta el momento, combinando narraciones a varios niveles con innovadores efectos visuales. Vale, muy bien, pero los Wachowski olvidan por completo el contenido. Tras ese delirio multicolor y el centelleo ‘photosophero’ de cada uno de sus planos donde todo es perfecto, ‘Speed Racer’ no deja lugar a la alegoría cínica, ni al guiño cinéfilo, manteniéndose en un conservadurismo y un mensaje maniqueo y formulista del todo sonrojante.
De fondo, tenemos la historia más arquetípica vista en mucho tiempo, donde la violencia no tiene cabida, todo está asexuado hasta la inconsecuencia y en los triunfos de las carreras se brinda con leche (sic). Es inevitable, además, no recordar filmes como ‘Spy Kids’, de Robert Rodriguez o personajes clásicos de ‘The Rascals’, cierto trasfondo de la reciente cinta de animación digital ‘Locos por el surf’, imbuido en el mensaje familiar e idealista de ‘Jerry Maguire’ y la honestidad dentro del mundo deportivo aderezado con la aplastante sombra de ‘TRON’ y de ‘Los autos locos’. Hasta llegar, por poner un ejemplo de lo más ‘freak’, al espíritu estúpido de ‘Chispita y sus gorilas’.
Entretanto, el espectador asiste a un viaje poco menos que lisérgico, de candentes efectos estroboscópicos, de juguetona sinergia de formas y funciones, en una pretensión de los ‘bros.’ a desmarcarse con una función muy ‘manga’, rompiendo los planos y sus respectivos contraplanos con perfiles y giros imposibles. La consecuencia es la nula credibilidad que rodea a unos personajes planos, inmersos en un estricto régimen acumulaticio de vanguardia digital. Se nota que a los Wachowski se les convulsionaron las ideas y cauterizó el talento con la trilogía ‘Matrix’, puesto si este es el nuevo cine con el que pretenden, apaga y vámonos.
Eso sí, cuando todos estos elementos no funcionan, los Wachowski tiran de un recurso a modo de ‘running gag’ que parece hacerles mucha gracia, el arma principal de ‘Speed Racer’ es, nada más y nada menos, que un niño gordinflón y repelente cargado de hiperactividad (en la piel de un sobreactuado Paulie Litt, infante particularmente odioso) y un chimpancé con un fondo de armario envidiable que campa a sus anchas haciendo lo que hace un buen chimpancé amaestrado. Es el sumun del concepto de humor que se maneja en esta muestra hipertrofiada de nimiedad frenética. Por eso, es incomprensible que actores de la talla de John Goodman, Susan Sarandon o los jóvenes Emile Hirsch o Christina Ricci presten su talento a semejante bazofia.
Pese a todo, a los Wachowski no les importa caer una y otra vez en sus errores narrativos, escudados en todo momento por la visualidad edulcorada de los cromas y su posterior digitalización, ya que son autoconscientes de su propio desatino, en busca de un invariable festival para los sentidos, sabiendo que la división del público está asegurada con su endeble historia, adicionando de este modo su actitud sublevada contra las formas y las normas, pero también contra la lógica y la compostura.
‘Speed racer’ es una película muy loca, ‘locaza’ tal vez. Pero en el más puro sentido peyorativo. Descarriada y adicta a su propia naturaleza de pieza anómala de cinematografía modernista que se dilata hasta lo tedioso en una olvidable fábula familiar tan virtual como extravagantemente estroboscópica.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008