viernes, 5 de mayo de 2006

Review 'V de Vendetta'

La anarquía terrorista como arma contestataria
McTeigue y los Wachowski han mantenido, pese a sus diferencias respecto a la historia original, el espíritu sedicioso y contestatario de la novela gráfica de Moore y Lloyd.
Durante la promoción de ‘V de Vendetta’ el director y equipo artístico de la película insistieron en el habitual error que tiene la sociedad de confundir como identificación directa cualquier disidencia armada con el terrorismo, con los riesgos que esto conlleva. Un delicado argumento como este, el del uso de la violencia en un ámbito de injusticia social como pretensión de derribo de un gobierno totalitario, es un planteamiento que tanto en ‘V de Vendetta’ en su versión cómic, como en su versión cinematográfica (más enfatizado aún) puede conllevar a una sesgada perspectiva maniquea de los términos equidad y libertad si esta violencia no es entendida como respuesta a la limitación represiva, como lucha del individuo contra el Estado en una supuesta ficción donde los ciudadanos pudieran producir la expansión de un posible intervencionismo contestatario. Hay que reflexionar, por tanto, sobre las consecuencias de la tiranía (explícita o subversiva) y acerca de si en situaciones de opresión política o autoritaria es legítimo el recurso de la violencia por parte de los oprimidos.
‘V de Vendetta’, se presentó en forma de novela gráfica hace más de dos décadas como una proclama de acción y reacción, de admonición desafiante a futuras instituciones de coerción y autoridad extrema, hacia las tiranías que intervienen en las economías privadas e internacionales, recordando, en palabras de David Hume, que todos los regímenes tiránicos se sustentan, en última instancia, sobre la aceptación mayoritaria. Por eso, la intención de Alan Moore y David Lloyd fue la de suscitar la reacción del lector, la de provocar reflexiones, siempre ubicados dentro de un contexto histórico y social que no ha perdido, sin embargo, vigencia en los tiempos actuales. Hay que prevenir contra los gobiernos obsesionados por la seguridad, contra los regímenes que acaban utilizando el miedo como arma para erradicar la libertad para oprimir la autonomía individual. Hay que luchar, por ende, contra la ignorancia, la desidia intelectual, la inconsciencia social, el automatismo o la irreflexión. Hay que eliminar la propaganda política que pretende utilizar al pueblo para oscuros intereses.
Por supuesto, una ficción que reúna este tipo de contexto social, con ésa ausencia de libertad y utilización del ciudadano como una propiedad del Estado que determina y manipula con despotismo y abuso de poder, tiene su noción literaria en el entorno de la distopía futurista, subgénero que tiene como pilares ideológicos las novelas ‘1984’, de George Orwell, ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley y ‘Farenheit 451’, de Ray Bradbury, obras que presentan una rebelión contra estados totalitarios que vigilan todos los aspectos de la vida y pensamiento en un hipotético futuro inminente.
Un subgénero que alude a una condición que provocada por circunstancias de catastrofismo tanto terrenal como humano (proveniente de una guerra, un impacto cósmico, una plaga…), generando una depresión que da como resultado dictaduras totalitarias que subyugan al pueblo llano y lo somete a la dominación y al engaño, a la persecución del que sea diferente o al que se salga de la norma, fundamentando su política en el miedo, en la represión, en la unilateralidad de credos, en la ciencia al servicio del abuso y la experimentación con los más débiles o en la amenaza sistemática.
La ‘V’ cinematográfica
Cuando Moore y Lloyd publicaron ‘V de Vendetta’, el futurismo apagado y tenue procedía de una III Guerra Mundial, dejando a la población aletargada en un Londres que pasaba a ser un estado fascista controlado por un organismo tentacular dividido en fragmentos de poder con la única finalidad de tiranizar al pueblo en su propio beneficio. La Cabeza (término para designar a un líder totalitarista) y sus demás instrumentos políticos; la Boca, el Dedo, la Nariz, los Oídos y la Voz del Destino son términos que el lector del cómic recuerda para evidenciar la indefensión, la brutalidad, el desamparo de todos los personajes, ya sean víctimas o verdugos.
Para su adaptación cinematográfica, ésa a la que el propio Alan Moore ha tachado de ‘porquería’, los hermanos Wachowski, en alianza con James McTeigue (o utilizándole como rostro visible de cara al público y los medios), han llevado con cierta pulcritud la novela a la gran pantalla. Los fascistas británicos siguen teniendo aquí el lema de “Fuerza a través de la unidad, unidad a través de la fe”. Pese a que la novela gráfica sea más atmosférica, psicológica y enriquecedora que esta visión fílmica, se ha logrado mantener parte del espíritu (la más importante), pero reblandeciendo inquietudes propias de aquellos tiempos reflexivos.
¿Era necesario reinterpretar aquella distopía en los tiempos actuales precisamente cuando hoy se viven los años sobre los que se trababan entonces? Difícil incógnita. Pero lo que sí es cierto es que los Wachoswki han sabido actualizar y reubicar el cómic en el presente sin necesidad de enfatizar sus cambios respecto a aquél. ‘V de Vendetta’ (película) se configura desde su origen como la misma crítica feroz a los regímenes imperialistas apoyándose en la necesidad del anarquismo si la autoridad olvida sus principios básicos de salvaguardar a la sociedad. La necesidad de reclamar la competencia sobre sus vidas, lo que no quiere decir que también se ejerza esta responsabilidad sobre los demás. “Desde el principio de la humanidad, un grupo de opresores ha aceptado la responsabilidad de dirigir nuestras vidas. Esa responsabilidad nos pertenecía”, viene a decir el enmascarado protagonista. Es la ideología revolucionaria de V (un imponente Hugo Weaving que deposita su interpretación en su profunda voz), el romántico terrorista sin rostro, oculto bajo la sonriente máscara de Guy Fawkes, personaje revolucionario del siglo XVII que intentó volar el parlamento inglés un 5 de noviembre en la llamada “Conspiración de la Pólvora” en venganza por las leyes penales contra los católicos. Desde entonces dicho día es conocido en Inglaterra como ‘The Bonfire Night’.
En esa esfera de utópico lirismo ideológico y romanticismo político, el hombre sin rostro, la idea de libertad bajo una máscara que representaron El fantasma de la opera, Lagardère o El conde de Montecristo (figura persistente dentro del filme), ‘V de Vendetta’ sigue hablando de un individuo que lucha por sus ideales, que pasa a ser la figura simbólica de un ideal que cobra vida como detonante para que la población descubra el valor de la libertad. V, en ambos terrenos (el cómic y la película) personifica la quimera hecha carne, el promotor del ‘Verwirrung’, el caos de la violencia que desencadenará la libertad y que traerá al mundo el ‘Ordung’, el verdadero y arbitrario orden social.
McTeigue y/o los Wachowski se benefician del buen pulso narrativo de su adaptación cinematográfica y la brillante (y nada grandilocuente) imaginería visual para proponer las mismas preguntas y controvertidas tesis que Moore y Lloyd hace veinte años, invitando al espectador a reflexionar y descodificar a los personajes y asumir el argumento desde una posición de pensamiento para aplicar el mensaje a su voluntad. El V ‘wachowskiano’ sigue representado el honor de ese pueblo que se levanta contra la tiranía y sacude la conciencia colectiva. No es un terrorista, pese a asesinar por venganza a los tiranos que le deshumanizaron en un campo de concentración, sino que puede verse como un agitador de masas que invita con su temeridad a salir al pueblo de la inopia mental. V ejerce el tiranicidio. Los autócratas deben ser eliminados para ratificar la hegemonía de una justicia sustentada sobre los pilares de la libertad. Siguiendo esas directrices de responsabilidad individual liberalistas proferidas por Spencer, Tocqueville, Jefferson o Hayek, la clave del filme sigue siendo la arriesgada propuesta de un hombre (en realidad una idea) que busca la destrucción de los símbolos del fascismo estatal británico cuyo objetivo es movilizar a la sociedad y recordar que los ciudadanos son los auténticos y únicos preceptores de su destino.
Las diferencias de la película con respecto a la obra gráfica de Moore y Lloyd vienen dadas en el énfasis temporal del presente, no del futuro inmediato. En la película no hay rastro de la III Guerra Mundial, sino que la situación política es producto de un ataque con armas biológicas que ha dejado Gran Bretaña bajo el yugo de la autocracia. Todo, con la intención discursiva de demostrar que el dictador Adam Sutler (excesivo John Hurt) perpetró ese ataque para ganar las elecciones y llegar al poder (insinuando, de fondo, cierta equivalencia con la actitud anterior y posterior de George W. Bush en los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas). En ese sentido, el ‘V de Vendetta’ cinematográfica acentúa este punto y busca en todo momento reflejar una comparación y segunda lectura con la situación política actual. Algo comprensible, si tenemos en cuenta que, más allá de un producto comercial, la película también contiene la pretensión de mover a la reflexión haciendo un paralelismo de este supuesto mundo alternativo con los gobiernos contemporáneos.
Por otra parte, la remodelación total de Evey Hammond (una sobresaliente Natalie Portman), que aquí no es una joven prostituta maltratada, sino que trabaja en una cadena de televisión y ya no es la frágil y vulnerable aprendiz del comic, tiene una personalidad más consciente de la realidad, ya que sus padres fueron activistas militantes contra el régimen opresor de Sutler, lo que la equipara a la ideología de V, que sólo tiene que despertarla ante la verdad de su condición de esclava socia (social) , por lo que la celeridad y unión de V e Evey se abrevia en la formación del pensamiento insurrecto, pero no en su tortura o en la hermosa historia de amor de Laurie narrada mediante flashbacks.
Sin embargo, en el filme se opta por dar excesiva importancia a una humanización de V, marcada por una historia de amor a la que sucumbe una persona cuya esencia son los propios ideales. Cosa que en la novela gráfica permanecía velado en todo momento. También se ha suprimido mucha de la subtrama de corrupción política, que en el cómic era tan relevante en el raquitismo moral del poder y que aquí se ha condensado todo el odio racial, religioso y sexual en un solo personaje inventado, el de Gordon Dietrich (Stephen Fry), ese director ambiguo, gay y subversivo que guarda una copia del corán como trofeo de rebeldía y que supone el rol menos conseguido de la adaptación cinematográfica.
En cualquier caso, los Wachowski y/o McTeigue lo que sí han logrado es equilibrar la báscula de la honestidad de las acciones de sus personajes en esa atemporal visión del contrafascismo anárquico como negación al totalitarismo. Si, además, se ha respetado el legendario final del cómic, pero convirtiendo los múltiples rostros metafóricos de V solventados en los inocentes que han ido muriendo por la causa del análogo moderno de Guy Fawkes (obviando la innecesaria escena ‘Matrix’ en la lucha que provoca la muerte del antihéroe), ‘V de Vendetta’ es una digna apuesta por la valentía de pensamiento liberal y antiestatista dentro del pávido mundo hollywoodiense.
Y considerando que los tiempos de Bush y Blair no han variado en demasía de los que protagonizaron Reagan y Thatcher, la película de los Wachowski sirve como sutil y ambigua invitación al levantamiento espiritual contra los dictámenes que pretenden homogeneizar y eliminar la individualidad. Y eso, en estos tiempos, es todo un logro.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006