jueves, 7 de febrero de 2008

Review 'John Rambo'

“Vivir por nada o morir por algo”
Vengo de ver ‘John Rambo’ y la memoria me ha llevado, inevitablemente, al rudimento de aquel personaje iconográfico de los 80, no al frío asesino paranoide creado por David Morrell en su novela ‘First Blood’, si no al hierático ex marine que se siente perseguido y atormentado por las secuelas psicológicas de la guerra, desubicado en una sociedad que ha decidido repudiarle y que llevó a Sylvester Stallone al Olimpo de Hollywood hace más de dos décadas.
El bueno de Sly, motivado por el éxito y la dignidad que supuso para él la última parte de su otro personaje inmortal, ‘Rocky Balboa’, ha decidido seguir dando envites de nostalgia a su hasta ahora maltrecha carrera. ‘John Rambo’, sin embargo, sí aprovecha cierto oportunismo efímero de este momento de gloria por la que atraviesa el actor y director. Pero era el momento justo de recuperar a la máquina bélica más poderosa del género. Si había un momento de sacar de la memoria a Rambo era ahora. El personaje, renace con la violenta sístole de una ametralladora con la que hacer su propia justicia, la guerra, al fin y al cabo, forma parte de él y como afirma en esa frase antológica del filme “cuando alguien te empuja, matar es tan fácil como respirar”, cualquier excusa es buena para volver a las andadas. De este modo, se equipara a su célebre púgil en el hecho de que ambos se han convertido en viejas glorias abnegadas y consumidos en sus propios recuerdos, sin terminar de cicatrizar sus heridas internas.
Presentar a un Rambo sexagenario aislado en Tailandia que pasa los días cazando serpientes para un espectáculo de feria es el entorno ideal para definir a un personaje retirado, de vuelta de todo, exhausto y avejentado, sin ningún tipo de motivación. Sólo hay que provocarle un poco para que se convierta en el autómata asesino que fue gracias a su Gobierno. En su última aventura poco importa la despolitización del mensaje, más allá de un hombre que lucha por su propia justicia, ni del salvaje uso de las imágenes que otorgan a Stallone el reconocimiento del vigoroso pulso y ritmo que mantiene en todo momento. Sobre todo, en sus escenas de acción, en su representación del belicismo y la importancia con la que cuida la parte sonora del filme. Aquí, Stallone da un recital de sangre, de brutal y bucólica grafía de esa violencia (incluso tecnificada si es necesario) que evoca otros tiempos donde la corrección política quedaba en un segundo término.
A Stallone parece que ‘le pone’ esta orgía de sangre; meter a unos idealistas miembros de una ONG en pleno infierno, haciéndoles entender que las cosas, por mucha esperanza que se tenga, nunca cambian. Es el simple pretexto para despertar al sanguinario león dormido. El héroe está cansado, se le nota. Tampoco ha logrado diluir los fantasmas del pasado. Y lo que es peor, se la sudan los dilemas morales de los que le rodean. Como también tener que compartir espacio y misión con unos mercenarios de guerra. Pero no por ello dejará de cumplir sus objetivos militares, su venganza contra aquellos que, como en Vietnam y en sus posteriores conflictos militares, marcaron la vida de este soldado de élite y lo sumieron en la locura y el descontrol.
Esta cuarta entrega no es una gran película, ni mucho menos. Tampoco lo fueron sus predecesoras, si exceptuamos la magnífica ‘Acorralado’, de Ted Kotcheff, pero si por algo es loable la resurrección del mito es por la honestidad con la que Stallone sabe caracterizar el crepúsculo final de sus mitos y, en consecuencia, otorga al fan de aquel cine una última ración de hemoglobina con sabor a barro y olor a pólvora. Una glorificación de la violencia que encuentra la imagen más alentadora de la tetralogía; aquélla en la que Rambo regresa, más cansado que nunca, a su Bowie natal, en Arizona, en busca de sus raíces, cansado de que el mundo no cambie y haciendo que el público eche de menos ese ‘It's A Long Road’, de Dan Hill.
Por ello, gracias Stallone por ofrecernos esta última fiesta.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008