sábado, 26 de enero de 2008

Review 'The Oxford Murders'

La realidad contra el pensamiento
De la Iglesia adapta a Guillermo Martínez en un juego de apariencias en el que el discurso literario queda en un segundo término sobre el sentido fílmico de una obra admirablemente dirigida.
Ha necesitado Álex de la Iglesia rodar un filme de conversión (y de transición) como ‘Los Crímenes de Oxford’ para alcanzar la ratificación de un cine que va más allá de los términos causados por las inevitables contingencias comerciales. Su nuevo trabajo evidencia la capacidad de un director que se ha visto forzado, en más de una ocasión, a frecuentar un reconocible sello personal, de estruendoso potencial visual, pero de trasfondo cómico o con rasgos de sarcástico aticismo. A veces, el talento y la genialidad se verifican cuando se sabe reconocer la valía de un cineasta que ha sido capaz de disociarse de su irrevocable estilo personal en una historia alejada, en principio, de lo que se puede llegar a esperar de él. Y eso es lo que supone esta adaptación de la novela de Guillermo Martínez por parte del cineasta español: una película de encargo que proclama a un cineasta con una dilatada y portentosa diversidad fílmica.
‘Los Crímenes de Oxford’ narra la historia de una serie de asesinatos consecutivos que tienen como protagonistas de sus pesquisas a un profesor de la universidad de Oxford y un estudiante americano que le idolatra, aceptando ambos los siniestros acontecimientos como un juego de lances analizables desde la lógica. La trama criminal, acometida como un ‘thriller’ intelectual de génesis ‘hitchkockiano’, es tratada como un misterio, un puzzle, una ecuación matemática. El ‘whodunit’ de la investigación se plantea, por esta causa, aplicando la teoría del crimen como desafío al profesor y al alumno.
Género detectivesco y de suspense, evoca, inevitablemente, al espíritu de grandes nombres de la literatura como John Dickson Carr, Agatha Christie, Ellery Queen, Michael Innes, Anthony Berkeley, Nicholas Blake o Dorothy Sayers. Siguiendo esa corriente literaria y cinematográfica, en un guión que adapta fielmente la obra de Martínez, el grisáceo contexto académico de Oxford sirve como óleo para definir a unos personajes (todos ellos sospechosos en diversos momentos) al indagar, siguiendo una serie lógica, el problema matemático que conduce hasta el asesino.
Entretanto, el argumento matemático va abriendo un camino de posibilidades a la hora de debatir sobre los homicidios y el culpable, entrando a formar parte del texto los teoremas de Fermat o Gödel, la serie de Fibonacci o el principio de indeterminación de Heisenberg. Estas teorías, que marcarán la pauta de los acontecimientos, diseminan de elucubraciones y pistas ambiguas la narración, con infinidad de vocablos y axiomas matemáticos y filosóficos, que confiere variadas y variables soluciones al enigma. Algo que, a simple vista, podría ser un obstáculo para el espectador; el público es sumergido en un ciclón de códigos, series numéricas e incluso geometría fractal. Sin embargo, hay que agradecer a De la Iglesia y a su coguionista Jorge Guerricaechevarría la precisión con la que han atenuado la circunspección matemática de la trama, haciendo posible que, gracias a un ritmo diligente, el resultado sea accesible, sin enfatizar más que lo justo, pecando incluso de cierta inocencia al trasladar la obra de Martínez al cine. En cualquier caso, el discurso literario quedará en un segundo término sobre el sentido fílmico de la obra.
Estamos ante una partida de ‘Cluedo’ al que le falta una carta del sobre, trazando un juego de simulación de la realidad a través de los ojos de Martin (loable y versatil composición de Eljiah Wood) que, a su vez, se presenta como los ojos del espectador, en función elíptica dentro de la trama, como contraposición ideológica y existencial del soberbio y escéptico profesor Sheldom (sencillamente prodigioso John Hurt), personaje enemistado con la realidad, siempre desconfiado de aquello que le rodea y que no duda en afirmar que se puede predecir la realidad utilizando los números. Mientras el primero se muestra esperanzado ante la consecución lógica de las interacciones que se unen a la hipótesis de la “causa- efecto” (a posteriori el mecanismo de toda la trama criminal), el otro se mantiene oculto bajo un gambox de secretos y apariencias, negando la demostración lógica de los hechos, afirmando las casualidades como única verdad que determina los hechos. El filme se basa, por tanto, en un apasionante juego de apariencias.
La cuestión no es descubrir la identidad del asesino, sino que lo que verdaderamente importa es la praxis que se va a seguir para descubrir la verdad. El suspense, de este modo, no reside en la sorpresa de los puntos de giro, sino en la finalidad subjetiva de los personajes, de su discurso, de sus sospechas y de las consecuencias de sus decisiones. Todo se sustenta en la ambigüedad, en la astuta impostura y, sobre todo, en la representación. Por eso, Sheldom habla del crimen perfecto atribuyéndolo a un falso culpable cuya identidad no se corresponde al auténtico autor de los crímenes. Y en medio de ellos, una mujer, Lorna (sensual diosa materializada en el cuerpo de Leonor Watling), que podría entenderse como un personaje residual, la carnal atracción de la historia, que simboliza la importancia de la vida real, de vivir el momento ante el pensamiento, el sexo enfrentado a la cavilación, ejemplificado en el instante en que Martin abandona el autobús que se dirige a la conferencia sobre el teorema de Fermat y su demostración por parte de Andrew Wiles en Cambridge. Sin olvidar el otro personaje vital en discordia como es la ciudad de Oxford, concebida como un gran coliseo de simulación donde se mueven las piezas de este juego de manipulación.
Sin embargo, la grandeza del filme va más allá de cualquier delimitación argumental. Álex de la Iglesia afronta esta historia con clasicismo en sus formas de ‘thriller’, pero con una enunciación ciertamente modernista definido en el absoluto dominio de la técnica cinematográfica, perfilada bajo unos conceptos artísticos solemnes, expuestos con determinación en una cuidada estética que procede de las múltiples y novedosas influencias que construyen el universo visual del director. De la Iglesia deja a un lado la semiología y el contexto literario para abogar por una visualidad narrativa visceral, en la que la cámara identifica al espectador con la subjetividad en función de las vivencias del personaje de Martin, logrando desviar la realidad con un tono de confusión respecto a la verdad que se descubrirá en la distancia de la conclusión final.
De paso, y de forma admirable, De la Iglesia logra concertar el desafío matemático con un ritmo al que no le falta el virtuosismo necesario para que los grandilocuentes conceptos trigonométricos sean la excusa del discurso, abordando el filme desde un prisma artístico, en el que la capacidad visual de su creador opera con maestría desde la sombra, disipando su omnipresente figura dentro de una película donde prepondera, en cada plano y encuadre, una asombrosa opulencia de talento e imaginería, en el que destaca, a su vez, el beneficio de esa enérgica partitura de Roque Baños.
‘Los crímenes de Oxford’ es, en el fondo, un entretenimiento de suspense que, bajo su compleja problemática argumental (el citado ‘whodunit’), es un pretexto para desglosar, un majestuoso ejercicio de pericia cinematográfica, ilustrado en ese monumental ‘travelling’ que expone, con gran sabiduría, todas las piezas que componen el catálogo de sospechosos que giran en torno a estos inapreciables crímenes. Álex de la Iglesia da una lección (la enésima) de saber hacer, de perfecta ubicuidad de cámara, de precisa determinación de los espacios, de brillante manipulación de la realidad dependiendo de los ojos con la que se miren. Además, en su último filme, acredita que sabe también esconder las limitaciones de una película en el tópico, rodeando sutilmente sus defectos con un adictivo enigma de ambigüedades y apariencias, acudiendo, si es necesario, a ese elegante desenlace de doble giro, donde se demuestra que la complejidad de las sospechas, a veces, es un mero elemento para ocultar la respuesta más simple y accesible.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008