miércoles, 5 de septiembre de 2007

Dossier Quentin Tarantino (y III): Review 'Death Proof'

Entre la macarrada y el escapismo nostálgico
‘Death Proof’ es una fanfarronada convulsa y libre, que utiliza el subgénero ‘grindhouse’ como excusa para formular un brutal y sugestivo ejercicio onanista y autocomplaciente.
Siguiendo esta readaptación de cánones que han propuesto Robert Rodríguez y Quentin Tarantino con el díptico ‘Grindhouse’ que ha llegado a nuestro país escindido por motivos de distribución, ‘Death Proof’, prolongación y aditamento referencial del ‘Planet Terror’ de Rodríguez, es el manifiesto homenaje por parte de Tarantino a las películas de la década de los 70's que daba título al proyecto, pertenecientes al subgénero que viene a rescatar aquellas películas de serie Z que fundamentaron su éxito en el terror, los vehículos o las chicas ligeras de ropa y que casi siempre se proyectaban en sesiones dobles y en infames circunstancias, pero también es el particular homenaje del director a las ‘movie car chase’, que concretan su esencia en las persecuciones de coches “vintage” que tuvieron cierto auge en varios filmes clásicos de los años 70 y que dirigieron reconocidos autores como Richard C. Sarafian, H.B. Halicki, John Hough, Peter Yates, John Frankenheimer o William Friedkin, entre muchos otros. Tarantino regresa al fondo abisal del ‘exploit’ y lo saca a la superficie del cine comercial, no sin una brillante opulencia de excentricidad y riesgo, como muestra de experiencia de libertad creativa llevada al extremo.
‘Death Proof’ es la caprichosa exhibición por parte de vena más ‘trash’, moviéndose a través de actos delimitados y ritos cinéfilos que definen su propia condición de autor posmoderno en la que esgrime los elementos que dan vida al simple argumento como excusa. Tarantino se sirve de este filme para maniobrar con los interludios del ‘slasher’, los coches, los diálogos, las persecuciones, la violencia y las chicas como un pretexto de orquestación suntuosa en torno a su ejercicio más onanista, fetichista y autocomplaciente, de profuso acopio cuantitativo en su constante renovación de los géneros a los que se acerca. Otra vez más, absorbe de ellos su esencia, difuminando los orígenes y los convierte en materia propia. Por eso, ‘Death Proof’ es un filme que se contrapone y completa a la cinta de Rodríguez, compartiendo con éste su particular ofrenda al cine de serie B y Z, pero distanciándose por el objetivo último de las dos obras en su forma de entender el homenaje. Mientras Rodríguez sabe maniobrar con las miserias de su particular mezcla de géneros, transformando y abrazando el bizarrismo, la comedia y la sangre en un indomable y desmesurado exceso, Tarantino se olvida de las fuentes de las que bebe, esgrimiéndolas como referencias y erigiendo, orgulloso de la hazaña, su propia función, en lo que sería la película más personal con el acentuado estilo ‘tarantiniano’ que compone su, hasta el momento, intachable carrera cinematográfica.
De ahí que ya no necesite acudir a otros vínculos a la hora de encontrarse a sí mismo, sino que es capaz de parodiar su propia influencia dentro del cine moderno, ya no sólo con constantes citas a diálogos reconocibles dentro de su filmografía (alusiones a masajes en los pies, entorno musical con especial protagonismo de las Junket Box, el Chevy Nova que usa Stuntman Mike –que ya hizo acto de presencia en ‘Pulp Fiction’-, referencias estilísticas y de planificación), sino con pequeños guiños; como el politono del ‘Twisted Nerved’, de Bernard Herrmann, la reiteración del plano del maletero o la mención de la cadena de hamburguesas creada ficticiamente por el director Big Kahuna Burger. A pesar de su sencillez argumental, ‘Death Proof’ es también es su película más compleja, puesto que el estilo demoledor, de fanatismo visual y modelo de narrativa verbalizada hace que en varios momentos el filme pueda llegar a consumir sus logros, pero a sabiendas que es el elemento clave que determina la propuesta de degeneración audiovisual y autoral a la que somete al espectador.
‘Death Proof’ es una película de rupturas, porque salda el ímpetu autoreferencial de Tarantino con su cine, donde la cinética cinematográfica y la narrativa alcanzan cotas de histrionismo siempre propuestas, pero nunca tan evidentes aquí y porque el gamberrismo egoísta y gozoso del director sigue en todo momento la inflexiva estría moral del cineasta Russ Meyer, cuyo espíritu subyace en toda la esencia de esta película. La consigna bien podría ser algo así como “los excesos se pagan”, pero dando a entender que, a pesar del castigo, se disfruta de verdad. Tal vez como analogía de su relación con el Séptimo Arte. Es lo que sucede con la intencionalidad de Tarantino en esta macarrada fílmica. Pero también en lo que sucede con el propio protagonista, Stuntman Mike, malévolo antihéroe nacido en el cine de los años 80 que conduce su vehículo como si de de un arma de matar se tratara. Sus víctimas, mujeres hermosas y despreocupadas que desconocen su cruel destino. Por supuesto, y como viene siendo habitual en las historias de Tarantino, los acontecimientos y acercamiento a los personajes no responden a una disposición lógica, donde apenas se sigue una estructura lineal, pero que dista de los ardides cronológicos habituales en el autor.
También es un filme de rupturas, con la diferenciación de dos partes bien definidas que son mostradas casi como un calco, de similar propuesta y situación, pero con desenlace muy distinto que exhibe el doble filo moral con el que plantea esta historia de asesinatos y venganzas. Dos segmentos delimitados. Por una parte, en la dominación masculina, de brutal contundencia y, por otra, antagónica, en la venganza femenina, con un lento y salvaje sistema de desagravio. Ambas también separadas por los tiempos muertos donde no parece pasar nada, simplemente en una de las retahílas de diálogos más brillantes vistas en años, en las que varias chicas sin prejuicios charlan acercan de temas intrascendentales, en un ahondamiento en el universo femenino por parte de un Tarantino que les da aquí una enrevesada película feminista que se antoja, sin embargo, lapidaria y inmoderada.
Juega a romper constantemente las reglas, atomizando la agilidad estructural del juego de un filme de terror con imprevistos puntos de giro. En su incursión en el cine ‘slasher’ de los 80, sigue todos los cánones preestablecidos, presentando a un asesino que disfruta (por supuesto, sexualmente), aniquilando bellas jovencitas con muchos pájaros en la cabeza, propugnando el pathos morboso y patológico de Stuntman Mike como complemento al ‘eros’ sexual’ que destilan todas y cada una de las actrices de este personal trabajo de agresividad incontrolable, cuyo ansia de trascender exhorta el esfuerzo más provocador hasta la fecha. Sin embargo, lo que nadie espera es que este lobo con piel de cordero, este seductor encarnado por el antológico actor Kurt Russell vaya a ser víctima de sus propios trastornos. Hasta entonces, Tarantino ha sabido ganarse la complicidad del espectador, con sus ‘speechs’ femeninos, sus rondas de chupitos, su baile erótico incluido, que alcanza el cenit cuando Kurt Russell mira a cámara y sonríe con gesto travieso, anticipando que la gamberrada sangrienta está a punto de ofrecer un festín de ‘gore’ que no se vale de elipsis ni coartadas narrativas. Es cuando Tarantino, después de un soberbio plano secuencia con Michael y James Parks (que dan vida al sheriff Earl McGraw y su hijo Número 1), vuelve a proponer otro juego, el de un universo de coches, feminidad y desagravios en el que sale a colación su tributo a esas ‘movie car chase’ influenciado por ‘60 segundos’, ‘Vanishing point’, ‘La Huida’, ‘La indecente Mary y Harry el loco’, ‘Bullit’, ‘French Connection’, ‘Mad Max’ o ‘Los Implacables’, con una persecución de coches memorable, filmada con una precisión acojonante. Pero también a ese mundo rebelde de ‘Faster, Pussycat! Kill! Kill!’ y su sociedad de mujeres llenas de impudencia (a las que dan vida Rosario Dawson, Vanessa Ferlito, Jordan Ladd, Tracie Thoms, Rose McGowan y Sydney Tamlia Portier y la reina de la función, la especialista profesional Zöe Bell), una de las características del prototipo de heroína ‘meyeriana’, donde no hay espacio para historias de amor, ni acción sexual que no sea la de la simple provocación en toda su amplitud. Mujeres que hostigan al hombre, que saben mover el culo, conducen de forma temeraria, sin dudar en usar una desmedida violencia si algún tipo, por muy asesino que sea, las acosa. Son encantadoras pero vengativas. Son superhembras. Dos asaltos a muerte que imponen una galería de personajes vehementes y perturbados, con conductas y reacciones frenéticas y delirantes.
Por si fuera poco, ‘Death Proof’ es la primera tentativa de Tarantino como director de fotografía, contingencia de la que sale particularmente bien parado gracias de nuevo a otra ruptura, la que deviene en el recreo ‘grindhouse’ mostrado en ‘Planet Terror’, con esa violenta transición de color a blanco y negro y vuelta a color (ya visto en ‘Kill Bill’), que ajusta las ligaduras al subgénero, junto a algún corte y repetición de diálogo y variedad cromática, incluyendo el ‘missing reel’, sin exagerar tanto la definición estética como Rodríguez del cine al que ofrendan, pero produciendo el conseguido efecto que deriva de la imagen ensuciada y alterada en la sala de montaje con el esplendor del Technicolor. Así como su prodigiosa melomanía que obtiene una de sus mejores y más brillantes contexturas musicales de una banda sonora que aglutina algunos de los más importantes clásicos de los años 60 y los 70; desde el ‘doo-wop’ de The Coasters, pasando por el blues de San Francisco Pacific Gas & Electric, el R&B de Stax hasta el glam-rock de T Rex o la vivacidad inquieta del ‘Chick habit’, de April March que cierra el filme. ‘Death Proof’ ha sido dirigida para ser una película de culto, la más incomprendida de su genial director, esa esperada fanfarronada convulsa y libre, de escapismo nostálgico.
Un pasatiempo de acción y terror, con beligerante actitud de comedia negra repleta de cinefilia y carácter reinvidicativo que más que recuperar el subgénero al que reverencian lo que hace ‘Death Proof’ y que se une a la intencional ‘Planet Terror’ es recobrar una forma perdida de ver y sentir el cine de bajo coste.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007