viernes, 2 de marzo de 2007

Review 'La Science des rêves'

La compleja belleza de un cosmos elaborado con viajes astrales
Michel Gondry demuestra, sin Charlie Kaufman, que es capaz de componer un hermoso ejercicio surrealista de acertada inspiración melancólica a través de los sueños.
Para ‘La Science des rêves (La ciencia del sueño)’, el prestigioso realizador Michel Gondry ha apuntalado su nuevo filme con varios elementos comunes con su anterior y prodigiosa ‘Eternal Sunshine of Splotless Mind (Olvídate de mí)’. Primero, que se trata, al igual que aquélla, de una compleja y hermosa oda al amor romántico, donde la fragilidad de los recuerdos y de los sueños se significan en la continua contraposición de ilusorios ensueños, plasticidad y recuerdos, alegorías de la subsistencia de la memoria que sirven como subterfugio para escapar a la mediocridad.
Segundo, ‘La Science des rêves’ es también un intenso melodrama obsesivo, personal e íntimo, que fragua su interés en el sugerente término de intentar solucionar en sueños lo que uno no es capaz de ordenar en la vida real. Ambas están definidas por lo imprevisible y la creatividad de una propuesta valiente y, en este caso, autobiográfica, de una singular idiosincrasia que utiliza unos mecanismos narrativos semejantes, donde interviene cierto furor por el ejercicio surrealista que encuentra, en todo momento, la más que acertada inspiración melancólica y poética, profundamente estimulante.
La gran diferencia entre ambos filmes es que, mientras ‘Eternal…’ se podía vislumbrar como una historia de amor, ‘La Science…’ es, opuestamente, un film de desamor, un drama con toques de comedia que bucea, con una personal visión del amor y del romanticismo, en las dudas, en la inseguridad y en la oscilación mental de aquel que, acostumbrado a perder, se inventa un universo para evadirse de sus problemas rutinarios. Gondry presenta así a Stéphane (excepcional Gael García Bernal), un joven con una imaginación desbordante que, buscando un cambio en su vida, vuelve a Francia tras la muerte de su padre para vivir en París y trabajar una empresa de publicidad, que resulta ser un empleo aburrido y tedioso, capaz de coartar las ínfulas creativas de este antihéroe. Para huir de la monotonía, recurriendo a su memoria y al subconsciente, se refugiará en sus extraños sueños para soportar la situación. Hasta que en su vida irrumpe Stéphanie (poderosa Charlotte Gainsbourg), una vecina de la que acaba enamorándose, sin saber que el sentimiento no es correspondido.
Tras esta sutil y naturalista trama, el director francés, compone una de sus habituales fantasías, impregnada de su bagaje como realizador de videoclips (evocando algunas referencias determinadas en el ‘Everlong’, para Foo Fighters, en ‘Let Forever Be’, para The Chemical Brothers o en ‘Army of Me’, para Björk) donde se acentúa su predisposición por la esquizofrenia visual y temática que mezcla aquí, en su traslación a la gran pantalla, con una proverbial narrativa en la que no faltan las bellas ilusiones de ‘stop-motion’ que tanto recuerdan al animador checo Jan Svankmajer.
La nueva y revolucionaria propuesta de Gondry se caracteriza por ser, al igual que ‘Eternal…’, un juego de metalenguajes, en su fragmentación de elementos temáticos, de realidad y ficción, de guiños oníricos que suplantan el terreno material para convertirse en entelequia y, a la vez, fundir la vida en el idealismo, en la farsa ensoñadora en la que vive constantemente Stéphane, presentando un mundo indescifrable e incoherente a modo de puzzle de situaciones contrapuestas contextualizadas en un escenario percibido como collage de ilusiones volubles en la vida real, pero imperturbables como indestructible utopía. El filme de Gondry es un encomio a la inmadurez, a la incapacidad de asumir los fracasos sentimentales y la rutina de un trabajo aburrido, cuando la estimulación de los impulsos más íntimos se vuelve ineludible. La vida no es fidedigna a lo que uno pretende o quiere. La realidad, como consecuencia, destruye los sueños que sirven como catalizadores de los deseos que son inalcanzables en el automatismo del día a día.
Gondry demuestra que, sin Charlie Kaufman sustentando su enfoque creativo, es capaz de firmar un guión portentoso, que respira libertad absoluta y marca su recorrido en el categórico albedrío, evidenciado por la falta de retracciones ni tiesuras, sin una norma narrativa clara, que disipa la lógica intencionalidad de la historia, pero que otorga, a cambio, la naturalidad con la que Gondry se salta a la torera cualquier funcionalidad en su oda a la ficción, al sueño y poseía del desorden, del caos en el que se sumergen dos personajes hermanados en creatividad y fantasía, pero distanciados en sentimientos, en el infantilismo romántico dependiente de uno (Stéphane) y en el sensato raciocinio solitario de otro (Stephanie).
Lo más destacado, de nuevo, es la complejidad con la que Gondry expone los elementos que configuran el subconsciente plasmados con mecanismos estéticos procedentes del ‘videoclip’ y la artesanía con una realidad conferida con un extraño y sugestivo toque de naturalismo y fantasía, donde conviven el realismo del entorno parisino tan europeo con la improvisación de tiempos y un grado de artificio disoluta donde imperan instantes caleidoscópicos. Biósfera donde la idea de estroboscopia encuentra un lugar común en la representación simbólica que escapa a los arquetipos de los sueños. De ahí, que tengan tanta fuerza las imágenes de estudio de televisión imaginario en el que el protagonista recompone oníricamente su vida, desde la inusual visión de unas cámaras de televisión de cartón y una pantalla que implanta lo filmado en otra dimensión.
‘La Science des rêves’ es un apasionante viaje a un cosmos inmaterial e imaginativo elaborado con hermosos viajes astrales, donde la televisión, el futuro, el cartón y la imaginería se muestran como una proyección de la conciencia fuera del cuerpo físico, aludiendo a los sueños como forma de vida, como vía escapista a la realidad que deja en la memoria el entrañable periplo de un pequeño personaje hacia el mundo adulto, donde no es posible abandonar la idea de un calendario titulado ‘Desastrología’, un mar de celofán surcado por un barco que tiene un bosque, con colinas de un mundo inventado donde cabalga un caballo de felpa y existe una máquina del tiempo que viaja a través del tiempo sólo un segundo.
Michel Gondry ha vuelto a lograr que algo tan inaccesible como los sueños sean una fuente universal que todos puedan compartir y tener acceso.