viernes, 1 de octubre de 2004

Review ‘Eternal sunshine of the splotess mind’

La deconstructiva naturaleza del amor
Kaufman y Gondry componen una magistral y compleja fábula romántica que tiene en el juego de tiempos su mayor virtud narrativa.
Cuenta Charlie Kaufman que Michel Gondry le contó la idea de ‘Eternal sunshine of the splotess mind’ suponiendo qué pasaría si un buen día se encontrara una tarjeta en el buzón que dijera que ha sido borrado de la memoria de alguien. El guionista en seguida recurrió a un poema de Alexander Pope que comienza con los versos “¡Qué felices son los inocentes! Olvidando el mundo, y por éste olvidados. Brillo eterno de una mente inmaculada. Cada plegaria aceptada y con cada una, una renuncia”. Con esta premisa, la precisa y brillante maquinaria de Kaufman erigió una comedia oscura y triste fundamentada en el olvido como sentimiento del amor perdido y muchas veces añorado.
Joel es un hombre tímido, retraído y depresivo que un buen día decide improvisar su jornada escapándose en un tren que no le llevará a su trabajo, sino a un pueblecito ribereño. En una solitaria playa, camina y reflexiona, ahogando su melancólica existencia en sus propios pensamientos. En el camino de vuelta conoce a la extraña e hiperactiva Clementine, una joven de la que se enamora al instante. En este punto, cuando han pasado más de veinte minutos de proyección, aparecen los títulos de créditos y comienza la película. Es entonces cuando lo ideal se transforma en insoportable y las diferencias que atraían a la pareja se rompen. Al poco tiempo, Joel descubre que Clementine ha acudido a la consulta de un médico que se dedica a borrar los recuerdos de su relación. Joel decide someterse al mismo lavado de cerebro, pero a medida que ella desaparece de su geodesia emocional, vuelve a enamorarse de ella en un laberinto recuerdos que indican que, a pesar del triste final de su relación, ha sido la mujer de su vida.
El elemento de ciencia ficción o pseudoficción que supone que una empresa (Lacuna Inc.) borre por un sencillo proceso los recuerdos de una persona, pasan instantáneamente a un trasfondo de credibilidad cuando el verdadero hilo narrativo de la película emerge a la superficie de las profundidades narrativas con las que Kaufman y Gondry plantean un intenso melodrama obsesivo, personal e íntima que fragua su interés en el sugerente término de intentar solucionar en sueños lo que uno no fue capaz de arreglar en la realidad. Una historia de corazones rotos que interpela sobre la vida, el amor, la memoria y el olvido, entendiendo que el amor es lo único por lo que vale la pena haber vivido. Para encubrir este viejo tema del amor, los creadores recurren a la dimensión de la conciencia, a un puzzle de situaciones contrapuestas, jugando arriesgadamente en el filo, enalteciendo su imprescindible visión con una capacidad de sorpresa inquietante. Como viene siendo habitual en sus creaciones, ‘Eternal Sunshine…’ es Charlie Kaufman en estado puro.
Una nueva profundización en la fragmentación y desglose del guión, la gran condición que hace inmensa la perspectiva narrativa de este genio (que recuerda a lo que algunos han venido a llamar ‘maze-cinema’, seguido por otros cineastas modernos como Christopher Nolan o Gaspar Noé), una experimentación llena de puntos de giros retroactivos (y a su vez progresivos), de acción minada con un ingenio inquieto y amenazante, dejando el carácter y el pensamiento alterados por el tiempo, por la fugacidad de los sentimientos que, con los recuerdos y la añoranza, mutan, acreditando que dentro del amor existe lo ilógico. Pero más allá de jugar con la afasia temporal, con la deconstrucción narrativa, la gran virtud de esta magistral película es que, en su intención no está la originalidad sino el propósito de contar una historia que muestra la verdadera naturaleza del amor, concibiendo su destino e inevitabilidad, su sentido de la injusticia y la predestinación.
Contrariamente a lo que se pueda pensar, debido a lo intrincado de su disposición argumental casi perfecta, la coherencia es absoluta, pese a desenvolverse en distintos tiempos, realidades y dimensiones, ocurriendo la mayor parte de la cinta dentro del cerebro de Joel, de sus recuerdos, de sus deseos. Con una planificación narrativa de compleja construcción y portentoso efecto formal, Kaufman subvierte los designios del género entrelazando los indicios descriptivos de su magnífico guión hacia atrás. Por tanto, la entidad, la habilidad y la sorpresa de este excelente filme consisten en detallar el final en su prodigioso prólogo para, mediante los recuerdos de Joel, desvelar su significado. Lo el guionista está haciendo, en definitiva, es reunir una asombrosa conjunción de virtudes como perspectiva del misterio que abarcan los deseos internos, los más gratos recuerdos, los sueños y una realidad transformada en onírica, circunscrita a una solución médica que hace desvanecer los recuerdos del pasado en unas horas.
Como dijo Armand Salacrou “Un hombre sin recuerdos es un hombre perdido”, y en ése terreno es donde Gondry y Kaufman construyen un hilo conductor que juega con el espacio y el tiempo, construyendo y deconstruyendo una historia que sólo puede ser entendida por la subjetividad del espectador. Es ‘Eternal Sunshine…’ una película de muchas lecturas que apela a continuidad espontánea a medida que la historia profundiza en su complejidad. Y es que nunca fue tan cierto que el sentido de una película está en los ojos del que mira, del que siente de una manera u otra lo que está viendo. Kaufman sumerge al público en sus laberínticos paisajes ficticios, pesimistas y psicológicos, pero ampliando el recorrido al sugerir una historia teñida de intelectualismo existencial y emocional que obliga al espectador a cuestionarse acerca de la vida, del pasado, del presente y el futuro en un viaje de recuerdos que atormentan, pero sin los cuales la felicidad, en casi todos los casos fugaz y frágil, no tendría sentido. Se trata, por tanto, de la película más humana de este genio del guión y una historia escrita en un lenguaje de emociones y no sólo de reflexiones e imágenes.
Este drama cómico o comedia dramática sobre las dificultades que acarrea el amor y la vida en pareja esgrime conscientemente conceptos que procuran llegar al interior de un desenamorado, pretendiendo así entender las insondables dudas y preguntas del corazón, aquéllas que hacen amar, tolerar, aceptar, aprender a perdonar, las que vuelven vulnerables a los enamorados que, a pesar de saber que la pasión es una etapa y que lo efímero muchas veces se convierte en rutina insoportable, tiene su valor en la segunda oportunidad, en el instante en que el alma se desnuda, volviendo a nacer, encontrando de nuevo el amor, reflejado todo ello en imágenes y secuencias pretéritas que van cobrando sentido según avanza la acción en el presente, retrocediendo en los recuerdos del pasado. Un efecto de originalidad temporal que nunca devora el peso de sus protagonistas.
Y aunque ‘Eternal sunshine…’ se construya bajo unos personajes ambiguos y enigmáticos, solitarios e incomprendidos (característicos la espectacular carrera de Kaufman), aflora su genialidad a través de la imaginería visual de Michel Gondry, que se adapta al portentoso guión de Kaufamn y lo hermana a la perspectiva de su cosmos gráfico, traduciendo visualmente, de forma dinámica y sencilla, el desdoblamiento de universos paralelos que propone el guionista, aportando lo necesario para narrar esta difícil y hermosa oda al romanticismo donde la memoria y fragilidad quedan simbolizadas por la continua contraposición de los libros, dibujos y recuerdos, alegorías de la subsistencia de la memoria, y, por otra parte, la nieve, alusión al gélido olvido, a la limpieza de recuerdos que son utilizados para revelar que mientras Joel y Clementine observan las constelaciones sobre el río helado, mientras escapan al proceso de limpieza de memoria que ellos han solicitado, los ecos del mundo real repite los mismos errores.
En todo este fascinante recorrido por la desbordante capacidad argumental de la película, aportan un embrujo fuera de lo común un Jim Carrey, en su mejor papel, que vuelve a demostrar su pulso dramático, su contención de gestos y muecas, para ofrecer una lección de interpretación, como ya lo hiciera en ‘The Majestic’ y ‘The Truman Show’. Igualmente en estado de gracia se muestra esa asombrosa actriz que es Kate Winslet que, pese a lo irritante e imprevisible de su personaje, consigue traspasar la pantalla con una dulzura y un magnetismo que desarman cualquier (e incomprensible) prejuicio que se tenga ante la protagonista de ‘Titanic’, una de las mejore actrices que ha dado el cine contemporáneo. En este apartado artístico los secundarios, espectadores inconscientes del drama de amor de los protagonistas, Elijah Wood, Kirtsen Dunst y, sobre todo, Tom Wilkinson y el camaleónico Mark Ruffalo, merecen todos los elogios de un trabajo excepcional.
Con todo ello, bajo la mirada oculta de una Nueva York fría y melancólica, la nueva película de Gondry, ambigua, sutil y sencilla en su complejidad, supone un poema visual al amor. Pero no un amor encauzado al romanticismo entristecido, sino recurriendo al amor desquiciado e impulsivo, que susurra nostalgia y pesimismo, pero que encuentra en su extraño final una ventana a la esperanza, a la creencia en el destino como vía de la indescifrable felicidad. Una película dedicada al eterno brillo de las mentes inmaculadas (las que evoca el título original), aquéllas que entenderán que no se puede esquivar el amor, aunque no se recuerde ni siquiera de quién se está enamorado o por qué se quiere estarlo.
Miguel Á. Refoyo © 2004