lunes, 11 de diciembre de 2006

Review 'Borat'

Los defectos de la América de Bush
‘Borat’ es prodigioso falso documental que revela las miserias del ser humano actual sobre el racismo e intransigencia que avivan el prejuicio y la ignorancia.
Cuando uno asiste a un filme como ‘Borat’ debe tener en cuenta dos cosas. La primera, que es la nueva creación del humorista Sacha Baron Cohen (célebre gracias a su personaje ‘Ali G’), intérprete acostumbrado a jugar con fuego, a la polémica recreación establecida en la provocación escatológica, impúdica y subversiva. En segundo lugar, la dirección corre a cargo de Larry Charles, productor y escritor de series como 'Mad about you', ‘Seinfeld’ y ‘Curb Your Enthusiasm’. Tanto Charles como, sobre todo, Baron, se perfilan como legatarios de Lenny Bruce o Andy Kaufmann, ya que ambos están habituados a un tipo de humor sarcástico e inmediato, incapaces de seguir las convenciones sociales, dotados con una inteligencia expeditiva donde la consecuencia es el humor que deriva de la crítica social que apuesta con el desafío ante la moderación, dinamitando sus códigos de comportamiento (chistes sobre antisemitismo, ateísmo, racismo, homofobia o machismo) para ofrecer a la sociedad un agresivo análisis sociológico sobre sus propios defectos.
Partiendo de estos términos, ‘Borat’ no es más que la prolongación excesiva de ese humor con arriesgada predisposición a la mofa provocativa inherente a ambos creadores, una parodia cruel de la visión tercermundista del norteamericano ante los países que considera subdesarrollados, evidenciando síntomas de supremacía arrogante, en realidad, una desmedida incultura encubierta en la absurda y elitista prepotencia con la que Estados Unidos mira al resto del mundo. Su sinopsis es palmaria: Dejando atrás su país natal, Kazajistán, Borat Sagdiyev, presentador de la televisión pública de su país, llega a Estados Unidos para hacer un reportaje sobre “la nación más maravillosa de la tierra”, documental sobre la forma de vida yanqui para ayudar a mejorar la existencia de su pueblo kazajo. Pero en su camino, se cruza la sugerente visión de Pamela Anderson, que pasa a ser, de inmediato, su objetivo de felicidad. Borat, nada más llegar, ya ha encontrado el absurdo ‘sueño americano’ que se ha prodigado hasta la extenuación. Con lo que nadie contaba, es con que su estrafalario comportamiento va a generar indignación y reacciones, exponiendo los prejuicios e hipocresías de la cultura norteamericana.
Larry Charles y Baron Cohen aceptan las bases del falso documental para subvertirlas y exprimir así todas las posibilidades cómicas que reúne el género. Dentro del filme, Borat perpetúa con sus entrevistas una singular perspectiva de las cosas, bajo una inocente apariencia y malintencionada actitud, ridiculizando a mujeres, árabes, judíos, gitanos, homosexuales, liberales, conservadores, judíos, cristianos, musulmanes... El catálogo de objetivos para sus envenenados dardos no tiene límites. Borat se convierte inconscientemente en un fulminante contestatario, un crítico que, desde el falso desconocimiento, ahonda en la realidad de un país incoherente en sus diversas ideologías, profundizando de forma malintencionada en la manipulación y fraudulenta imagen que ha venido dando los EE.UU. al mundo, en ese entorno de libertad, como la autoasumida tierra de las oportunidades (“si te quedas aquí triunfarás”, le espeta un universitario fracasado y alcohólico que recorre la nación en una caravana).
El absurdo, la escatología y la sátira son los dispositivos con los que ‘Borat’ adjudica su particular ‘road movie’, su estudio sobre la contraposición de culturas, del enfrentamiento directo de aquellas sociedades superdesarrollados que, escudadas en su democracia artificialmente laica, encubre la impostura de las relaciones sociales, el ridículo de sus mecanismos y la irritación que genera en la sociedad la aparición de un elemento desestabilizador. Como en la secuencia de rodeo, con Borat ponderando a los marines que han dado su vida en Irak y elogiando a George W. Bush, jaleado por el público sureño que, pocos segundos después, escucha atónito en el enfervorizado discurso el deseo del crítico reportero porque el señor Bush pueda beberse la sangre de todos los hombres, mujeres y niños de Irak y apuntillar a los encrespados asistentes con un apoteósico y agraviante ‘Star Spangled Banner’, el himno yanqui que sirve como burla al patriotismo extremo.
Una cinta cuyo mensaje bascula entre el ‘gag’ políticamente incorrecto y la crítica política y social de un país acostumbrado a creerse el ombligo del mundo, en algunos casos, valiéndose de la raza y el sexo, mientras que en otros aprovecha las patrióticas lecciones respecto a los valores occidentales para escarnecer al que aparece en pantalla. Como falso documental, ‘Borat’ se convierte en una cinta de reacciones, donde la realidad y la ficción se mezclan en función de un objetivo, el de mover al pensamiento tras las hilarantes situaciones que aparecen en pantalla (mítico resulta el encuentro con el instructor que da clases de humor), utilizando un ingenio que espera y necesita múltiples respuestas por parte del espectador. Charles y Baron Cohen eligen a sus víctimas sabiendo de antemano cuál puede ser su reacción, minando las situaciones con expresiones desafortunadas que revelen el verdadero pensamiento de gran parte de esa sociedad (el encuentro con las feministas, su cena con la esnobista clase alta, su incursión en una armería, su entrada en el hotel después de haber aprendido cómo moverse en la esfera ‘nigga’…). Provocaciones de excelente humor que alcanzan un ámbito de ostensible autenticidad.
Y es que, pese a su condición de cinta grosera y agreste, que maneja con acierto sus cartas de humor zafio e inmediato, ‘Borat’ esconde una de las cintas más inteligentes y reflexivas de los últimos años, situándose más allá de cualquier etiqueta de comedia socarrona. La película apunta su humillante sátira no sólo contra esa mencionada hipocresía de aquellos que se ofenden con la barbarie moral con la que somete el personaje a sus entrevistados, sino contra aquellos que ríen la gracia y confunden la acrimonia verbal y situacional con la plena identificación. La reflexión de este manifiesto de catarsis ideológico va mucho más allá de la autocrítica de Michael Moore o de las expiatorias diatribas de Susan Sonntag, Michael Hardt o Noam Chomsky con respecto a la situación contemporánea de Estados Unidos, ya que además de ridiculizar el patriotismo, el ultracatolicismo, la censura, a los judíos y su retrato ‘kafkiano’, al pueblo de Uzbekistán o la farsa vital yanqui, ‘Borat’ centra su mensaje en el modo en que el racismo e intransigencia crece de modo solapado en el seno de la modernidad, donde el prejuicio y la ignorancia afectan sobremanera a nuestra sociedad.
‘Borat’ se convierte así en una de las obras imprescindibles de este 2006, en uno de los trabajos más clarividentes del cine actual, en oposición a la vena circunspecta cuando se trata de exponer sesudos y alarmantes análisis sobre la política, los riesgos de la evolución, la sociedad y su desarrollo. La cinta de Larry Charles y Sacha Baron Cohen es, ante todo, una comedia necesaria que rebosa de hiperbólica agudeza a la hora de analizar la condición de la ‘white trash’ tan arraigada al ser humano y que, desgraciadamente, todos llevamos dentro.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006