lunes, 23 de octubre de 2006

Review 'El Laberinto del Fauno'

La artesanía de lo fantástico
La segunda película de Del Toro en España es una oscura fábula fantástica sobre la creación de universos mágicos con los que paliar la maldad que rodean las guerras.
El cineasta mexicano Guillermo del Toro ha demostrado, con sólo seis películas, que es uno de los referentes más importantes del género de terror dentro del cine contemporáneo, debido, en gran parte, a la precisa maestría con la que el director ha utilizado en todos sus largometrajes los dispositivos genéricos afines a un universo propio donde el vampirismo, la magia ocultista, la morfología mefítica, la entomología, los fantasmas y los superhéroes desamparados contribuyen a una imaginería y un estilo que se remite a los insondables hábitos y tradiciones del cine y la literatura de terror.
Sus fábulas, inspiradas en Borges, Arthur Machen, Algernon Blackwood, Lovecraft o William H. Hodgson, establecen sus pilares en el acto sobrenatural que irrumpe de forma axiomática en la vida cotidiana de sus personajes, desglosando un significado oculto y continuo que representa los terrores y fobias más primitivas y ancestrales de la concepción humana, como el miedo a la muerte y el temor a lo desconocido. A lo largo de su filmografía, el cineasta azteca se ha caracterizado por saber conciliar el cine de autor que se ajusta a los cánones de la artesanía con la del cine de espectáculo ‘mainstream’ e industrial, sin renunciar a su propia visión a través de sus construcciones metódicas, de su capacidad de fascinación a la hora de trasladar a imagen unos guiones que bien podrían ser cuentos tradicionales.
‘El Laberinto del Fauno’, como su anterior cinta rodada en España, ‘El espinazo del Diablo’, Del Toro, consciente de la libertad creativa que consigue en nuestro país (es director, guionista y productor), supone una vuelta al mundo infantil exhibido como catalizador de los miedos en un mundo de fronteras divergentes: donde el bien y mal, las luces y las sombras, el amor y el odio, pero, sobre todo, la fantasía y la realidad, subrayan otra imborrable fábula fantástica del director de ‘Cronos’. La acción se traslada, como en ‘El espinazo…’, al final de la Guerra Civil, ésta vez cerca de un bosque, en un molino tomado por las tropas franquistas para aniquilar los últimos reductos de maquis que persisten en forma de escasa resistencia a la sombra del ejército franquista. A este beligerante entorno llegan Ofelia y su madre embarazada, simple útero de los deseos inseminadores de un despiadado e implacable capitán llamado Vidal. En este mundo pesimista y oscuro, de enfermedad y desesperanza, la pequeña Ofelia creará un universo mágico y propio con el que paliar la maldad que rodea su vida real, con un fauno como mensajero de ‘su verdad’; ella es, en realidad, la princesa de un reino olvidado por los hombres y para volver a él deberá superar tres pruebas mágicas antes de que salga la luna llena y el último portal mágico se cierre para siempre.
Otra vez, el lirismo de Del Toro confronta la infancia frente al belicismo incomprendido, sustituyendo los emboscados pasillos de un tétrico orfanato abandonado en medio de la nada por un oscuro bosque y un siniestro espacio rural. El elemento infantil, aquí es trascendental, como en toda la filmografía del azteca, ya que muchos de sus filmes giran en torno a los niños e incluso al infantilismo inherente a algunos de sus personajes. La niñez es presentada de nuevo como perspectiva inocente a la soledad y la insignificancia de lo humano en un universo infinito y amoral, siniestro y adverso, bien sea como alegoría del temor al mundo adulto o como metáfora de lo inverosímil, de aquello angustiosamente ajeno a las preocupaciones más trascendentales del ser humano. La figura infantil es en ‘El laberinto del Fauno’ una alegoría al mundo real, donde hay adultos enfrentados a los mismos miedos que la niña y la esperanza es arrancada en una época de desesperanza. Los recelos y vivencias, en último término, no vienen transferidos por el morboso encuentro con faunos, batracios o demonios sin ojos, sino por la conciencia de una extraña situación en el mundo.
En esa esfera de bipolaridad, de realidad y ficción, el mundo onírico de Ofelia y el mundo terrible y real de los adultos supervivientes de una Guerra Civil a la que aún no han puesto fin, la película bucea en una entelequia de fondo algo maniqueo, ético y social, que resulta bastante simplista, porque los malos son muy malos y los buenos vienen a obedecer a los ideales de la libertad. Pero Del Toro, consciente de que su historia va más allá de la cruzada de hostilidades propone la indisciplina de la niña como un acto de inteligencia en contra del fascismo, del pensamiento único y opresor, de los adultos que no creen en los cuentos de hadas ni en seres mágicos maravillosos porque han perdido la capacidad de inocencia infantil o cualquier resquicio de esperanza.
Los dos planos de acción del filme, se comparten y alteran en dos universos que no difieren en su percepción a los ojos de Ofelia; mientras en uno, en su mágico mundo, los insectos se transforman en hadas, el fauno se impone amenazante y todo es húmedo, putrefacto e incómodo, el mundo real, corrompido por la execración de los la rodean, se desmorona por la enfermedad, la guerra y el horror. La pobre e infeliz Ofelia no es capaz de asumir una ensoñación donde reinen las flores, el optimismo o el sosiego, sino que es un mundo lleno de oscuridad, de sapos repugnantes, de crueldad, de superación de pruebas vitales como tortuoso camino hacia la precoz madurez de una niña que pierde su inocencia de golpe. ‘El laberinto del Fauno’ representa así, un mundo de fantasía en el que se adivina la puerta hacia la salvación del mundo real, igualmente arduo e inhumano, vinculado con la inaplazable realidad.
Guillermo del Toro ha creado una hermosa fantasía sin confitados moralismos, un cuento adulto con grafía de oscura fábula, que encubre un trasfondo dramático, sin evitar reflejar la brutalidad y el sadismo en su explicitud de secuencias sanguinolentas donde no se priva de la tortura o la amputación si se da el caso. Ya sea en el universo fantástico de Ofelia o en el crudo ambiente del molino, Del Toro equilibra monstruos y criaturas, reales o ficticias, alternando la dualidad de contextos con sabiduría, dotando de una fuerza dramática y poética melancolía, con un sentido visual y una atmósfera enrarecida como sólo él sabe otorgar al cine de género. Influenciado, obviamente, por Lewis Carroll o L. Frank Baum, en ese escapismo imaginario a un mundo de fantasía y magia, refugio creado del que evadirse ante tanto odio y maldad, ‘El laberinto del Fauno’ es un panegírico que bebe de lo feérico, del romanticismo barroco, de Lovecraft y Corben, pero también de una retroalimentación de toda la filmografía del director de ‘Hellboy’.
Del Toro ha establecido su estilo en la coherencia estremecedora con la que relaciona tanto los ambientes reales como los fantásticos, concebidos ambos en la entelequia inquebrantable del género fantástico, apoyándose en la perfecta utilización de efectos especiales como en un diseño de producción cargado de elementos visuales de privativa imaginería y, en este filme en particular, en lo elaborado que está todo el sonido y la música incidental de Javier Navarrete que alcanza la adecuada estética y precisa atmósfera que necesita una película como ‘El Laberinto del Fauno’.
Tal vez, lo único recriminable a esta maravillosa película es la concesión de un ‘casting’ algo irregular, en el que destacan por su excelente aportación muchos de los secundarios (Maribel Verdú, Álex Ángulo, la simple presencia de Doug Jones o César Vea) y las cualidades de la joven Ivana Barquero (aunque no en todo el metraje) pero que se descompensa con el forzado pero reconocible esfuerzo de un Sergi López menos irregular en su habitual histrionismo, pero fundamentalmente en la deplorable interpretación de una Ariadna Gil que está fuera de la película en todo momento en su constreñida y falsa agonía.
En ‘El Laberinto del Fauno’ se observa la exquisitez visual del realizador mexicano y la sorprendente adaptación con la que es capaz de ajustarse al presupuesto de una producción humilde sin perder la línea de estilo ni de dirección en su ambición estética, aportando todo tipo de simbolismos que registran la estilizada silueta de sus protagonistas y los que les rodean. Y es que, cuando hay genio, inventiva y talento, los demás factores, presupuesto incluido, es subsidiario. Guillermo del Toro se consolida así como un artesano de lo fantástico, merecida reputación a la que hay que añadir la capacidad del director como virtuoso dramaturgo y expeditivo discursista político. Una película imprescindible.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006