miércoles, 20 de octubre de 2004

Review HELLBOY

Entre el espectáculo comercial y la artesanía autoral
Guillermo del Toro ha conseguido lo impensable: adaptar un cómic a una superproducción sin perder su constante estilo ‘artesanal’.
Al contrario que Marvel y DC Comics, la Dark Horse Comics ha confiado siempre en historias algo más arriesgadas y oscuras, ofreciendo al lector nuevos enfoques en las aventuras de superhéroes. El respeto de esta importante editorial por los derechos de los creadores es ya una leyenda en el Noveno Arte, y por ello procura atraer a los mayores talentos de la industria que no quieren ver su trabajo diluido o prostituido por las grandes firmas. En este sentido, resulta sorprendente que esta iniciativa tan loable y deferente con el autor haya tenido una extraña concordancia con la traslación del cómic a la gran pantalla en ‘Hellboy’, debido, en su totalidad, al respeto de Guillermo del Toro por el personaje y por su trabajo codo a codo con el creador de la criatura, el mítico Mike Mignola.
La sumisión ante el espíritu del cómic por la película se ha llevado con una escrupulosidad intachable, no sólo en el apartado estético y gráfico, sino en el argumental y narrativo, al acatar la personalidad de sus extravagantes personajes y sus relaciones humanas en un mundo apocalíptico e insondable. Un aspecto éste último en el que, al igual que en las páginas tebeísticas, la melancolía característica de los cómics de Mignola se cimienta en lo oculto y lóbrego, pero también en la sensibilidad y tristeza moderada por un humor socarrón que identifican al demonio rojo.
Sin embargo, la mayor virtud de ‘Hellboy’, paradójicamente, es que su aproximación al mito creado por Mignola es menos ultraortodoxa de lo que se podría haber esperado. Y es ahí donde entra el potencial avasallador y cinematográfico de Guillermo del Toro, el mejor exponente de ‘autor’ moderno dentro de un género fantaterrorífico que abusa de la caótica y funcional directriz de los efectos especiales como reclamo, buscando el efecto comercial más que el artístico, donde sólo Bryan Singer y Sam Raimi han salido indemnes de la maquinaria lucrativa de las grandes productoras que han abordado la adaptación de un cómic.
En contraste con la última moda por ver estas publicaciones llevadas a la gran pantalla, convertidas en un constante prototipo endémico que se fragmenta bajo la inmutable negligencia de los directores y guionistas que lo llevan a cabo, ‘Hellboy’ puede considerarse una excepción, fundamentalmente porque Del Toro es, por méritos propios, uno de los escasos realizadores postmodernos capacitados para conjugar la línea lúdica y aparentemente superficial de la ‘serie B’ con un sorprendente nivel de autoría en una superproducción de Hollywood. Todo, porque el cineasta mexicano ha equiparado de forma constante y valientemente la homogeneidad entre el cine de autor y el cine de género. De esta reflexión se extrae la dinámica e impetuosa percepción visual y narrativa de un realizador capaz de cultivar con un gran talento de artesano una mezcla ‘kamikaze’ de cine fantástico, terror gótico y ciencia ficción, jugando con estos conceptos que adquieren su mayor potencial cuando se consuma con referencias a la cultura popular, al ‘pulp’, a la órbita del gótico y a los cómics de aventuras.
En ‘Hellboy’, Del Toro equilibra con precisión esas exigencias que impone el cine comercial y masivo adoptando una personal mirada con sello de autoría y control sobre el producto. Algo inimaginable en la industria hollywoodiense, con la excepción de Peter Jackson. Si bien es cierto que el cómic de Mignola es más oscuro, terrorífico y depresivo, Del Toro recoge en su película lo mejor de este antihéroe que no es más que un sardónico cúmulo de tradiciones genéricas; como la temática de la literatura fantástica, la serie B de terror, los relatos de ‘mad doctors’ y una visión gótica de la vida. En este sentido, tanto Del Toro como Mignola han dejado claro un entendimiento afín por el buen resultado de la adaptación del cómic.
Para ello, en ‘Hellboy’, todo está estudiado al milímetro, ya que la ambientación, la estética atenuada (y en contraposición, de vivos colores), la luz, el vestuario y la narrativa del realizador azteca se corresponden con cualquier viñeta del dibujante americano. La accesibilidad de los conceptos de Mignola, la energía de sus personajes cinematográficos y el entusiasmo de la dirección hacen no sólo hacen que esta película vaya más allá del ambicioso encargo hollywoodiense, sino que se convierte en una atmosférica y apasionante experiencia circunscrita al cine de aventuras creado con brillantez, divertimento y con una falta de pretensiones que acrecienta una película que se revela como la mejor adaptación de un cómic en una era de tediosos formulismos.
Ya desde el prólogo, extraído de la serie ‘Semilla de destrucción’ de ‘Hellboy’, en la neblinosa Escocia, donde los nazis convocan las monstruosas entidades Ogdru Jahad, los siete Dioses del Caos, para el apocalíptico nacimiento de una bestia que ayude a Hitler pero que termina cayendo en manos de los aliados, Del Toro asume totalmente la condición de una adaptación ‘tebeística’ diferente y propia. Aunque resulte espectacular, el desenlace de esta pequeña pieza de artesanía y su encadenamiento con el comienzo de la historia, ya situado en la actualidad, hace percibir una quietud y un equilibrio enfocado más al tono ambiental y a la profundización de los personajes que al abuso de los efectos especiales o secuencias de acción y lucha. Y eso es de agradecer, porque los seguidores del cómic saben que ‘Hellboy’ no es un tebeo de acción y para su adaptación al cine se han sacrificado ciertos elementos de frenetismo y ritmo típicos del género para centrarse en cosas más importantes.
Con estos elementos, la cinta se debate permanentemente entre dos corrientes contrapuestas que adquieren una conseguida armonía; la de la mejor tradición del cine de ciencia ficción y aventuras y la del melodrama romántico de personajes que luchan contra el destino, donde una extraña historia de amor presenta a una pareja a la que les une la necesidad de ser aceptados y que se sienten solos e incomprendidos, pero que aman pasionalmente y sufren con la pérdida de seres queridos. La índole de constante contradicción de antihéroes que no se aceptan así mismos como mutantes, ya no por su aspecto físico, sino por los defectos internos que poseen (Hellboy no se admite físicamente, Abe Sapiens es torpe pese a su inteligencia y Liz vive angustiada por su peligrosa condición), conlleva a una reflexión sobre la anormalidad y el rechazo que la sociedad tiene ante ellos.
Un hecho que, si bien tiene su reciente paradigma en las dos partes de ‘X-Men’ de Bryan Singer, en ‘Hellboy’ resulta más sutil, más cercano. Y pese en ésta se apele en algunos instantes a resoluciones esquemáticas, no hay que olvidar nunca que se trata de un cómic que, como casi todos, se sustenta en una historia básica pero efectiva: enamoramiento, traumas no resueltos, ataques de celos, sarcásticos comentarios y una confrontación homérica entre el Bien y el Mal, dualidad antagónica en la que si se recurre a la naturaleza del propio personaje de Mignola, resulta mucho más interesante si cabe.
Es ‘Hellboy’ asimismo un filme de gran belleza estética que mezcla el goticismo más oscuro y tradicional con el cómic y la pintura oscurantista, fotografiada espléndidamente por Guillermo Navarro, que da a la película un tono taciturno, pero a la vez de una fuerte viveza visual. En este apasionante universo donde la pátina cotidiana (y a veces humorística), el terror y la encontrada trascendencia argumental, es donde Guillermo del Toro se granjea la admiración del público con su impronta personal, transformando cualquier tópico del género en su más enérgica arma para su objetivo final: un sólido producto de entretenimiento de calidad. Además, Del Toro sosiega el terror y la violencia referencial de H.P Lovecraft, presente como gran influencia en el cómic de Mike Mignola, a la hora de inspirar los monstruos y fenómenos paranormales que recuerdan a los célebres ‘Mitos de Cthulhu’, para adaptarlos a su mundo idiosincrásico, al cosmos ‘deltoriano’, inundando de correlativos guiños a su obra: insectos, mutantes, barrocos mecanismos de relojería, entes flotando en botes de formol y la inquebrantable disposición a desarrollar las acciones en mundos subterráneos, donde no podía faltar una secuencia en el metro.
Hay que destacar también en ‘Hellboy’, de entre sus múltiples logros, la energética y socarrona labor de Ron Perlman como protagonista, el esplendido trabajo de John Hurt como el profesor Broom y, sobre todo, la apagada belleza de una Selma Blair que demuestra su vena más dramática y loable, digna de las mejores actrices del momento. Adjetivos ponderativos que se extienden a la prodigiosa partitura de Marco Beltrami, digno heredero de Jerry Goldsmith, que ha conseguido un ‘score’ muy por encima de lo que estamos acostumbrados a escuchar en este tipo de películas de aventuras.
Por último, a pesar de ser un espectáculo comercial enfocado a satisfacer las exigencias de un determinado tipo de público acostumbrado a otro tipo de adaptaciones de cómics, así como al espectador con ganas de entretenimiento en estado puro, ‘Hellboy’ es una fantástica película erigida como ejemplo a seguir a la hora de llevar a cabo esta inagotable moda por la traslación de héroes del cómic a la pantalla. Del Toro ha conseguido, pese a sus algunos mínimos defectos (el excesivo metraje y unos malignos secundarios un tanto abandonados), empatar perfectamente sus obsesiones personales de autor comprometido con su obra con el universo mágico del mejor ‘Hellboy’ de Mignola.
Miguel Á. Refoyo © 2004