jueves, febrero 02, 2006
El nostálgico secretismo de un amor incomprendido
Ang Lee compone una bella fábula de amor entre dos ‘cowboys’ como paráfrasis del ‘western’ en una hermosa y atípica revisión del género.
Lo primeo que llama la atención de ‘Brokeback Mountain’ es el grado de valentía de un director como Ang Lee, acostumbrado a dilatar su prolífica filmografía con títulos que se diversifican temáticamente entre sí con una gran actitud de cambio, pero abarcando en su núcleo las raíces comunes de un cine representativo, que incide en su perseverancia analítica de discurso racional y sugerente, donde abunda la ruptura con el realismo trágico que caracteriza a cada género que ha abordado hasta el momento. Retratos sensibles con fondo grisáceo y desencantado, reinventando en cada ocasión las pautas genéricas donde el tema fundamental, núcleo de su obra, puede atribuirse a la grafía familiar, a la necesidad de ubicación de aquellos personajes que no encuentran su lugar en el mundo, acuciados además por una carencia de afecto de indispensable auxilio. Ya sea abordando la comedia costumbrista, la tragicomedia de choques culturales o generacionales, adaptando a Jane Austen, afrontando el ‘wuxia’ épico oriental o adornando de profundidad un cómic de Marvel, Ange Lee ha fraguado una carrera con un armonioso proceder en el que la tradición y la modernidad se ensamblan inalterablemente bajo la diáfana perspectiva de un director con clara predilección por el clasicismo.
En ‘Brokeback Mountain’, paráfrasis del ‘western’, atípica revisión del género cinematográfico yanqui por antonomasia, Lee persiste en esgrimir sus preceptos congénitos, plenos de hermosa y depurada creación de puesta en escena y uso del lenguaje no verbal, para narrar la controvertida crónica de encuentros y desencuentros a lo largo de dos décadas en la vida de Ennis del Mar y Jack Twist, dos ‘cowboys’ que, llevados por la necesidad y la pobreza (económica y espiritual), se ven aislados durante un par de meses en una idílica montaña en la que encuentran el amor debido al ascetismo del entorno y la soledad atenuada con el calor del contacto. Un roce que comienza a medio camino entre el juego, la amistad y el desahogo sexual que cambiará sus vidas para siempre, desembocando en una trágica historia de amor contenido que inducirá al secretismo de un nostálgico regreso, al del libre paraje natural que les unió, para perpetuar un sentimiento incomprendido, pero obligado para subsistir sin asumir una condición sentenciada en una época de hipocresía y sordidez. Dos vidas condenadas al fracaso en su retorno a la civilización, a la realidad que castigará a estos hombres enamorados con la cotidianidad de una fingida familia tradicional, de vida marital e hijos, avivada por la intransigencia de los signos históricos de la América profunda. Un porvenir evaporado que encontrará alivio en los esporádicos encuentros que mantienen en las alejadas montañas donde se conocieron, un erial donde dar rienda suelta a un recuerdo, a un presente incierto que subsiste gracias a la continua necesidad de volver a la melancolía de un periodo pretérito.
‘Brokeback Mountain’ se convierte así en una amarga elegía contracorriente a la rutina ultrajada por las apariencias, que niega la defensa de la identidad en un mundo que obliga a las personas a ocultar, e incluso rechazar, el único sentimiento auténtico e ineludible que, a lo largo de los años, llena de sentido las desérticas y solitarias vidas de estas dos personas. Así, este ‘western’ no deja de ser, más allá de la fisonomía de sus protagonistas, una bella historia de amor imposible. Lo que Lee efectúa sobre los cánones genéricos es una profunda revisión del más acrisolado mito ‘westeriano’, donde se ha perpetuado la imagen del héroe masculinizado y de férrea impronta, para superar la categorización sexual y la etiqueta del género y narrar, sin efectismos y sencillez, una historia universal. Por eso, ‘Brokeback Mountain’, no es un melodrama al uso, otra cinta de amor inalcanzable con trágico final. No sólo desglosa una disección taxidérmica de reconversión sobre el ‘western’ tradicional, sino que va mucho más allá del reciclaje, del encontronazo con los usos habituales del género, con sus protocolos de masculinidad y moral patriarcal de corte linóleo, al plantear una sencilla y triste fábula, dejando a un lado el antiheroismo (circunscrito a la personalidad de ambos vaqueros) y adquirir con su mirada profundamente clásica una visible autoconciencia de acuerdo con los signos temáticos actuales, superando la artificiosidad, de un modo sutil y pausado. El realizador taiwanés compone una oda inteligentemente fundida con varios elementos de la sintaxis clásica, en su itinerario intimista sobre la perennidad del amor, un lacerado canto sobre la necesidad de subrayar la identidad y una virtuosa y milagrosa respuesta de amores disimulados frente a los convencionalismos.
Un filme reflexivo y delicado que recuerda por su sobriedad a los grandes clásicos (Anthony Mann, Nicholas Ray, Boetticher…), con comedimiento y una soberbia hegemonía de las claves de la puesta en escena clásica, deteniéndose cuando es necesario en lo cotidiano y en lo convencional, aplacando el ritmo y la dosificación de los sentimientos o evitando en otras ocasiones caer en el exceso de capacidad expresiva con elipsis que determinan el paso del tiempo de los encuentros perecederos en las montañas de un oeste evanescente. Ang Lee devasta con pálpito afectivo la dimensión legendaria de un Oeste agonizante y encuentra su gran virtud en una profunda solidez narrativa en la incursión de las leyes y mandamientos del ‘western’, donde se significa un universo de mutismo en el que las palabras se entregan al silencio, incapaces de expresar la verdad. Con detalles subrayados por miradas fugaces, de gestos difusos que simbolizan mucho más de lo que aparentan, contenidos con austeridad sin contemplaciones por la cámara de Lee en la excelente fotografía de Rodrigo Prieto.
En este sentido ‘Brokeback Mountain’ es una cinta oscura, ocre en su fondo perceptivo, exponiendo una escenificación tenebrista que resulta sumamente expresiva en los momentos climáticos de la cinta, rompiendo con la dominante codificación escenográfica del género, situando los momentos de mayor elevación emocional en lugares crepusculares, en callejones oscuros (como Ennis dejándose caer con rabia al suelo por no poder expresar sus emociones tras la primera marcha de Jack), lugar que volverá a aparecer cuando éste necesite consuelo en un ‘gigoló’ de México), con lluvias y tormentas o las apagadas noches de confesiones, pero sin abandonar la vía de escape de los dos jóvenes a espacios abiertos, a la montaña, donde sí se consuma, como en la propuestas canónicas, el drama progresivo de la historia de amor. Esa contradicción, evidencia la metafórica pugna interna de los protagonistas, de su mentira, del mundo de sombras en el que viven y del que sólo escapan cuando regresan al lugar que les unió.
También en las personalidades de Jack y Ennis, tan divergentes entre ellos, pero a la vez tan análogos en su soledad y el afecto que les une. Mientras que para Jack, Brokeback y Ennis pasan a ser el objetivo vital para su felicidad sin miedo al “qué dirán”, para Ennis sólo es un recuerdo impreciso, que aviva su amor con breves encuentros, pero con la aprensión social que enclaustra sus más recónditos deseos. Para Ennis su condición sexual no admitida es el factor clave que le separa de su amante a causa de una historia del pasado que convertirá el trágico desenlace en la duda de un pretérito que enterrará para siempre su verdadera condición sexual, en una vida condenada a la infelicidad sosegada en un par de camisas, una postal y un recuerdo, aceptando que su vida sólo tuvo significado cuando la compartió con su añorado ‘cowboy’. El paisaje natural es, por ende, el tercer aliado de la historia, territorio de evasión física y emocional que además del origen del amor que marcará a los protagonistas sirve como llama inextinguible de la memoria a la que volver para intentar recobrar el tiempo perdido.
A la gran calidad de esta pequeña gema cinematográfica contribuyen, además de la excelente adaptación del relato corto de Annie Proulx por parte de Larry McMurtry y Diana Ossana y la música incidental de Gustavo Santaolalla (inalterable y melódica a lo largo de todo el metraje como alegoría de la pasión que sienten los protagonistas en sus vidas), sus dos jóvenes intérpretes, que aceptan con voluntad lo atrevido de la empresa. Mientras Jake Gyllenhaal entrega una delicadeza constructiva impermeable en todo el filme, Heath Ledger regala un personaje lleno de profundidad, de emoción contenida, aprovechando al máximo su rol atormentado por las dudas, expresando a través de sus estallidos de furia la liberación externa e interna. Pero si hay una interpretación que sobresale por encima de las míticas recreaciones de Ledger y Gyllenhaal (que pierden credibilidad por el chapucero departamento de maquillaje que les avejenta), es Michelle Williams, en un papel dramático, lleno de sufrimiento y desengaño. El de la mujer que descubre el romance entre su marido y otro hombre para exteriorizar el daño que puede provocar en terceros encubrir la verdad sobre uno mismo.
‘Brokeback Mountain’ es una de las películas más hermosas vistas en los últimos años, mirada reflexiva sobre el mundo en una conciliadora miscelánea de complejidad y simplismo que ahonda en lo más profundo del corazón para apelar a la condescendencia y entender así el dolor de aquellos que anhelan un deseo imposible y de otros que lloran por un engaño inimaginable. Insólito relato de amor, intolerancia, violencia y nostalgia está narrado por parte de Ang Lee con una precisión y elegancia que hacen honor a los temas de crudeza y resistencia que aborda. Ennis del Mar y Jack Twist quedarán en nuestra memoria colectiva como dos hombres conscientes de su inútil obstinación por alcanzar una inapreciable libertad de amar y ser amado que nunca llegará.
Miguel Á. Refoyo © 2006
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 16:47 |


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