miércoles, 2 de noviembre de 2005

Monster's Ball: Emotiva oda al dolor

El lóbrego sentimiento del amor que duele
La soledad y el sufrimiento al que conlleva el estado de ánimo afligido e inconsolable son un recurso inevitablemente enraizado a lo largo de la tradición del melodrama. ‘Monster’s ball’ abrazó este estado en un drama racial en el que los protagonistas son presentados como animales heridos, personas que soportan el desconsuelo de un carácter problemático y una vida rodeada de miseria que acaban encontrando el desahogo en el amor instintivo. Marc Forster proviene del ámbito menos ‘glamouroso’ de la industria norteamericana, del espíritu rebelde e independiente que tanto empieza a escasear en Hollywood. Sus anteriores cintas, ‘Loungers’ y ‘Everything put togheter’, tenían en común con esta admirable película el albedrío que muchas veces da el realizar cine con escaso capital. Por ello ‘Monster’s ball’ determina la grandeza casual de las pequeñas producciones que, sin dinero y rodada pocos días, reúnen en su interior un alma fílmica, la legítima grandeza del cine.
Esta pequeña joya, con un paso más discreto por las salas hace ya tres años, cuenta la historia de Leticia, una mujer afroamericana que, después de ver cómo su marido es ejecutado en la silla eléctrica, tiene que enfrentarse a una orden de desahucio y al mantenimiento de su hijo obeso. En su camino se encontrará con Hank , un lánguido funcionario de prisiones amargado por la tradición racista de su familia y el suicidio de su hijo. Con estos ingredientes, los guionistas Millo Addica y Will Rokos hilvanaron una hermosa historia despojada de cualquier fondo moralista o intencionalmente sensiblero para escarbar con crudeza en los sentimientos más profundos de sus desolados personajes. ‘Monster’s ball’ indaga, casi de forma suicida y sin rémoras melodramáticas, en el sentimiento de culpa, en el dolor que no se exterioriza y en la redención vital de unas vidas marcadas por la tragedia y la necesidad.
El aislamiento emocional de la pareja protagonista es la constante de una obra de culto que interpela en las más lóbregas y equívocas emociones que determinan nuestros actos y marcan, sin quererlo, nuestro destino. Mediante un meritorio y rotundo guión en el que cada retazo se muestra directamente, sin recurrir a circunloquios narrativos ni caer en ningún instante en la fatalidad de sus subtramas, Forster sublima con su diáfana mirada el drama humano, siguiendo los patrones de Addica y Rokos a la hora de afrontar la difícil fragmentación descarnada de la evolución argumental, centrándose en la reacción instintiva ante la vida, en la providencia inesperada, en las segundas oportunidades que dejan aflorar la emoción interna, el alma desnuda de seres que padecen las trágicas muertes que les rodean. ‘Monster’s ball’ no es la típica historia de amor de encuentros románticos y afectos sentimentaloides, sino que se embarca en un arduo romance de una pareja angustiada y abatida que intenta olvidar el pesimismo de su existencia dejándose llevar por el momento, por la reacción, conscientes ambos de su enorme vulnerabilidad. Bajo los designios del melodrama sosegado y gradual, la obra de Forster está apuntillada por hermosos momentos de esperanza desalentadora, de una evolución emocional aplastante, sólo moderada por una inhabitual y espinosa distancia.
Otro de los ejes que sustentan el interés de esta nueva ejemplificación de cine ‘indie’ es la dura temática que sobrelleva el racismo generacional, utilizado como punto de apoyo para expresar el odio traumático, aquel que hace débil al personaje de Hank y carcome su propia familia, abanderado por un padre déspota y fanático y un hijo débil y asustadizo. Será el drama el que rompa las barreras raciales entre Hank y Leticia, encontrándose en el momento más amargo de sus vidas, cuando toquen fondo y opten por abordar su existencia de un modo básico, sin ningún tipo de condicionamiento. Siguiendo el drama, con agrura y honestidad, ‘Monster’s ball’ es una película que punza el sentimiento de un espectador entregado a la contundente fábula de pérdida y liberación, de una carestía sentimental en la que sobresale la brutal y comentada secuencia de sexo desalentado y redentor que esconde, bajo su justificación, la verdadera clave de la película. Un desconsolador viaje al corazón de la América Sureña, llena de arcaísmos raciales mostrados en esta estupenda obra mediante un recorrido por la burocracia carcelaria, deteniéndose en la náusea del corredor de la muerte (atroz ese plano en el que el encargado de probar las correas de la silla es también negro).
La grandeza de una película como ‘Monster’s ball’ reside, pues, en su impresionante profundización sentimental, que busca siempre una sinceridad atroz y sin lugar para el idealismo. Porque el film de Forster supone una progresión interior, una resurrección sentimental narrada virtuosamente, en la que cada mirada, cada pequeño gesto, sin caer jamás en el exceso, dejan poder observar como pocas veces en una gran pantalla la amargura y el pesar. Lo más destacado, sin duda alguna, lo que hace que la película conmueva e inquiete, son las asombrosas creaciones interpretativas de todos sus protagonistas. No sólo la soberbia labor llevada a cabo por una Halle Berry que dejó para el recuerdo una de sus más intensas y meritorias interpretaciones, sino por las meticulosas composiciones de los excelentes Billy Bob Thornton, Peter Boyle y Heath Ledger. Sincera, dura y distante, pero a la vez enternecedora, ‘Monster’s ball’ supuso una hermosa oda al amor, encontrando su hondura en una complejidad pocas veces vista en una película que contiene, en su secuencia final, uno de los momentos más emotivos de la historia del cine. Un hermoso final en el que las palabras sobran y el silencio se vuelve tan trascendental como su simple maestría.