jueves, octubre 27, 2005
La piel del lobo
Cronenberg recurre a su habitual maestría para fraguar un sólido y abrumante diagnóstico sobre la violencia congénita al ser humano y sus consecuencias
David Cronenberg nos propone con ‘Una historia de violencia’ una nueva experiencia extrema, de esas en las que tanto se prodiga el obsesivo autor de ‘Spider’, discurriendo mediante imágenes en su habitual universo que colecciona morbidez y desasosiego, abordando esta vez un espinoso tema como es la violencia. Cronenberg penetra en la insondable fisiología de la brutalidad inherente al ser humano y sus diferentes representaciones, descritas, como no podía ser de otro modo en este transgresivo realizador, audaz y controvertido, sin rehusar a la náusea implícita que ésta provoca bajo la falsa felicidad, retornando a viejas perturbaciones temáticas como la consaguinidad, el sexo, la ambigüedad o la ambivalencia.
Esta historia de violencia tiene como protagonista a Tom Stall (un destacado Viggo Mortensen), dueño de un restaurante que vive feliz junto a su familia en Millbrook, un pueblecito de clase ‘media baja’ situado en el estado de Indiana. Cuando Tom, en defensa propia, mata a dos criminales que intentan asaltar su bar sufre las consecuencias del examen público mediante de los medios de comunicación que le aclaman como a un héroe. Un hecho que provoca el tremebundo regreso de sus fantasmas del pasado personificado en el mafioso Carl Fogarty (sempiterno ‘robaplanos’ Ed Harris). Lo que parece una película que rompe la continuidad estilística y temática del autor canadiense, no es más que el cambio metalingüístico a la hora de indagar en las oscuras acequias morales que inundan cuestiones acerca de la identidad, la verdadera naturaleza y la obsesiva dualidad encubierta que perduran en el interior humano. Con un poder teologal de inabordable ingenio subversivo, ‘Una historia de violencia’ acomete un bucólico diagnóstico sobre esa furia que nos contamina, donde cualquier imagen idílica puede transformarse en una pesadilla, en una inapelable tragedia de enfermedad infecciosa, la que provoca la violencia de carácter atávico que necesita ser eliminada de raíz con más violencia.
Intensa y perspicaz obra, demuestra que Cronenberg es un director capaz de enfrentarse a su propia idiosincrasia, tomando un material ajeno para transformarlo por completo, sin renunciar por ello a sus obsesiones morbosas o a su brillante y sutil sentido del humor. Poco tiene que el guión de Josh Olson con el ‘cómic-book’ de John Wagner y Vince Locke, ya que Cronenberg destruye los preceptos ‘tebeísticos’ en su disertación sobre la gradual metamorfosis que conlleva a la conducta violenta. Tal vez sea esta la más naturalista de las películas del director, donde la reincidente mutación es más humana y abordable, acercando al público a lo brutal desde la normalidad, para desgranar una visión de la apariencia de lo establecido y revelar la turbación que engendra lo más recóndito del ser humano, con un metodismo tan enérgico como lo haya podido mostrar anteriormente en sus películas más célebres. ‘Una historia de violencia’ comienza desplazándose por un cauce aparentemente lánguido, donde nada es desapacible ni desconcertante, presentando a un Stall modélico, hombre rural que saluda cada mañana a todos sus vecinos y participa en tediosas charlas sobre ex novias, amante de su bella esposa Edie (turbadora y convincente Maria Bello) que concreta ocasionales juegos sexuales y padre ejemplar de dos hijos encantadores. Todo demasiado impávido, si no supiéramos que algo está a punto de pasar, palpitación promovida por un magistral prólogo. Cuando los criminales irrumpen en el restaurante de Stall y éste los elimina de forma implacable y brutal, la narración comienza a implicar un nivel emocional progresivo, que tiene como consecuencia un subyugante ritmo que se fragua en una excepcional intriga clásica y catártica de divergencias entre ambientes y personajes.
Crítica con la sociedad actual, ‘Una historia de violencia’ se centra también en dos conceptos de actualidad como son los ‘mass-media’ y el heroísmo en tiempos de Bush Jr. Por una parte, los medios de comunicación extraen lo peor de la sociedad, la inmundicia que se intenta ocultar y que todos llevamos dentro. Una necesidad social por generar modelos de conducta, sin saber que bajo el paradigmático virtuosismo, bajo la apariencia de la frágil rutina mostrada como una cotidianidad ataviada de felicidad familiar, donde el anonimato, la mezquindad y la impericia sirven como símbolo del buscado bienestar, se esconde un lobo bajo la piel de cordero. Cronenberg deja ver que cualquiera puede ser un asesino encubierto y que el heroísmo actual en Estados Unidos se puede construir perfectamente sobre el asesinato de dos ladrones por parte de un individuo que se protege, llegando a ser magnificado por la prensa, lo que hará que se destape una doble faceta del individuo, su ‘yo’ pasado, un criminal.
Y es que la trasgresión, la perversión, la abyección psicológica y la sexualidad sin tapujos giran en torno a la identidad constituida a partir del ámbito claustrofóbico de ese otro ‘yo’ localizado en la interioridad subjetiva. La metamorfosis es, en definitiva, una mutación de la subjetividad que se fracciona en el exterior. Una duplicidad inseparable que proviene aquí de los más bajos (y naturales) instintos humanos como son el sexo y la violencia, visualizada en la comentada secuencia de sexo entre el matrimonio Stall, con una morbosidad perversa, encerrando una violencia que es amago de violación y atracción a unos niveles psíquicos inexplorados, comenzando con iracundos golpes de odio y desprecio por parte de la pareja y acabando con una colérica cópula marital sobre las escaleras suscitada por un primitivo estímulo.
Concentrada toda la tensión en una impecable puesta en escena, meticulosa y precisa en los momentos de agresividad violenta, la visceralidad se va consolidando por una grafía de concisión ejemplar, permitiéndose aglutinar referencias al cine negro de los años 50, al espíritu del ‘western’, al drama sentimental e incluso a cintas de fondo ‘teenager’, ‘Una historia de violencia’ plantea al espectador que el hombre es violento por naturaleza, exhibiendo la violencia heredada o contagiada genéticamente, desde una visión ‘darwinista’ que es mostrada, con toda la frialdad del mundo, cuando Jack (Ashton Holmes, irrefutable descubrimiento interpretativo), el hijo adolescente de Stall, afectado por la situación de su padre, propina una paliza al matón del instituto, en otra hábil muestra de violencia real, brutal e instantánea, sin una recreación estética definida, impredecible y salvaje, como la vida misma.
Por último (y ¡Atención ‘spoilers’ –avisados quedáis-!), Cronenberg aborda un conflicto existencial a través de un personaje coaccionado por su pasado que ve cómo el espectro de sus actos pretéritos subvierten en sus renovados valores, sin cuestionarse por la moralidad de las cruentas acciones que en ella aparecen, porque llega un momento en que el espectador, consciente de la crudeza de lo que está viendo, respalda la actitud manipuladora e interesada de Stall, ya que, en último término, su objetivo prioritario no es alejarse de su pasado, si no mantener a salvo a su familia, delimitando su territorio y salvaguardando una progenie que ha conseguido postergar al criminal que fue en el pasado. De ahí que Stall se redima consumando el atroz acto que logre eliminar el único escollo que le une a su remota vida, devenido en otro tema recurrente en la carrera del director de ‘Inseparables’: aniquilar la consaguinidad, la muerte del hermano mayor (un histriónico y defectuoso William Hurt) que destruya por completo su vida anterior y acabar la tragedia con el difícil regreso al hogar, donde la familia adopta la consecuente asimilación, tomando conciencia de todos los pecados que se han cometido, de expiación y purgación, aprehendiendo la posibilidad del perdón constituido en un territorio común de justicia y olvido.
Miguel Á. Refoyo © 2005
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 00:58 |


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