viernes, 7 de enero de 2005

El recuerdo de una serie irrepetible

Durante años he buscado la forma de que alguien se acordara. Alguien que compartiera conmigo la sensación de un recuerdo memorable. Me refiero a una de esas series que te marcan. Recuerdo cuando iba al colegio y tenía 9 años. Cuando llegaba el viernes no quería que llegara por ver el 'Un, dos, tres...' como todo el mundo. Durante la semana disfrutaba con series como 'Misterio en Salem’s Lot’ u otras que mi memoria casi no alcanza a recordar, pero que han quedado guardadas como un tesoro en mi corazón como aquellas míticas noches con ‘Historias para no dormir’, del genial Chicho Ibañez Serrador, persona humana a la considero como una especie de padre adoptivo debido a su maestría televisiva y cinematográfica. Los viernes eran para mí sagrados por otro motivo.
Como un niño extraño y raro que empezaba a tener curiosidad por temas de lectura ajenos a las tareas que le mandaban a uno en el cole. Empezaba a tontear con autores que, posteriormente , marcarían mi desarrollo intelectual (para bien o para mal); era la época de mis primeros Theodore Sturgeon, James Francis Dwyer, Alter Besant, Edgar Allan Poe, Forrest Bice, Norman MacLeod, Duane Decker o Juan José Plans (no puedo evitar emocionarme cuando recuerdo el regalo de un familiar que supuso la primera vez que leí ‘Babel Dos’). En fin, como iba contando, la cosa era que los viernes eran especiales. Después de comer la merienda consistente en un bocadillo de mantequilla con salchichón con un buen zumo de naranja, me sentaba en la salita yo sólo me tapaba con las faldillas al calor de un brasero que denotaba una sutil menesterosa situación familiar, esperando a que mi serie favorita empezara. Salían aquellas letras que todos recordábamos por la rememorada ‘Benny Hill’ y la musiquilla a modo de 'jingle' viendo el Tower Bridge desdoblándose por el reflejo del río Tamesis... ¡Qué recuerdos! ¿Ya recordáis? ¿No? Pues bien, la serie se llamaba ‘Chocky’.
Durante años pensé que, una de dos; o yo me había vuelto totalmente gilipollas y me había inventado esta serie o la gente no tenía memoria catódica. Años y años preguntando a todo aquel que conocía y tenía gustos y fobias afines a las mías. Por mucho que me empeñara, a ninguna persona le sonaba esta seria británica ¿Cómo era posible que nadie se acordara de la serie más cojonuda de mi infancia? ‘Chocky’ fue para mí una fuente de inspiración, una necesidad televisiva que me hacía vivir más feliz, que se convirtió en uno de mis mitos infantiles, que me ofrecía la posibilidad de ver una serie de calidad para un público juvenil. Una serie sensata y austera, con claros vislumbres de un especial ‘fantastique’, extraño, insólito. Algo que, por supuesto, no era muy habitual en la pequeña pantalla. Ciencia Ficción sin efectos especiales que acumuló horas delante de la caja tonta y de hojas de dibujo intentando imitar todo aquello que iba viendo cada tarde de los viernes. Era una liturgia, simple magia alucinarotia y alucinante.
‘Chocky' resulta ser una adaptación de un serial radiofónico de los 60 que se basaba en la obra de John Wyndham, uno de los mejores creadores de literatura fantástica que haya dado el Reino Unido. Y allí estaba yo, con mis pequeñas piernas colgando en la silla, nervioso, expectante por saber qué iba a pasar. Y sin pestañear, comenzaba a ver LA SERIE. Aparecían los créditos, con aquellas letras que se han grabado al fuego en mi memoria, con aquella sintonía de breves notas tan estimulantes y tristes...
¿Qué de qué iba? Eso es más fácil de contar. La serie se centraba en la historia de Matthew Gore (un 'niño-actor' de inquietante presencia Andrew Ellams), un muchacho superinteligente que vivía en uno de esos condados caseros de Inglaterra, en las afueras de una pequeña orbe inglesa. Un día el chavalote es escogido por un extraterrestre para conectar su universo a la tierra. El alien no era físico, sino mental y se llamaba Chocky. Había venido a nuestro mundo para obtener información sobre la vida en la tierra. El drama psicológico y el suspense se acrecentaban mientras que la historia nos ponía en el punto de vista de los padres, que atestiguaban un cambio extraño en el comportamiento de Matthew, hasta hacernos meter en la relación de extraterrestre y el niño. Por supuesto, la cosa no acababa ahí. Chocky, que al principio era repudidado por el niño, le otorgó unos extraordinarios poderes; podía leer el pensamiento de los que le rodeaban, veía el futuro y, por medio de una capacidad adquirida para el dibujo, Andrew iba resolviendo la difícil personalidad del alien por medio de impresionantes dibujos. Con la ayuda de su nuevo amigo, Matthew se convertía en una especie de pequeño genio con una destreza para los juegos inconcebible en un chaval de su edad (por supuesto, el cubo de Rubick no se le resistía).
En un esfuerzo de entender qué le estaba sucediendo a su hijo, los padres de Matthew lo llevaban a un psiquiatra. Y es entonces cuando acontecía lo mejor de la serie ¿Qué hacía el doctor? Nada más y nada menos que sugerir a los padres que el infante fuera a un centro de niños superdotados para estudiar su caso. Allí, el niño sigue desarrollando sus poderes hasta límites insospechados (incluso salva a una niña de morir ahogada porque previamente ha visto el accidente).
El chaval (convertido casi en un fenómeno mediático) quiere irse de allí, a pesar de todo porque le reconocen valores que no tiene, sino que pertenecen a Chocky, como una medalla que le conceden por su acto heroico. Recuerdo que un buen día Chocky se iba de su vida y Matthew escapaba de casa abatido por la ausencia de su mejor amigo alienígena o lo secuestraban para hacerle pruebas en un extraño hospital, no recuerdo bien. Tampoco de si esto, dentro de la trama, duraba mucho o poco, pero lo que sí es cierto es que me encantaba ese 'climax final' sin resolver, finalizando cada episodio con el recurso de secuencia en alto, lo que provocaba unas irrefrenables ansias de saber qué pasaba en el capítulo siguiente. Infancia, extraterrestres, aventuras... Todo ello mostrado en un género televisivo de corte fantástico.
Lo más fascinante de todo es que Chocky era un holograma, amigos, una visión en el espacio compuesta por un cosmos invertido que se curvaba y daba vueltas, que se disolvía sobre la imagen y se alargaba. Creo recordar que en uno de los últimos episodios el niño termina su particular dibujo del mundo del extraterrestre, sobre una pirámide invertida (que ha formado parte de mi vida en mis ratos de ocio) había miles de personas que formaban la palabra CHOCKY, entonces aparecía en forma de ‘O’ el rostro del extraterrestre. De esto no estoy muy seguro, pero de lo que sí lo estoy es que fue sensacional vivir las dos partes de la serie. La primera en 1984, la que se me ha quedado grabada en mi particular disco duro. La segunda, en 1986, con el papel protagónico compartido con una niña que vivía cerca de un molino o algo así y era una genio de las matemáticas. A poco más llegan mis recuerdos sobre la serie, sólo que lloré en el último episodio cuando Chocky ya no estaba junto a Matthew cuando su padre le regala una medalla con el nombre del alien etéreo, sabiendo que ya le ha ayudado y que no puede hacer más por él, que necesita ayudar a otros niños para entender la vida humana. Más niños que necesitan su ayuda.
Era el final de un sueño, el epílogo de una serie que marcaría para siempre a aquel Refo de 9 años que empezaba a concebir su propia cultura y que empezaba a escribir sus primeros cuentos. 'Chocky' debería haber sido de obligada visión por todos nosotros. Tendría que haberse quedado en la memoria de todos y cada uno de nosotros. Lamentablemente, por lo que sé, no ha sido así. Supongo que ahora tampoco sería lo mismo, que habrá perdido su potencial y que vista con los ojos de un adulto podría ser un auténtico bluf de sentina catódica. Lo importante de todo, es que lo que Wyndham contó o intentaba narrar con sus escritos fue una nueva visión del mundo subconsciente, una de las descripciones más potentes del inconsciente colectivo que la ciencia ficción haya acometido en toda su historia. Y eso, llevado al alcance de un niño que cayera cautivado por tales incógnitas merece la pena. Por eso, tengo la suerte de haberlo vivido, de haber sido partícipe de aquella generación que aún se pregunta porqué 'Chocky' no fue un fenómeno de masas, porqué somos tan pocos los que añoramos la historia de Matthew y Chocky.
Llegados a este punto, la pregunta es bien sencilla... ¿quién se acuerda realmente de Chocky? Os invito a participar.