lunes, 14 de febrero de 2005

'Wonder boys': La complejidad de lo elemental

‘Jóvenes prodigiosos’ engloba en su fondo conceptual una búsqueda que se identifica con la indagación de Curtis Hanson a la hora de encontrar un proyecto a la altura de las circunstancias y salir, de paso, del núcleo dramático y solemne en el que se vio después de esa maravilla que es ‘L.A. Confidential’. Para su vuelta al cine antes de la injustamente infravalorada ‘8 millas’, Hanson escogió el espléndido guión de Steve Kloves, centrado en la patética vida de Grady Tripp (Michael Douglas), un profesor de inglés cincuentón que no publica desde su última novela considera una obra maestra, ‘La hija del pirómano’, sintiendo todo tipo de dudas respecto a su futuro como literato y a su vida en general. Sin embargo, el encuentro con James Leer (Tobey Maguire), uno de sus mejores alumnos, va a hacer que su vida se invierta de forma radical.
Partiendo de esta base, Kloves se volvió a adentrar, como ya lo hiciera hace casi una década con ‘Los fabulosos Baker boys’ (película clave en el cine contemporáneo –una de mis grandes favoritas-) en la figura del perdedor y de su necesidad de encontrar un sentido a una vida opaca. Un hecho al que muchos ya nos hemos acostumbrado y vemos como algo cotidiano e identificable. Esta fabulosa comedia, diligente y fértil con cada uno de las significaciones que se emprenden acerca de la soledad del autor, el fracaso, la necesidad y la creatividad imposibilitada, transita incólume por senderos de una negrura que alcanza su mayor virtud en la sencillez de cada término, en la simplificación de sus momentos cómicos provistos de una intensidad infrecuente.
Hanson moderó, de un modo cálido e impetuoso, la soterrada clave de la trama para llevar al espectador hacia un esplendoroso viaje a través del complejo proceso de reencuentro del desencantado profesor consigo mismo, de los valores que el genio encuentra en su ‘alter ego’, un joven embustero que le hace abrir los ojos mostrándole que, a pesar de su fama, vive también en una mentira constante. El escepticismo y la grávida funcionalidad de su fondo (la metáfora de las más de dos mil páginas de la nueva novela del maduro profesor hace evidente el propósito) hacen de ‘Jóvenes prodigiosos’ una insólita excelencia en la comedia americana, una perfecta combinación entre talento y sencillez, entre magistralidad y elementalidad.
A la magnificencia de esta pequeña joya no es ajeno un Michael Douglas colmado de una idoneidad que parecía perdida hace años (y que, por supuesto, no ha vuelto a recuperar), realizando aquí una de sus mejores aportaciones al mundo del celuloide, oscureciendo con su admirable composición de Grady las sensacionales intervenciones de Tobey Maguire, Robert Downey Jr., Frances McDormand y Katie Holmes (incluso ella está bien) que acaban por completar una obra que, si bien no es redonda, sí sitúa su altura al nivel de aquello que busca su propio protagonista: la genialidad.
‘Jóvenes prodigisos’ habla, en último término, del anhelo de madurar, de los sueños, de los miedos que aletargan nuestra esperanza de conseguirlos, de la necesidad de cambios vitales para conseguirlos... de ése amor responsable que acojona. Bajo las letras agridulces de una de esas bandas sonoras casi perfectas; desde Bob Dylan pasando por John Lennon, Van Morrison, Neil Young hasta llegar al desgarro de Leonard Cohen, Hanson despelgó una película que desborda talento y dignidad.
Un filme que, al menos a mí, se me antoja inolvidable.