domingo, 20 de febrero de 2005

FRED OLEN RAY, el rey de la serie Z

Serie Z, ‘bimbo pics’, sangre y gamberrismo
A lo largo de dos décadas, el padre de las ‘scream queens’ Olen Ray ha acumulado una profusa e interesante obra perdida en las estanterías de los videoclubes.
Afín a la generación de cineastas desarraigados surgidos en la década de los 70 como Dave DeCocteau, Joseph Mercy, Grant A. Waldman, Jim Wynorsky o Michael Herz, el cineasta Fred Olen Ray ha subsistido a lo largo de casi tres décadas ofreciendo un cine que, si bien nadie logra situar en año y categoría, sí ha generado una horda de ‘fanfreaks’ que han hecho de su cine un objeto de culto lleno de matices nostálgicos y de gamberrismo en altas dosis visuales, tanto de forma indeliberada como delimitando el aspecto más sedicioso de su débil fondo argumental. Durante muchos años el ‘arte’ de Olen Ray, desdibujado por la serie Z, ha estado perdida en las sepulcrales estanterías de los videoclubes, extraviada entre polvo de carátulas llamativas y evocando una era de apogeo electromagnético en la que sus filmes eran el lapso recreativo de una generación descendiente de la enajenación de Burroughs.
Entretanto, este émulo de Ed Wood, quijotesco y eminente dinamitador del arte cinematográfico más refinado, ha permanecido escribiendo, produciendo y dirigiendo películas de carácter beneficioso no tanto para el cine como para él mismo. La revista Variety, en una ocasión, le describió como ‘el especialista de la fantasía mugrienta’, representando, junto a Wynorsky, la alegoría del lema fructuoso de Roger Corman al aplicar las principales bases creativas a las del peor Al Adamson. Es decir, hacer de lo radicalmente barato y risible un negocio rentable. Inagotable descubridor de nuevas perspectivas analíticas de toda la globalidad del cine fantástico y de terror, Olen Ray puede considerarse como uno de los progenitores de las ‘scream queens’, del cine cutre con evocación de los filmes de los 50, de las ‘bimbo pics’ voluptuosas ligeras de ropa, de los sustos en cadena o del triste monstruo de goma sujetado con hilos de pescar. Un compositor de una ironía y humildad constante que procede del puro escarnio con el que Olen Ray ha sabido impregnar sus películas.
Puede que su cine sea un mal ejemplo de arte insondable y reflexivo en el epítome cinematográfico, pero hay que dignificar la pretensión de su esquema narrativo, pleno de engarzados lugares de acción y de una reacción fílmica determinada por significativos momentos de esplendidez simplista. Catedrático del reutilizamiento, Ray ha sabido proteger en todo momento una línea fiel al fantástico, evitando contagiar sus alocadas e irregulares historias de cualquier moda transitoria con artes marciales o sexo explícito. También conocido con los pseudónimos Bill Carson, Roger Collins, Sherman Scott, Peter Daniels, Sam Newfield, Ed Raymond, Sherman Scott, Freddie Valentine y su ‘nick’ más utilizado, Nicholas Medina, Olen Ray debutaría en el cine como asistente de maquillaje en ‘Shock Waves’, una absurda historia de terror en la que los protagonistas eran unos zombies submarinistas. Su ópera prima ‘The Brian Leeches’ es una casposa película rodada en 16 mm. que recuperaba la tradición de babosas mutantes que germinaban en la cabeza de las personas para controlar la mente humana y en donde su didactismo fue la nota predominante del rodaje, abarcando casi todas las funciones posibles en una producción. Su segundo filme, ‘The alien dead’, perpetuó su estilo demencial recuperando la figura en declive del ‘Flash Gordon’ catódico Búster Crabbe, en la que la sobreinterpretación y unos efectos ciertamente patéticos provocaron una comedia enloquecida acicalada de un humor ‘camp’ nunca buscado. Aspecto éste que ha impregnado varios momentos inolvidables del cine de Olen Ray.
Este insigne agitador del cine de serie Z ha fundamentado una ejemplar mezcla de géneros (a veces sin sentido) que urde sus objetivos en un campo de interés que alude, por su generalidad, al cine ‘trash’, consciente de la imposibilidad de consecución de las líneas marcadas por el cine comercial masivo. La mayor virtud del cine de Olen Ray es ésa intensidad creativa que infiltra su providencia, la pasión cinéfaga y el desvergonzado divertimento basado en un estilo propio que no deja títere con cabeza. Elementos que serían la tónica de sus siguientes filmes: la obra de culto ‘Scalp’, la desgarradora ‘Biohazard’, ‘El tesoro de la tumba egipcia’, ‘Star Slammer’, ‘Command Squad’ y la apoteósica ‘Las Dreggs’, donde el protagonismo recayó en Michelle Bauer, la musa onanística de una generación habituada a babear y manipular con ciertos órganos con Linnea Quigley, Brinke Stevens y Monique Gabrielle, las ‘scream queens’ que Olen Ray lanzó (siempre en pelota picada) al éxito videográfico, al culto irrepetible. John Carradine, actor fetiche en los primeros años de la carrera de Ray afirmó en una ocasión: “yo no sé porque termino haciendo sus casposas películas. Son malas de cojones, pero siempre me convence”.
Filmes de acción, de mutantes del espacio, tramas de espionaje y pseudoproductos comerciales llenos de demencia le llevarían a realizar su gran obra maestra, ‘Hollywood chainsaw hookers’, la cinta que marcaría el signo de un cine inolvidable lleno de hermosas y lozanas chicas sin ropa portando una motosierra, en defensa del mismísimo Gunnar ‘Leatherface’ Hansen. A partir de entonces, con absurdos éxitos de taquilla y, sobre todo, en soporte videográfico, Olen Ray magnifica la caspa de su cine al amparo de la libertad creativa y la improvisación, sin seguir ninguna regla genérica y encontrando su grandeza en un ámbito del ente fílmico donde la fascinación, la emoción, el aburrimiento y el espectáculo dantesco se redimensionaban en un cúmulo de novedades y refritos de solemne casposidad. El cine de Ray, correlacionado con la ‘fast food’ de la esfera culinaria, dio a lo largo de los 80 títulos sin los que el videoclub no tendría sentido. ‘Warlods’, ‘Demon sword’, ‘Spirits’, ‘Bad girls from Mars’, ‘Terminal force’ o ‘Alienator’ son algunas de las míticas cintas en las que un guión exiguo y temible era camuflado con las constantes de su cine: chicas desnudas, desparpajo e irreverencia artística.
Con la llegada de los 90, Ray empezaría a caer en las redes de la TV. por cable metido en ‘thrillers’ policíacos subidos de tono en el que la estética cuidada enturbió sus propias tendencias, destacando de esta etapa ‘Inner sanctum’ y ‘Over the wire’. Sin perder la constante roña de su celuloide, Ray se ha unido al otro mago de la serie Z actual, Jim Wynorsky, para azotar a sus fans con su medicina favorita; más tetas, mutantes, tiroteos, sangre y sustos con ‘The Coven’, ‘Dinasour Island’ y la grandiosa ‘Scream Queen Hot Tub Party’, con las musas ochenteras contando historias de miedo en una bañera. El cine ceremonial, disonante e irregular, áspero y en constante búsqueda de un desequilibrio que se ajusta al ‘muzak’ visual que tanto atrae al público generalista, queda patente en sus algunos de sus últimos filmes de éxito ‘Mamá es invisible’ (con una recuperada Dee Wallace), ‘Bikini Drive-In’, ‘Inferno’ o ‘El profeta’.
Sus últimos trabajos han sido directamente distribuidos en vídeo/DVD con guarrerías cachondonas inscritas en el porno como ‘Emmanuelle’ y ‘Emmanuelle 2001’, con la espectacular actriz genérica Holly Sampson y cintas como ‘The Bikini Escort Company’, ‘Bikini Airways’ y ‘13 Erotic Ghosts’ destapando (literalmente) bombones de la talla de Regina Russell, Julie Strain, Jezebelle Bond, Beverly Lynne, Stacy Berk o la chica a la que todos querríamos tener en nuestra cama: Aria Giovanni. Hace un par de años, Olen Ray sorprendió a los seguidores de Waldemar Daninsky (habéis oído bien: Jacinto Molina, Paul Naschy al ataque) en esa extrañeza llamada ‘Tomb of the Werewolf’ y donde no podía faltar además del actor español recuperando el licántropo que le hizo famoso mundialmente, Jay Richardson, el actor fetiche de este enloquecido cineasta.
Fred Olen Ray continua, por ende, manteniendo su extraña dualidad de extrañeza y discontinuidad que dan como consecuencia enloquecidas paradojas visuales de cine basura, pero amparado siempre en el objetivo fundamental del género. En conclusión, cine dinámico y pretendidamente vacío que, paradójicamente, abre nuevas puertas a la profundidad abisal de un universo apasionante. Descontextualizador de los submundos eróticos, policíacos, científicos y sangrientos, ha conseguido con su cine, vilipendiado e insultado hasta la saciedad, la complacencia de aquellos que sólo quieren disfrutar de una buena ración de serie B, Z, o ‘trash’, como queráis llamarlo...