miércoles, 24 de noviembre de 2004

Silly Bush: Mi perrito Barney

En el colmo de la ridiculez, de la imbecilidad, está la figura de un presidente que, con todos los honores, pasará a la historia como el dirigente más peligroso, más genocida, más necio y cretino que haya tenido Estados Unidos. Me refiero, cómo no, a George W. Bush. La última proeza de este ‘clown’ vestido de traje ha sido la popularización de su perrito faldero. Si Calígula nombró cónsul a su inseparable caballo Incitato, Bush tiene una analogía de idolatría animal con su perro Barney, el personaje del momento en Estados Unidos. Lassie y Rin Tin Tin se han pasado de moda, se ha quedado caducos ante la historia del terrier escocés de Bush. Sólo falta saber qué cargo ocupará Barney de la mano de su infausto amo.
Según la página de la Casa Blanca yanqui, el perro se enfada porque le tenían prometida la cartera de Educación y Cultura. Como todo en la vida del presidente, los problemas de su país son acogidos con sorna y burla, como en aquella secuencia del documental de Michael Moore ‘Fahrenheit 9/11’ en la que después de soltar su discurso sobre la espinosa situación de la guerra de Irak, después de ordenar el ataque sanguinario a un país, se dirige a su pelota de golf con el palo en alto y espeta a la prensa “y ahora… mirad qué drive”. Ridículo y lamentable. Barney no está muy lejos de lo que para Bush representa su país, los americanos, sus votantes: son animales con los que jugar, que aplauden sus decisiones e, ignorantes ante la realidad de su país y de su autócrata dirigente, mueven el rabo y sonríen, agitan banderitas y se convierten en manifiesto de una estupidez insultante.
La Administración Bush es tan divertida y se toma tan en serio todo que ha creado un serial internauta (a través de la página web oficial de la White House) del ‘Primer chucho’, de Barney, que se ha transformado en una estrella mediática. El año pasado hicieron un especial en el que el pequeño Barney tenía una misión que acometer por todos los medios. Uno de los representantes presidenciales más importantes le mandaba decorar los enormes habitáculos de la mansión presidencial: desde el Despacho Oval hasta la habitación George Washington. Esa era su misión. Pero el perro, en similar actitud de su dueño, no quería trabajar; prefería tocarse los huevos, jugar con un balón en la nieve o dormir ¿Mensaje subversivo de la actitud y aptitud de Bush? No quiero ni pensarlo.
Más allá de la certeza de si Bush traduce este tipo de actos en cualquier estado, ya sea borracho o sobrio, lo cierto es que tales artimañazas sirven para desviar la atención del pueblo, de encubrir su perverso plan mefistofélico por dominar el mundo (ahora, su intención es ir por Irán; mañana, quién sabe). El periodismo en USA pasa por dar primacía a la vida de un insignificante perrito que a las vicisitudes de una política exterior que, como hordas de extraterrestres alienígenas, están desmoronando con sus actos el territorio por donde pasan.
Bush prefiere que todos los americanos vean la cotidianidad de su perrito faldero, metamorfoseado en sus propios compatriotas, a que su país sepa lo que hace su ejército en Irak, aquello que los verdaderos perros de Bush, los marines descontrolados y violentos, hicieron en la cárcel de Abu Ghraib, lo que están sembrando en Afganistán y los que le queda por hacer en Oriente Medio.
Menos mal que quedan yanquis críticos que se dan cuenta de las cosas y hacen ver la situación de Barney y su ‘Silly Daddy’ en un blog creado exclusivamente para narrar la vida del perro de la Casa Blanca en primera persona (y no me refiero a Bush), lanzando un grito crítico con lo que está pasando en un país que está viviendo ocho años de una decadencia que, a buen seguro, les pasará factura. Eso sí, siempre a costa de los demás países internacionales.
De nuevo: ¡God Bless América!