jueves, 11 de noviembre de 2004

Review 'Antes del atardecer (Before sunset)', de Richard Linklater

Hermoso desafío al tiempo y al destino
Richard Linklater retoma su mejor película para continuar una de las historias más bellas y románticas de la historia del cine contemporáneo.
Cuando Jesse y Celine se conocieron en un viaje de Interrail, la conexión entre ellos fue inmediata. Él le propuso bajarse en Viena para conocerse mientras hacía tiempo para coger por la mañana su vuelo a Estados Unidos. Ella, sin nada que perder, aceptó la propuesta del desconocido. Unas horas para conocerse, enamorarse y jurarse un reencuentro seis meses después que quedó en un enigma para un espectador enamorado de un filme inolvidable. Era ‘Antes del amanecer’. Nueve años después, su director, Richard Linklater, y sus protagonistas, Ethan Hawke y Julie Delpy, vuelven para desvelarnos qué ha sido de aquella pareja transcurrido ese tiempo. ‘Antes del atardecer’ sitúa a Jesse como reconocido escritor, presentando en París una novela sobre aquella noche. Un evento en el que vuelve a coincidir con Celine. De nuevo les toca, por azar del destino, aprovechar cada momento, dándose cuenta de que su conexión vital no es menos inspiradora o real de lo que fue hace nueve años en Viena.
Linklater retoma aquella historia construida sobre un sofisticado ejercicio intelectual, con los mismos personajes con los que toda una generación se identificó, como un replanteamiento de aquella adictiva promesa de juventud transmutada en una realidad madura, que fortalece su existencia abstracta, conectándola a una híbrida lectura entre la memoria y el sueño, entre la realidad y el recuerdo. De nuevo, la ilusión de continuidad basada en el diálogo y en la deliberación, combinando banalidad y trascendencia, con una naturalidad entusiasta, son los pilares sobre los que se sustentan esta prodigiosa continuación, esta coincidencia de dos personajes que son parte del cinéfilo amante de la mejor película de este cineasta independiente. Así, no sólo todo lo que sucedió hace nueve años por las calles de Viena fluyen como un recuerdo, como figura cinematográfica esencial, donde la evocación es utilizada como material sobre el que se reflejan y dialogan Celine y Jesse, sino como una continuación del recuerdo y la emoción del espectador, del cine y la vida.
Si el lenguaje es vida, como pretende hacernos ver Linklater, en medio de esta historia de amor, el espectador logra establecer un vínculo de profundo reconocimiento que abre las puertas a un acercamiento cinematográfico a la vida misma. Por eso, en este nuevo milagro fílmico, la identificación es necesaria en cuanto a la evolución de los personajes, aludiendo a la propia evolución vital del que vio su primera parte y asiste a este esperado reencuentro. “La vida es más inmediata cuando uno envejece”, dice Jesse en un momento fundamental de la película. Y es por eso, tal vez, que ‘Antes del atardecer’ surge como la consumación ideal de aquella noche en Viena. Un epílogo más efímero pero mucho más intenso, que reconoce que lo importante de esta perenne historia de amor es la necesidad de compartir cada espacio, cada mirada y cada diálogo con la pareja protagonista. Ellos hablan de un sentimiento universal, de las intensas necesidades de la cotidianeidad o de las pequeñas esperanzas y satisfacciones que hacen que el ser humano siga vivo.
En su prólogo, donde no faltan los ‘flashback’, un crítico le pregunta a Jesse si los protagonistas de su novela se reencontraron seis meses después de su idilio o no. Él responde que cada lector tiene una propia conclusión de aquello. Como en ‘Antes del amanecer’, en la que al espectador no se le daba una respuesta al enigma. Quienes crean encontrarla en esta secuela, lo harán, pero lo hermoso de la narración, como en la vida, es que todas las preguntas generan otras, postulando que el amor, pieza clave de todo, dependerá de aquellos que lo vean con romanticismo o escepticismo. Película espontánea y casual, donde emerge una belleza absoluta y una honestidad asombrosa, ‘Antes del atardecer’ es la naturalista representación de dos personajes que reaccionan de forma natural ante una nueva prueba del destino, haciéndose preguntas lógicas y dejando que el tiempo saque a la luz los temas que interesan, y así, intentar llenar un vacío de nueve años. Al igual que la primera cinta, ésta se centra en la larga conversación de una pareja que, durante casi hora y media, transitan por las calles de París en un paseo hacia una pequeña cafetería, después por parques parisinos, en un viaje en barco por el Sena y, finalmente, en el coche predestinado a alejarlos nuevamente. Trayectos en los que no dejarán de hablar de sus vidas, de sus sueños y anhelos. Una preciosa oda al amor que consta de un engranaje conceptual detallado en la delicadeza de sus frases, de sus réplicas, de sus silencios, de lo latente que empieza en las percepciones abstractas avanzando hacia las respuestas que tanto los personajes como el espectador quieren conocer: ¿Están casados con otras personas? ¿Son felices? ¿Sigue habiendo entre ellos aquella profunda atracción? ¿Hubieran querido pasar su vida juntos de haberse visto a los seis meses?
Jesse y Celine son los mismos que recorrieron Viena, pero lo han olvidado con el paso del tiempo y son conscientes de que a los veinte años el amor puede llenar una vida, pero a los treinta el miedo al dolor y a la soledad conlleva al conformismo estático, a una normalidad falta del entusiasmo que les unió en ‘Antes del amanecer’. Ambos, inconscientemente, vuelven a sumergirse el uno en el otro, con la confusión y los nervios de la primera vez, buceando en sus sentimientos y tratando de obtener respuestas sobre su posible relación, pero también respecto a sus vidas actuales. En este amor sin territorio, en el que la pasión viene marcada por el desencuentro, la responsabilidad de los diálogos creados esta vez por ambos actores y Linklater vuelven a ser su base existencial, su esencia argumental y narrativa. Unos diálogos que no precipitan la situación, incluso caen en la reticencia, reflejando el cariño y la profundidad con la que han evolucionado los personajes desarrollados por el director y la pareja protagonista. Ya no son críos espontáneos, ilusionados en un amor de juventud, sino que el acatamiento a sus personalidades aflora con un comedimiento absolutamente prodigioso.
Y es que si ‘Antes del amanecer’ exponía entre líneas una filosofía vital romántica y teorizante sobre la juventud más reflexiva y lo que nos mueve con la veintena cumplida, incluyendo una hermosa relación de una noche, ‘Antes del atardecer’ atavía su discurso romántico desde la introversión juiciosa del adulto, de la experiencia, donde hay mucho más que perder, desde un punto de vista maduro, lo que le da al filme una dimensión más visceral, emotiva y romántica que en una primera parte que necesita de esta película para encontrar el verdadero sentido real del amor.
La libertad y la inspiración confluyen aquí en un necesario estilo de acercamiento a la pareja, donde el fluir temporal que añora un tiempo no vivido, llena su vacío con diálogos, con reflexiones, con palabras y sueños que cubren la ausencia de ambos en sus respectivas vidas. Por eso, Linklater sabe que su filme no admite una fragmentación del espacio o del tiempo. De este modo, el tiempo real utilizado para el inolvidable paseo de Celine y Jesse es necesario para respetar la historia, la continuación de un encuentro, pero también lo es como forma de articular sus movimientos, la sensación de realidad que abandona la pasividad y se contagia del ejercicio intelectual y vital sobre el amor y la vida. Para ello las calles París, asoman idealizadas en un bello tono cinematográfico donde la luz construye la progresión de la historia. Lee Daniel realiza un notable trabajo de fotografía y cámara, sabiendo recoger estratégicamente su incursión en el ambiente urbano parisino, con la libertad y la naturalidad que en los 50 propusieron los fundadores de la ‘nouvelle vague’. En el plano interpretativo, tanto Hawke como Delpy manifiestan las mejores interpretaciones de sus carreras con unos papeles creíbles en su inseguridad, en sus miradas medidas, provistas de improvisación y de un excepcional manejo del lenguaje corporal, representado en el sutil instante en que ella extiende la mano para tocarle el pelo a él, alejándola antes de que éste la vea.
‘Antes del atardecer’, al igual que su antecesora, habla sobre el amor, pero escapándose a los tópicos de cualquier breve encuentro cinematográfico, que mueve al espectador a la reflexión sobre los nueve años en los que la pareja ha vivido pensando en un tiempo delimitado, idealizado, como la efímera relación que se produjo en Viena. No se sobrepone, por tanto, el diálogo a un discurso nunca unidireccional ni aleccionador, pero sí ofrece la oportunidad al público de crear una resolución propia, una respuesta, bien sea escéptica o romántica, extraída de otro desenlace abierto, sin resolver. Ochenta minutos compartidos que permanecerán como recuerdo imborrable para una generación a la que ‘Antes del Amanecer’ le cambió la perspectiva de la vida, el mundo y, sobre todo, del amor.
Miguel Á. Refoyo © 2004