viernes, 13 de enero de 2012

Review 'Drive (Drive)', de Nicolas Winding Refn

‘Savoir faire’ de cine ‘neo-noir’ tuneado
Mucho se está hablando de la nueva película de Nicolas Winding Refn, un cineasta con una solvente trayectoria a sus espaldas y un buen puñado de títulos que se han convertido en películas de culto. ‘Drive’ es su último logro. La película de moda entre los círculos cinéfilos más selectos. De hecho, lleva bastante tiempo siéndolo. Es la sorpresa de la temporada. Ése tipo de filme que todo el mundo debe ver y que se presupone que no deja indiferente a nadie. Los foros se llenan de elogios y reverencias, formulan conjeturas y teorías sobre su planificación, sobre sus múltiples metáforas y referencias e intenciones del director danés.
‘Drive’ es la historia de un antihéroe hierático y silencioso que va por la vida con un palillo en la boca, como lo hacía el teniente Marion Cobretti interpretado por Sylvester Stallone en aquélla infravalorada cinta de George P. Cosmatos. Un solitario misántropo que trabaja de mecánico en un taller, de doble cinematográfico en escenas de conducción y en sus ratos libres, ofrece escapatoria a delincuentes en huidas de la policía. Un fulano que vendría a seguir la genealogía de aquellos invencibles “hombres sin nombre” de Clint Eastwood o del silente samurai de Alain Dellon en el filme de Melville ‘El silencio de un hombre’ que, obviamente, conduce como Bullit o como el Ryan O’Neal de la cinta de Walter Hill de 1978 con la que comparte título esta obra. Por si fuera poco, viste una genuina cazadora muy molona con un escorpión amarillo bordado en su espalda que define la naturaleza de un hombre tranquilo que esconde una bestia. La metáfora perfecta de ese animal que actúa de determinada manera salvaje porque está en su carácter. Un guerrero perfecto, sin pasado ni condicionantes, capaz de sacrificar su atracción por una vecinita atractiva con hijo con tal de salvaguardar su felicidad si por ello es necesario echar una mano a su marido ex convicto recién salido de la cárcel y llevar a cabo un peligroso atraco y huída para saldar sus deudas. Con ello, Winding Refn propone al espectador una contienda moral que pondrá a prueba la verdadera identidad de un ‘real human being’ reconvertido en un ‘real hero’ (como vendría a definirse en la canción de College al personaje de un Ryan Gosling que sí, pero que no).
‘Drive’ podría funcionar a tanto como aspira. Su director es un tipo ambicioso y con talento que urde un manifiesto a modo de simulacro de cine negro americano muy voluntarioso y consciente de todos los elementos que lo componen. La historia está algo alejada del tono romántico que anhela, pero no se puede negar el gran tonelaje de narrativa directa y frontal del mejor cine de serie B de oscura ironía que combina a la perfección con una capacidad visual ataviada con cimentada lírica y poesía fotográfica. El talento narrativo escapa al tono ‘kistch’ en su apego por lo retro y la notable inspiración de ese cine de género purificado por la irrupción conceptual envuelve sus propósitos ‘ofrendísticos’ de un cine que se mueve de un modo transversal entre distintas influencias y épocas, tuneando referencias directas y metáforas de directores clásicos y modernos. Todo está medido a la perfección, en una sobredosis de tensión que hace albergar la esperanza de una resolución previsible pero apoteósica desde sus primeros coletazos y que, lamentable, no está a la altura de lo que se ha ido concibiendo.
Estamos ante una aparente simulación de gran obra a modo de historia de amor imposible por ambas partes, la del conductor con ansías de redención y la de esa vecina timorata que espera un mundo mejor para ella y para su hijo. Una relación condenada que acaba sucumbiendo a los soportes de un moderno cuento de hadas. ‘Drive’ es a su vez un ‘western’ crepuscular bruñido por la postmodernidad de lo urbano, entre las tinieblas cosmopolitas de una ciudad de neones y amenazas como Los Ángeles descritas por el instinto narrativo de Winding Refn con un ‘savoir faire’ de cine ‘neo-noir’ que falsifica las emociones hacia una impostura guiada hacia la eclosión violenta y estética de un juego de máscaras, como la que luce en su representación de la venganza esa careta de ‘stunt’ frente a una cafetería, dispuesto a ejercer de justiciero. Se nota que para Refn el cine es una basta mitología intrínseca que evidencia una vuelta de tuerca a la filosofía convencional, haciendo de su coreografía de cámaras, su montaje, sus ‘ralentíes’, su utilización de la música incidental y canciones un complejo todo que provoca entusiasmo, pero al que le falta vida y emoción.
Tanta contención y catálogo de apuntes taciturnos de un inframundo de corrupción e inmoralidad en el enfrentamiento del conductor con los fantasmas de una tormentosa existencia convierten a su director en víctima del desabrimiento de la historia, abogando por sustituir los estados de ánimo y las emociones por una vocación estilística. El resultado es que tanta frialdad se desbarata por un circunspecto ascetismo, que endurece su violencia e intenciones de ruptura con el tiempo y la realidad. Sus personajes fantasmagóricos perviven en un universo en el que no parecen encajar y subsisten en un constante estado de supervivencia ante amenazas multilaterales, esgrimiendo la violencia como escape existencial y físico a sus problemas. Lo que se transmite como silencios llenos de sentimientos y de situaciones descritas con sumo detallismo, cincelado con una considerable precisión quirúrgica, no es más que un alejamiento endeble que pretende golpear a un espectador con una fuerza desprovista de tensión.
Procura ser un cine de estímulos, que mantiene su lógica en los códigos equilibrados de drama y cine de acción con una hermética artificiosidad canalizada en el apetito esteta y narrativo anhelado por muchos, ejemplarizando un cine fuera de lo común donde el nihilismo y vulnerabilidad evitan que la audiencia empatice de primeras con ese atormentado conductor del que apenas se sabe nada en todo el metraje. El rastro de una identidad borrada constantemente por una vida de juegos de muerte avocada hacia una liturgia de violencia como un acto espiritual que termina por ‘espectacularizar’ su simbolismo de amor y renuncia, de honor y dignidad. Tampoco ayudan esos villanos que esconden una caricaturización del mal, por mucho que su cabecilla (un inspiradamente histriónico y gritón Albert Brooks) esconda un trauma de perversidad natural, en contra de sus deseos de catarsis e integración en el mundo automovilístico. Su disposición trascendente, donde la gran cantidad de información visual sustituye a las palabras se antoja como un lujoso producto de sofisticada belleza dotada de una idiosincrasia muy “arty”, trufada de metáforas y planos con significado y significante. Pero nada más.
‘Drive’, eso sí, atesora uno de los mejores prólogos vistos en mucho tiempo. Una evasión al volante de las fuerzas de la ley, combinando el sonido de la frecuencia policial y la sigilosa e inteligente mirada de un animal de la conducción, compone una ‘set piece’ de contundencia absoluta, llena de desasosiego y suspense que incluso se da el lujo de no sacar la cámara en ningún instante de Chevy Impala plateado que, desde ese momento, pierde todo su protagonismo en favor de la historia de amor y venganza que Winding Refn postula. Desde ese momento, todo va perdiendo interés a velocidad vertiginosa. Como si al coche se le levantara el freno de mano en una inclinada pendiente y se dejara caer.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012