jueves, 6 de octubre de 2011

Review 'No habrá paz para los malvados', de Enrique Urbizu

¡Rock and Roll!
Enrique Urbizu compone una extraordinaria coalición de ‘western’ crepuscular y sucio y desalmado ‘noir’ con una admirable visión fílmica construida de forma personal y calculada con metodología milimétrica.
El cine de Enrique Urbizu viene caracterizado por haber definido con su talento una carrera de honestidad intachable tras las cámaras, de una madurez forjada en una filmografía en la que empezó luchando contra los elementos (después de ‘Todo por la pasta’ tuvo que filmar algún encargo de comedia poco autoral) para redirigir su estilo a un cine mucho más personal y dinámico, constantemente en busca de la disconformidad y la pureza del género que acometía. Buen ejemplo de ello son ‘Cachito’ y, sobre todo, ‘La caja 507’ y ‘La vida mancha’, magníficas cintas que certificaron la valía de un autor privilegiado, de un cineasta comprometido con un metodismo genérico que pocas veces se han visto en el cine español.
‘No habrá paz para los malvados’ no es ajena a esta cosmología de autonomía y control creativo que Urbizu, merecidamente, ha logrado. El comienzo de la película es una muestra de esa capacidad y lucidez para enfocar con imágenes una narrativa artesanal que bucea en la complejidad del género. Presenta así, con total aridez expositiva, a Santos Trinidad, un policía en estado de embriaguez que engulle cubatas generosos de ron con un chorro de Coca-Cola que acaba una mala noche en el momento y el lugar equivocados, en el puticlub Leidy’s. Por azar del destino, coincide con el encargado del local, un colombiano vinculado posiblemente a su pasado con el que mantiene una tensa conversación. La velada se salda con un triple asesinato por parte del agente. Es el detonante que sirve de excusa para ir abriendo la caja de Pandora, ya que Trinidad destapa involuntariamente una trama de colaboración entre narcotraficantes colombianos y un comando islamista seguidores del salafismo yihadista que esconde los latidos de la herida aún abierta del 11-M y el terrorismo global que se vivió en aquella aciaga fecha.
Lo que emerge del texto es una parte sumergida que va aflorando según avanzan las pesquisas de ese personaje antológico y desapaciblemente entrañable que es Trinidad, un perdedor despojado de heroísmo y moral, que simboliza los peores valores humanos que pueden caracterizar a un agente de la ley. Un policía alcohólico y desarraigado, que maniobra al margen de sus compañeros en beneficio propio y personifica una arteria antisocial e ignominiosa de la ley por la que late la grandeza de ‘No habrá paz para los malvados’. Santos Trinidad, perro de presa con placa, astuto y escurridizo, es el centro de gravedad sobre el que orbita todo el atractivo de la historia, jugándose con ello la antipatía del espectador que, en efecto antitético, acerca su querencia a este cerdo desalmado que vive de las transgresiones morales, pero que asume su condición de superviviente en un mundo de falsedades e hipocresía. A esa excelencia contribuye en su totalidad un Jose Coronado en estado de gracia, componiendo un papel complejo y arriesgado, dotando de credibilidad y proximidad el rastreo de este neurótico policía.
Mientras tanto, Urbizu y su coguionista, Michel Gaztambide, juegan a resguardar la personalidad de sus personajes principales, de los cuales poco se sabe, ni de su pasado ni de su vida privada, sutilizando además los giros, un tanto avocados en función de su final, sin hacer alardes de piruetas argumentales, dejándose llevar por la lógica de la investigación en su trama de búsqueda, donde las piezas van encajando solas, siguiendo una intención de confusión voluntaria. Interesa centrarse en el momento presente, en la rutina policiaca de un hombre amargado y oscuro cuyas motivaciones personales no van más allá de su ímpetu y fiereza para salvaguardar sus espaldas. Y ese interés va asumiendo su protagonista con el cuidado y destreza con el que se esgrimen dos facetas; la de unos diálogos veraces, sin enfatizar más allá de la verdad que rezuman las palabras que se exponen y la violencia tratada como un comportamiento, como un concepto narrativo cuyo alcance debe ser proporcionado para que obtenga su efecto dentro de la historia y aumente su carácter exegético dentro del relato para esa detonación conclusiva de contundente salvajismo. Con ello, ‘No habrá paz para los malvados’ alcanza una atmósfera insana, llena de mugre y amenaza.
Sin embargo, para ser sinceros, hay cierta arbitrariedad en el conjunto del libreto donde se echa de menos algo de carga dramática, en la que sobresale demasiada indeterminación en ciertos pasajes, en el exceso de personajes pincelados con gran facilidad. Es una película de intenciones que rehúsa de explicaciones para que el espectador vaya descifrando algunas subtramas prescritas sobre el pasado de Santos y su relación con las fuerzas especiales y su experiencia traumática en Colombia. Pero no importa, porque Urbizu se encarga de calcular milimétricamente de que todo esto quede como menoscabos menguados hasta la impercepción por una impronta artesanal a la hora de dotar de ritmo e interés a su filme. Todo bascula con excepcional engranaje y eficacia. El cineasta vasco sabe acomodar su visión fílmica y personal sobre un marco genérico reconocible como el thriller’ de componente policiaco, consciente de las posibilidades de expresión del género con algo de ascesis, de evasiva actitud y austeridad buscada, para ir dilatando la tensión con la que va descubriéndose el caso en una vertiente de investigación paralela. Nadie va a descubrir ahora la excepcional ejecución visual de este director que filma con brutalidad visceral, con un ensalzado realismo para retratar situaciones y contextos.
Urbizu contribuye con la oscuridad necesaria, llevándola al límite, en la que la disyuntiva ética se barniza con la sombría lírica de una geografía atemperada y poco vistosa, exhumando los fantasmas de la soledad y la miseria que anidan en los bajos fondos de un Madrid decadente, que alberga solitarios y miserables policías que conviven y saben encontrar lo que buscan en lugares llenos inmigración, corrupción y procacidad. De ahí, el contrapunto que supone esa segunda vía de investigación llevada a cabo por la juez Chacón (Helena Miquel), madre y esposa que pide disculpas por llegar tarde a casa y desconoce el turbio universo que investiga y Leiva (Juanjo Artero), repeinado agente de pulcritud en su vestimenta y en sus formas. Es la forma de entender un cosmos policial que se muestra inoperante, sumido en ridículas burocracias que hacen que Trinidad escarbe, como perro viejo, las corruptelas de los islamistas y la conexión con los carteles de la droga en busca de venganza mientras los demás avanzan lentamente.
‘No habrá paz para los malvados’ revela esa redención del mártir con un predecible destino fatal, que expía sus pecados con una matanza sangrienta y transforma al miserable hijo de puta en héroe accidental, dejando entrever que, en cualquier rincón, por inesperado que sea, se esconde una bomba a punto de estallar, lo simboliza la figurativa presencia del miedo en la amenaza que seguirá vigente en nuestras pequeñas vidas vulnerables sin hombres como Santos Trinidad. Supone una extraordinaria coalición de ‘western’ crepuscular y sucio y desalmado ‘noir’ que escupe con rabia en las doctrinas y tendencias idiotizantes del cine español moderno para entregar una película marginal, desprovista de mensajes moralizantes y asumiendo el riesgo de una victoria segura. La de la dignidad de un director que cree férreamente en cada plano que rueda. Un modelo a seguir. Esperemos que pronto Urbizu vuelva con más… ¡Rock and Roll!
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011