viernes, 14 de octubre de 2011

DIARIO DE RODAJE ‘3665’ (IV)

04 de SEPTIEMBRE de 2011: Vivir rodando
Una de las personas más importantes de este cortometraje ha sido Myrian Trujillano. Ella ha sido el elemento fundamental para que muchas de las cosas sin las que el rodaje no se hubiera producido hayan estado en su sitio. Era la primera vez que volcaba sus esfuerzos en un proyecto de este tipo, pero no la primera en ejercer las funciones de producción. Lleva muchos años currando para que otros mastodónticos designios, sin ser cinematográficos, hayan emergido de la nada. ‘3665’ pertenece mucho a Myri, porque ha puesto todo su afán de trabajo y esfuerzo en que no faltara nada. Es inigualable y admirable a partes iguales.
Comenzamos el rodaje en el mismo momento en que el sol hizo su aparición. Ese instante en que los borrachos llegan a casa con una bolsa de churros en la mano y la desesperanza de la arcada en la boca, cuando los servicios de limpieza refrescan las calles de una noche de juerga interminable y hedionda y los más madrugadores aprovechan la soledad de la calles para pasear. Emprendimos la jornada entre escaleras, persecuciones y más disparos. Un señor mayor que iba a una nave adyacente asomo por una ventana y estuvo a punto de estropear un plano. Nos preguntó que si habíamos comprado el recinto. Una pregunta bastante estúpida. Cuando le dijimos qué estábamos haciendo, nos espetó con un acento muy charro “¡Aaah! Que sois los del cine, los del artisteo”. Nunca dejará de sorprenderme mucha de la gente que vive en esta ciudad.
Todo parecía indicar que no íbamos a pasar el trance del día anterior. Qué equivocados estábamos. Cuando uno trabaja al límite, ajustando la luz natural y rodando escenas de violencia y luchas, de disparos y sangre, el tiempo se reduce a la mitad. Estoy convencido de que rodando una conversación de una pareja en una calle a mitad de la noche o a un fulano soltando un soliloquio existencial en exterior y con lluvia no tiene tanta complicación técnica que vaya más allá de la de una buena iluminación y la modulación de unas buenas interpretaciones. Aquí no. Con escenas de este tipo se une todo; tienes que estar atento a la luz, a la interpretación, pero también a ver si la gestualidad física es la adecuada, el elemento de movimientos responde a la perfección, los efectos de sangre saltan a su debido tiempo, coordinar el forcejeo para que quede creíble, hacer la vida del foquista un infierno en el que ejerce casi de coreógrafo para no perder comba. Un caos que relativiza en ocasiones los grandes problemas y amplifica los pormenores. Creíamos que estaba todo controlado, sí. Pero fue un poco más de lo mismo. Terminamos con el tiempo justo. La luz se iba por el horizonte y aún no habíamos terminado la jornada y quedaban planos fundamentales para el montaje final.
David Maes, que personifica al Rastreador número 2, jamás se había puesto delante de una cámara. Podía haber supuesto otro conflicto. Pero todo lo contrario. No importó. Alguien como él era algo que había buscado desde el principio. El personaje debía beneficiarse de esta condición de inexperiencia e inocencia, pensado como un personaje de movimientos aparentemente mecánicos, pero de inquietud y sentimientos muy humanos. Su tesón y paciencia se verán recompensados con una legendaria composición. Hizo todo lo que le dijimos, con sorprendente imperturbabilidad y profesionalidad casi doliente. Una gran persona humana, como los chavales que se unieron a última hora al equipo, llamados con urgencia por un servidor, metiéndoles en el marrón de un cortometraje del que no sabían apenas ni el título.
Álex Vega ejerció de eléctrico, pero echó una mano en otros campos, activo y diligente en acatar decisiones y anticipándose muchas veces a la orden, haciendo de su esfuerzo un reconocido trabajo al límite. Increíble lo de este chico. También Raúl Flory, sin cuya ayuda Myri no podría haber abarcado su trabajo como lo ha hecho. Ellos simbolizan el futuro de esta profesión, no importa en qué rama. Me gustaría pensar que ‘3665’ será un escalón más en sus respectivas carreras y espero que hayan aprendido algo de todo esto. Yo, al menos, sigo sorprendiéndome de lo que puede dar la gente por este tipo de trabajos no remunerados y del empeño que se pone cada minuto que transcurre. El día que acabó con alguna que otra discusión sobre la luz y el eje, ése tema tan recurrente dentro de cualquier rodaje. De repente, cuando todo parece claro las brumas de la indecisión parecen caer cuando menos te lo esperas y se produce ese instante de confusión, de duda, de imprevisible acongojo por una variación extraña, por un encuadre que no se vincula en montaje con el anterior. Ése momento fatídico en el que unos piensan una cosa y los demás la antagónica. Dos flancos que defienden su postura realzando el conflicto con el tiempo. Una sombra de un brazo apuntando con arma se contrapone con una mejora estética del mismo plano desde otra perspectiva, pero imposible para que nos lo creamos. Que sí, que no… Y no hay más cojones que rodar dos versiones. Sucede en todos los rodajes. Y es algo contra lo que siempre habrá que luchar. Pero si unen posturas y se llega a buen fin, todo sea por ese componente didáctico que conlleva este tipo de sanos enfrentamientos que, a la larga, hace ver una cooperación colectiva más unida. Al menos, así lo veo yo.
Con la incertidumbre de la noche cayendo sobre Salamanca y la necesidad de que la luz diurna aún durara un poco más finalizamos con el tiempo justo con un largo y suave ‘travelling’ que nos deja a todos la satisfacción del trabajo bien hecho. Cuando nos vamos a felicitar por ello ¡un momento! “hay una mochila en uno de los habitáculos contiguos y sale en plano”. Nos miramos como si Jack Bauer nos estuviera apuntando a la cabeza con un bazoka. Sin embargo, ahí está Jas, el mago de los efectos especiales que se apresura a decir: “eso lo quito yo con la punta del rabo”. Bueno, seguro que no dijo esto exactamente porque es un chico muy educado y agradable, pero yo lo escuché así. O al menos, así necesitaba oírlo. Es lo que tiene tener a elementos humanos tan fundamentales en un rodaje. Solventada la jornada, el relax llegó en casa en forma de pizzas, algo de cerveza y amistosos diálogos sobre el cine, la vida y la jornada del día siguiente, que sería último y definitivo de un corto que estaba a punto de llegar a su fin. Un día más y el sueño del trabajo bien hecho conformaría mi deseo: saber que tenía una nueva vida fílmica cuando uno escucha la frase: “claqueta final”.
Me quedé un rato meditando, echando la vista atrás y analizando el recorrido que me había situado en ese momento, en ése instante de euforia y fruición que es lo más parecido a la felicidad que se puede encontrar dentro de este medio. Como vivir en Obvilion. Cuando todo el mundo dormía, fue cuando mejor entró otra de esas laxativas cervezas, revisando planes y reflexionando hasta altas horas de la madrugada. Es una de las pocas formas de liberar parte de la tensión acumulada. Parecía que no quería dormir. Pero lo cierto es que me regodeaba disfrutando el instante, absorbiendo cada minuto de estos días en los que quería saborear esta vida absurda y deliciosa que supone vivir rodando.