martes, 11 de octubre de 2011

DIARIO DE RODAJE ‘3665’ (III)

03 de SEPTIEMBRE de 2011: La urgencia crea monstruos
Los sábados por la mañana uno está acostumbrado a dormir, a tener resaca, a ir de compras, de barbacoa, de turismo, de cañas… pero la satisfacción festiva se amplifica cuando uno tiene que rodar. Porque, no nos engañemos; todos los rodajes son duros y extenuantes, a veces pesadillescos, pero a la vez son como una fiesta en forma de desafío. El sábado estuvo marcado por una secuencia complicada para la cual hubo que componer una estrategia de trabajo y planificación pormenorizada. Por mucho que ésta fuera totalmente metódica, llevó un tiempo excesivo. El momento en que el Errante encuentra la clave del cortometraje en forma de caja de música se hizo eterno. Primero, con un plano master, después con una infinidad de planos en la que puede ser la secuencia mejor cubierta de la historia del cortometraje español. No montarlo bien sería imposible. Todo quedó estupendamente. Muy bien, sí. Sin embargo, se produjo un retraso de casi dos horas sobre el plan. Entre nervios, patatas fritas y refrescos variados, la mañana fue viniéndose con un cielo gris que no auguraba nada nuevo.
A primera hora vino a Mercasalamanca Néstor Gómez, un jovencísimo actor zamorano que sufrió la fría climatología y una larga sesión de maquillaje para un par de planos. A veces, la profesión actoral es así de ingrata. Interpreta a un hombre famélico, una especie de zombie enflaquecido que ha logrado sobrevivir a la Hecatombe que describe la historia y malvive en el edificio de ‘3665’ acuciado por el hambre y la desesperación. Ángel Zamanillo, el gran “Zama”, posiblemente el mejor artista de ‘make up’ y efectos de maquillaje que existe en esta ciudad y uno de los más capacitados para hacer lo quiera en este departamento fuera de aquí, bordó el aspecto desnutrido y escuálido del personaje. El problema es que el pobre Néstor tuvo que esperar como cinco horas para entrar en acción; muerto de frío, con ropa roída y sin apenas poder decir nada.
Cuando entramos con la secuencia de Famélico, íbamos con mucha demora. Algo que nos empezó a poner nerviosos, por mucha risa que me trajera yo con uno de los ayudantes de dirección, el mítico cortometrajista salmantino Javier Díez, ante la acuciante prisa del otro ayudante, el antológico Alfonso Antolín, un tío profesional hasta la médula, metódico y disciplinado, ambos chavales cordiales y afectivos. No hubo tiempo para comer apenas. Intentamos reunir fuerzas y volver a toda hostia a grabar otro segmento de suma importancia dentro del guión. Fue una tarde de rastreadores y sangre, de disparos y mucha tensión. Chema Guevara, amigo de antaño y coguionista de dos de mis largometrajes escritos, tuvo la gran responsabilidad en uno de esos planos que tienen que salir imperiosamente en una sola toma. Álvaro se empezaba a poner nervioso porque se iba la luz. Era lógico, veíamos cómo quedaba poco menos de una hora para rodar como unos ocho planos. El nudo en la garganta de la soga imaginaria que destruye un plan de trabajo se ceñía sobre nosotros, así que no podíamos dejar que esto sucediera. Había que dar lo mejor de nosotros mismos.
Después de que “Zama” volviera a lograr la proeza con sus efectos de maquillaje y Chema colaborara para que se llevara a buen puerto, todo fueron prisas y celeridad, como si alguien nos manejara en ‘Fast Forward’ desde un mando a distancia. La luz se iba y, al contrario que los vampiros, la necesitábamos para terminar la jornada. El desasosiego se podía cortar con un cuchillo y la complicidad de las miradas se había sustituido por un “puf…ya verás tú…”. Rodar acción exige mucho sacrificio. Te exprime hasta la depauperación emocional porque requiere una dureza especial y una autoexigencia que no se conoce hasta que se plantean este tipo de complejas bravatas. Y se engrandecen mucho más si son llevadas a cabo con pocos medios. A la carrera y dejando nuestra alma en cada plano. Y con alguno de ellos que se quedó en el camino por motivos de tiempo, cerramos una jornada llena de nervios y urgencias.
Una tarde de frenesí en la que no pude hacer caso a ni a mis padres, que vinieron a verme, ni a Nacho, Rafa o Feli, mis amigos de siempre, que estuvieron por allí, ni a Juan Miguel Ávila, el ínclito fotógrafo Darco TT, que también se acercó a echar un vistazo con su cámara. El hecho de que la Film Commission hubiera pasado por alto avisar a la policía local o que estos no hubieran gestionado bien la información provocó que unos agentes de incógnito, nos pidieran el permiso debido a que los vecinos de la zona habían visto mucha actividad en un lugar abandonado. “Los vecinos” ese concepto abstracto que, en la sombra, dan tanto miedo y se aburren sobremanera, teniendo que buscarse vías de escape a sus anodinas vidas a través de una ventana y sentirse parte del colectivo social llamando a la policía por el mero afán al que lleva la curiosidad. Casualmente, en ése mismo instante, no lo teníamos. Pero fue lo de menos. La complejidad del plan consumado, el trabajo bien hecho, había compensado cualquier contratiempo. Myrian llegó con el permiso mientras el amable agente que no sabía escribir ni “film” ni “commission” en un papel preguntaba sobre aspectos del rodaje. Una vez acreditados como un equipo con libertad de movimiento en aquéllas instalaciones, ya éramos dueños del sitio, de sus circunstancias y del tiempo.
‘3665’ estaba domado y nada ni nadie podría parar el vendaval de ilusión que desprendía el equipo por hacer que este proyecto saliera hacia delante de forma extraordinaria. O eso creíamos…