jueves, 6 de octubre de 2011

DIARIO DE RODAJE ‘3665’ (II)

02 de SEPTIEMBRE de 2011: Recuperando el olvido
La mañana nos ofreció un día aparentemente soleado. No había estado tan atento al tiempo en las semanas precedentes como cuando veía las predicciones de Minerva Piquero durante mi adolescencia. Parece ser que iba a ser un tiempo variable, así que todo el mundo se encomendó a Saturno, sobre todo, cuando tuviéramos que rodar en exteriores. Así fue, aunque nos hubiera gustado tener algo más de luz en algunas secuencias decisivas en la resolución de las claves narrativas del corto no hizo excesivamente mal tiempo. ‘3665’ estaba a punto de comenzar y yo permanecía más atento a la suciedad creíble del vestuario de Raúl que a otra cosa. También atento porque había ocurrido un pequeño error en el plan de citaciones y algunos llegarían más tarde. No importaba, porque que estaba todo listo. Miré en ralentí, suspiré y algo incorpóreo pareció insuflarme una chispa de vida que hacía años que no sentía dentro de mí. La luz, el reflejo de la cámara en mis ojos entusiasmados llevaron a gritar esa palabra que a algunos nos da la vida eterna: “¡ACCIÓN!”. Y comenzó el juego, lleno de ímpetu y mucha más serenidad de la esperada. Todo bajo control. Nada debería salir mal. La providencia iba a ser una aliada perfecta, dejándome disfrutar de esa sensación perdida, arrinconada durante años en un cajón de mi propia conciencia, desoxidada a la vez que en la claqueta iban apareciendo escritos nuevos números y se grababan nuevos planos.
La mañana estuvo marcada por las llamadas de los medios. En principio, yo quería que el rodaje no tuviera más trascendencia de la necesaria. Necesitábamos algo de sosiego porque había mucho que rodar en poco tiempo. Aún así, Salamanca Film Commission (que gestionó los permisos para el lugar del rodaje por medio de Enrique Cantabrana) y El Corte Inglés (que, a través de Luis Barreda, hizo posible que comiéramos decentemente aportando el catering) habían enviado a todos los medios un comunicado escueto que debió correr como la pólvora, porque durante un rato mi teléfono parecía el de Justin Bieber con tanto ajetreo. Una vez solventados los protocolos mediáticos y hablando maravillas del proyecto, era hora de volver a ese sueño interrumpido. El antiguo Mercasalamanca es un sitio alucinante. Lo descubrí un día de pinchos y cañas, cuando leí su situación depauperada en un periódico local. Es entonces cuando supe que esta historia debía rodarse allí.
Furtivamente, me colé al poco tiempo en aquellas dependencias municipales con mi amigo Álvaro Ortiz. Quedé sorprendido cómo aquel lugar, otrora símbolo del ajetreo mercantil, del movimiento de transacciones diarias dentro de lonjas y puestos de todo tipo, hoy era un desierto de hormigón, donde sus enormes naves habían muerto para siempre, con un silencio sepulcral, olvidando la vida y los negocios por la mugre y el éter insano. Un lugar en el que una historia futurista es posible, debido a que da la sensación, como en el antiguo edificio de La Salle donde rodamos ‘El límite’, de que todo el mundo ha huido de una catástrofe nuclear, símbolo del abandono y la muerte de un recinto que un buen día ofreció la vida en forma de productos de primera necesidad a toda una ciudad. Este Mercasalamanca, como dice Francisco Rodríguez en ‘El norte de Castilla’ haciéndose eco del rodaje, es “una metáfora en sí mismo de las consecuencias del estallido de la burbuja inmobiliaria (hace años que debería haber sido derribado para construir una zona residencial, pero el viejo complejo permanece en ruinas expuesto al tiempo)”. No encuentro mejores palabras para definir el presente y el futuro de unas instalaciones que han pasado a formar parte de mi vida.
Tuvimos un problema con la escopeta recortada que lleva el Hombre Errante, el personaje al que da vida Raúl. Uno de los ejes del gatillo, a priori, dijo adiós. Si algún día tenéis pensado comprar algún arma o réplica en armasdecoleccion.com pensáoslo dos veces. No es buena idea, porque apenas tienen trato con el cliente y sus productos (carísimos) dejan bastante que desear. Son esos pequeños problemas que retrasan una hora el rodaje y cuando vuelves con tu arma arreglada todo el mundo parece alegrarse como si trajeras un jamón para degustarlo entre todos. El primer día transcurrió sin ningún altercado. El factor suerte y la divinidad hicieron que el plan de rodaje se cumpliera de tal manera que pudimos rodar una secuencia del día siguiente. Incluso vimos a los Rastreadores en vivo y en directo (interpretados por Chema Guevara y David Maes), los malvados soldados del futuro armados hasta los dientes que amenazan con su sola presencia. Increíble. El hecho de que sean creíbles sostenían parte de funcionalidad de la historia. Y acojonaban. Vaya que sí acojonaban. Sí, sé que esperáis alguna instantánea, pero es parte del secreto para cuando se estrene el corto.
Tantas horas fulminan la energía, por lo que el cansancio hizo mella en todos los miembros del equipo y esta vez no quedaron ganas para ese lapso de relax que siempre supone una cervecita fría. Eso sí, a mí no hay quien me quite este lujo y cuando llegué a casa preparé todo lo del día siguiente con una lata en la mano, a la vez que recibí una noticia inesperada del departamento de producción: estaba en bancarrota. Era el primer día de rodaje y no me quedaban ni tres euros en mi cuenta corriente. Lo he puesto todo en este proyecto. Y aún así, no ha sido suficiente. Afortunadamente, gente como Jairo (con el apoyo de su productora Pixel Films) y amigos eternos que creyeron en el proyecto como Asier Guerricaechevarría, Joseba Gorordo o Ángel Zamanillo “Zama”, así como mi mecenas y padre, José J. Refoyo, habían invertido sus respectivos “Bin Ladens” para que ‘3665’ siguiera su curso y no hubiera complicaciones económicas. No recordaba lo duro que era esto. Con otra cerveza entrando por el gaznate, me vi como Coppola como cuando se metió en ‘Apocalypse Now’, sumido en la ruina, sin viñedos, pero con un duro rodaje por delante ¿Por qué preocuparse? Caí rendido para dormir otras cuatro horas, las necesarias para afrontar otra jornada intensa de trabajo. La que sería la más dura que he vivido en años.