martes, 4 de octubre de 2011

DIARIO DE RODAJE ‘3665’ (I)

01 de SEPTIEMBRE de 2011: El día antes
Las semanas anteriores a este día fueron un auténtico despropósito para el lógico equilibrio racional y la cordura. La enajenación mental estuvo a punto, en varios instantes, de apoderarse de mí y dejarme en un estado catatónico de por vida. Hubo problemas gordos, conflictos de todo tipo, especulaciones negativas y un sinfín de contrariedades que finalmente sólo tenían un único objetivo: hacer posible que el sueño llamado ‘3665’ se materializara en un cortometraje. Por eso, que se solventara todo el entramado de producción apenas unas horas antes de rodar definen que este proyecto iba a tener que ser una realidad frente a cualquier trance o dilema, superando obstáculos y sin oportunidad de pensar en el desaliento. La búsqueda de todo el material de iluminación por los confines que van más allá de este mundo, el trípode con cabeza O’Connor de los huevos, el generador que no fluctuase y que tuviera estabilizador para evitar picos de luz, luego que si no tenemos eléctrico, que hace falta un auxiliar de dirección, que si se cae esto y lo otro y hay que buscar por donde sea nuevas alternativas… me llevaron a tomar una decisión: había que recomponerse para llevar con estoicidad tanta oscilación hacia la locura.
Supongo que todo formaba parte de un siniestro plan ideado por algún villano para que aprendiese una nueva lección vital. Pero todo tiene un ‘happy end’ en algún momento. Con una cerveza en la mano, apaciguante néctar de lúpulo, los problemas parecen componer otra de esas macabras sinfonías que suenan a instructivas nociones de enseñanza práctica. Sin duda alguna, lo peor, la pesadilla del conflicto, la pugna con los elementos, había pasado. La noche anterior la preparación del personaje de Raúl Prieto, protagonista del corto, consistió en una distendida charla en algunos bares de Van Dyck poniéndonos finos a pinchos y cervezas, extendiéndose la noche hasta altas horas de la madrugada, recordando viejas hazañas y hablando pormenorizadamente del corto y la interpretación. Un efecto que provocó una bola de nieve en lo que concierne a dormir, ese verbo que se esfuma cuando hay que rodar. De eso, todavía me acuerdo. La hiperactividad no deja apenas un lapso de tres o cuatro horas en brazos de Morfeo para rendir al máximo en estas condiciones. No importa. Todo fuera por volver a vivir esa pleamar de emociones perdidas. Los nueve años desde que rodamos ‘El límite’ no han pasado en balde. Mis niveles de nerviosismo y desorden mental, llegaron a extremos jamás alcanzados, aplacándose cuando se acercaba el momento de la verdad: la liturgia de un rodaje.
Parte del equipo llegó sobre las cinco de la tarde. Por entonces, todavía estaba cerrando el dossier de rodaje, solventados ya los flecos más determinantes. Era el momento de terminar la confección del patrón de seguimiento que fui trabajándome exhaustivamente, hasta meterme en labores propias de ayudante de dirección y de otros departamentos que poco tienen que ver con la dirección o la producción. Es lo bonito de este tipo de proyectos pequeños sobre los que tienes un control total. Es la retribución a la indolencia nerviosa, el único modo de quemar adrenalina antes de la tormenta. José Ángel Soto (Jas para los amigos), ha sido un factor determinante antes y durante el rodaje (y lo será después) y sin él esto no hubiera sido posible. Un gran amigo y un valedor que no ha cejado en el empeño de que yo volviera a rodar. Su ahínco ha sido decisivo y su trabajo de aplauso colectivo. Tampoco hubiera sido posible sin el gran Jairo Iglesias, que se embarcó en la aventura con su productora Pixel Films, trayendo consigo desde Galicia el equipo de Red One, ese fantástico invento que concibió la imagen del corto y filtró todos nuestros deseos fotográficos con la mano maestra de ese mago de luz que es Álvaro Martín Blanco, el director de fotografía, el cual llegó con una acuciante debilidad de salud provocada por problemas estomacales que fue superando como un titán y realizando una labor totalmente encomiable. Un tridente perfecto que supuso la médula espinal de todo el engranaje dentro del equipo. Una última vuelta de reconocimiento por las dependencias abandonadas de Mercasalamanca, ese entorno post-apocalíptico que apenas hubo que atrezar para imponer una visión del futuro desolador que nos esperaba. Todo correcto. El plan de rodaje estaba medido, la definición de todos y cada uno de los apartados del rodaje meticulosamente adaptados a las condiciones de lo que sería un rodaje extenuante y a contrarreloj. Eran muchos planos para pocas horas de luz. Pero lo íbamos a intentar, porque tendríamos cuatro días por delante para exprimir lo mejor de un equipo que incluso un día antes no estaba cerrado, pero que fraguó un colectivo volcado en un propósito común.
La noche se echó encima dejando un par de jarras en el Bar Francia, junto a las localizaciones del corto, siempre con la atención y simpatía de Chuchi, memorable amigo de conversación inacabable y entrañable persona. Esperamos a que Dani C. Borrás hiciera un esfuerzo fraternal para que estuvieran listos los dossieres a todo color gracias a su trabajo desinteresado en su papelería Picasso. Perfectos. Jairo, Jas, Myrian y yo dedicamos las últimas horas pre-rodaje a dar buena cuenta de una suculenta cena en la mítica Pulpería de Paco, mientras Álvaro, en constante lucha contra la tecnología, seguía enfadado con su iPhone, mientras procuraba conciliar el sueño antes de la guerra. A mí, en cambio, me quedaban algunas horas para dejar preparado todo y que nada fallase. O eso deseaba. Ejercer como productor en todos los flancos es lo que tiene; pones dinero, no duermes, ordenas todo, procuras que no falte nada y estas a mil temas a la vez. Pero, qué cojones… al día siguiente iba a realizar un sueño tan esperado que aunque me hubiera clavado una estaca en la mano no la hubiera sentido. Las palabras sonaban en mi cabeza como una melodía, como una canción de cuna: “Mañana comienza el rodaje de ‘3665’”.