miércoles, 21 de septiembre de 2011

Review 'La piel que habito', de Pedro Almodóvar

La doble piel
Sin ser una gran obra, Almodóvar sorprende con una amalgama genérica, sombría y enfermiza, pero no logra sus objetivos con la concesión al humor marca de la casa.
¿El cine de Almodóvar ha cambiado? En apariencia, no. Pero está en pleno proceso de ello. Para el cineasta manchego la variabilidad de los complementos ornamentales que componen un todo indisoluble para sorprender con elaborada puesta en escena ya no es lo más importante. O al menos, eso se desprende de esta oscura y atormentada cinta que es ‘La piel que habito’. Inspirada en la novela de Thierry Jonquet ‘Tarántula’, arrastra al espectador a los infiernos de un cirujano sin escrúpulos, obsesionado con la creación de una piel perfecta desde que su mujer sufriera graves secuelas en un accidente y que retiene contra su voluntad a una víctima de su locura. Puede que estemos ante la cinta incómoda de su director, donde procede con una narración oscura y opresiva, llena de laberintos camuflados en apariencias.
La ambición de Almodóvar a veces supera su propia narración dentro de un universo multigénero, sumergido en la sinuosidad de alusiones fílmicas, autoconsciente de que todo este filme no es más que una contorsión referencial, una vuelta de tuerca genérica, de afectada complejidad, con la que va encubriendo sus verdaderas intenciones. Es como si tratara de un revestimiento que hay que superar para ir metiéndose en el entramado que evoca a una tradición deliberadamente clasicista y literaria de autores que van desde Evelyn Waugh a J.G. Ballard infectando su sentido moral hacia el cine de Hitchcock, Buñuel, Lang, Franju o coqueteos con el ‘giallo’ de Mario Bava o Dario Argento. En clave más ‘kitsch’, Almodóvar logra salvar la acentuación de su estilo para acabar dándole una vuelta radical a su forma de abarcar la multiplicidad de conceptos.
Si ‘La piel que habito’ se deja seguir con algo de atención, sin perder suspense e interés, es porque Almodóvar renuncia por completo al esperado autohomenaje con ornamento, a ese submundo floral donde todo se conforma para el lucimiento. Tanto estigma, sin embargo, no se diluye del todo. Y la consecuencia es un férreo sometimiento a su humor descolocado, haciendo dudar si se está tomando demasiado en serio todas las extrañas apariencias con las que juega dentro del relato o son parte de su macabro juego de humor subyaciente. La línea de la singularidad del ridículo y de la vergüenza ajena es muy fina y Almodóvar siempre opera al filo de la navaja. Es cierto que no puede desasirse de ciertos códigos privativos de su filmografía y es lo que, precisamente, hace que sus intentos de rebajar el ‘in crescendo’ con algún quiebro personal caigan en un humor involuntario que hace que ‘La piel que habito’ no obtenga toda la tenebrosidad que pretende Almodóvar.
Es lo que provoca que, dentro del caparazón de sorpresas que va anunciando el filme, deje algún diálogo o personaje bufonesco que se escapa al raciocinio (ese desconcertante Roberto Álamo vestido de tigre), giros inesperados (o no tanto) y soliloquios explicativos que desvirtúan la capacidad de seducción hacia unos derroteros más ordinarios a su cine. Lo que le salvaguarda en esta arriesgada apuesta es que sabe imprimir cierta autoridad sobre el desigual ritmo, lo que hace que las motivaciones de sus personajes, sus interconexiones con el pasado a modo de (cuestionables) ‘flashbacks’ y relaciones en un presente oscuro y ambiguo vayan sembrando el interés de un espectador que, más allá de un giro final bastante previsible, se pregunte por la capacidad del cineasta para ir dilucidando todos los requiebros que ha ido abriendo a lo largo de la película.
Podría decirse que lo más acertado de ‘La piel que habito’ es su complejidad formal y estructural, que utiliza dos tiempos de narración, donde presente y pretérito surcan la historia de forma paralela sin estorbarse entre ellas (y de paso, sin necesitarse la una a la otra), reconduciendo la belleza de su estilo para ponerla en función de la narración y no viceversa. Un ‘thriller’ psicosexual cuyos eventos están anclados en la sobriedad de una dirección que atiende a una severidad meticulosa, con la que Almodóvar dibuja un filme con supuestos paralelismos a otra de sus obras, ‘Átame’, en su condición de enfermiza fábula obsesiva que deviene en catálogo de referencias al amor, a la necesidad, al aislamiento forzoso o al síndrome de Estocolmo para mezclarlo con un espejo de máscaras que esconden arduos juegos de sexo y carnosidad, donde el poder tiene tanta importancia como la propia identidad.
La violencia entra de este modo coagulando un fondo perversamente atractivo, donde ambigüedad de una moral mal entendida va tejiendo la crónica de una venganza, que es la clave para componer el sorprendente puzzle que marca una inesperada transexualidad. ‘La piel que habito’ es una pieza de terror melodramático, más reflexiva que emocional, en la que lo cariscaturesco no le hace bien a sus objetivos dramáticos, si no todo lo contrario.
No es su mejor película, ni mucho menos. Sin embargo, podría decirse que este volteo temático en su cine impone una esperanza de cambio hacia unos confines inexplorados por el propio Almodóvar. Un director que busca la evolución y parece dejar atrás ese ombliguismo giratorio y estético que parecía haber corroído su progresión como cineasta. ‘La piel que habito’ puede verse como un punto y aparte donde el reencuentro con un Antonio Banderas totalmente neutral y diabólico y una Elena Anaya a la altura de las circunstancias rompe el tejido de las superficies, estilos e imágenes del director que deja una obra irregular, pero voluntariosa sobre la falta de ética, los traumas y la transformación y la resurrección. Elementos que, pese a ser comunes en su cine, se reactivan con el contacto de otros nuevos géneros dentro de un director acostumbrado a ofrecer a su público más de lo mismo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011