lunes, 18 de julio de 2011

Review 'Cars 2 (Cars 2)', de John Lassetter y Brad Lewis

Coches de saldo que no están a la altura
John Lasseter abandera esta continuación bajo unos conceptos exclusivamente mercantiles donde se olvida del espíritu de magnificencia que ha hecho de la factoría Pixar un criadero de obras maestras. ‘Cars 2’ es la cinta más impersonal de estos 25 años creando sueños.
Pixar cumple 25 años. El flexo del cortometraje ‘Luxo Jr.’ se viste de gala para aludir a tan magno acontecimiento dentro de una compañía que, unida a la todopoderosa Disney, ha ido malacostumbrado al público con un distintivo que las alejaba de todo lo hecho y por hacer hasta el momento de su nacimiento. Pixar se ha destacó desde su génesis por su singularidad, por la inalcanzable capacidad evolutiva que ha ido mostrando en cada obra maestra que iba hechizando al espectador sin perder el evidente gusto por lo clásico o por la épica de los cuentos infantiles. Desde ‘Toy Story’ y durante once películas la productora de John Lasseter ha concentrado en sus epopeyas un talento desmedido a la hora de transportar al espectador a ese estado de magia que parecía perdido en la animación, avivando la imaginación hasta cotas de fantasía pocas veces experimentadas dentro del género.
Pues bien, han elegido una onomástica tan importante como la consecución de su cuarto de siglo para evidenciar, primera vez en su historia, los signos de un agotamiento que no parecía tener cabida dentro de sus siempre sorprendentes proyectos. Sin que sirva de precedente, en Pixar ha imperado la comercialización, el negocio, el hecho de obtener un cuantioso lucro que evitara poner a prueba su autoridad, sin riesgo, acomodados en un factor de venta de un producto ya dubitativo que tanta rentabilidad les ha dado (‘Cars’ es uno de los productos estrella de la marca). El progreso de la fábrica de sueños pierde verticalidad desde su arranque, donde Finn McMissile, un elegante Aston Martin británico, protagoniza una de esas ‘set pieces’ que ostentan la capacidad digital de la compañía. En una plataforma petrolífera, un grupo de coches trabajan en una misteriosa arma secreta para el malvado y destartalado Profesor Z, avanzando lo que va a pretender Lasseter (acompañado en la dirección por Brad Lewis): una aventura con trasfondo de espías, de corta y pega del ‘thriller’ actual, sin ningún atisbo de gracia. Lo que viene luego es previsible; Rayo McQueen ha sido invitado a competir en el World Grand Prix, donde tendrá que enfrentarse a un arrogante campeón italiano de F1 llamado Francesco Bernoulli. En el entramado de la competición con olor a gasolina y neumático quemado, el eterno compañero de McQueen, Mate, avergüenza con su torpeza al bólido rojo y es confundido con un espía que sirve de contacto americano en la importante operación que da el sentido a toda la trama.
Existen dos grandes diferencias entre ambas cintas y que empobrece esa magnitud que Lasseter quiere conferir a su secuela; la primera y más importante, es que cambian las latitudes geográficas de la historia, lo que era un entrañable vistazo a las diferencias tecnológicas y sociológicas en una metáfora del mundo de la automoción entre la América Profunda y la cosmopolita, representada en la mítica Ruta 66 del pequeño pueblo Radiator Springs, ahora se pondera a una esfera internacionalizada, con Japón, Tokio y Londres como escenarios donde abordar el espectáculo y el rimbombante ruido de motores y carreras. Segundo, Rayo McQueen, el fenómeno más rutilante del comercio de juguetes de Pixar e imagen del éxito de la animación más allá de sus méritos cinematográficos, permanece en ‘Cars 2’ en un segundo plano, siendo esa oxidada grúa remolcadora llamada Tom Mate el que asume el rol protagónico de esta secuela venida a menos.
La función asume así su traducción taquillera en una secuela de continuismo cuesta abajo, formulado los errores de su predecesora dentro de un guión de alucinante esquematismo, que llega a traicionar tanto el espíritu de Pixar que queda como la película más floja y con menos carisma de todas las piezas de arte que ha dejado para la posteridad. ‘Cars 2’ se equivoca con su marchita condición de secuela aprovechada; en su estúpido juego al equívoco, sin acierto en su humor de ‘gags’ (como el de ver al Papamóvil introducido en sí mismo o chistes a costa de la cultura nipona o sobre la monarquía británica), con lo predecible de su narración desdibujada…
En vez de centrarse en un subfondo que puede considerarse como el mejor acierto de este ruidoso artefacto, como es la diatriba entre la gasolina tradicional y el combustible ecológico, que acaba con una férrea defensa y descarada a la prolongación de la extracción de crudo y el enriquecimiento de las petrolíferas ante alternativas en ciernes dentro de un ataque soterrado a Rusia y Arabia Saudí dentro de su plan de liberación global, Lasseter propugna un esperado discurso moralista y dulcificado sobre la amistad, sobre la importancia que tienen los golpes y las heridas en forma de abolladuras que hacen que seamos quienes somos. Algo que deja insatisfecho por ese tono de antojo del máximo responsable del sello, que encharca cualquier intento de modificación sobre las bases planteadas en su no tan catastrófica primera entrega. Ya entonces se vieron los primeros defectos, la debilidad de sus personajes, su condición de proyecto desarrollado con el único objetivo del ‘merchandising’.
A estas alturas, nadie va a escatimar en elogios a la prosopopeya digitalizada y visual de una cinta de factura intachable. Técnicamente, ‘Cars 2’ bien puede ser la más acabada de las películas de animación digital de la historia. Pero ya no es suficiente. Pesan demasiado sus personajes alejados de la empatía habitual, deshumanizados, sin ningún tipo del empuje emocional acostumbrado y despegados de la originalidad que han destilado los estudios amparados por la Disney en estos años de gloria.
Es la primera vez que Pixar compone una cinta que pasará con más pena que gloria, que devalúa este inaugural paso hacia la mediocridad y el bostezo de un filme olvidable, que reduce (esperemos que de forma frugal y anecdótica) esa marca de la casa situada con contundencia muy por encima de unas competidoras que, por primera vez en dos décadas, va a tenerlo muy fácil para superar la calidad anual. La factoría de sueños de Lasseter desciende a la muestra de un cine de animación volcado muchas veces en los adelantos técnicos por encima de sus guiones. Tanto es así que lo mejor de la película es ese corto titulado ‘Vacaciones en Hawai’, que trae a la memoria su última obra maestra ‘Toy Story 3’. ‘Cars 2’ es todo lo contrario.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
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