jueves, 19 de mayo de 2011

15-M: El día en que parte de España despertó del letargo sumiso

“Se reconoce el derecho de reunión pacifica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa”.
(Art. 21.Constitución Española).
Ya iba siendo hora de que en este país adormecido por la inopia y el conformismo sucediera algo. Una iniciativa de protesta que, al menos, invocara al hartazgo que supone el sentirse pisoteado por las fuerzas políticas y poderes fácticos. Por fin ha surgido un acto revolucionario popular en contra de los abusos de poder que sufre España desde hace décadas. Es hora de que el pueblo, siempre silenciado por intereses estamentarios, alce la voz y grite que está hasta los huevos de la crisis en la que nos han metido los mandatarios y banqueros. Estamos hartos del desempleo, del capitalismo autoritario y de la indeterminación de iniciativas derruidas por la imposición de los nuevos tiempos económicos. No se trata de una muestra de indignación, que también, se trata de una salida a la crispación general, a la impotencia, a la indiferencia con la que parece que se mira a la sociedad desde arriba, por el Gobierno y poder financiero.
En la actualidad la democracia ha perdido su sentido. Es un lema gubernamental vacío de contenido. El ciudadano es un producto despreciado y utilizado por aquellos mercaderes que se limitan a pedirle su voto, a malversarle con argucias legalizadas hacia el beneficio de los poderosos, de aquellos a los que la crisis les da igual porque viven con fanfarria a costa de los demás. Son buitres cuya oratoria empieza, por fin, a resultar fatua, engañosa y repugnantemente absurda. Ya nadie se cree las mentiras de los partidos, su juego de estafas y provecho. Por supuesto, como buenas aves carroñeras, dejan ver sus intenciones tratando de sacar provecho de estas protestas pacíficas, haciendo guiños inútiles a una masa que está hastiada con ellos. Vivimos tiempos en los que la acepción original de la palabra político ha quedado muy lejos de personificar un servidor público. Ahora los privilegios de sus cargos son los que ciegan con la codicia de un estatus seguro y sin obstáculos para subsistir con riqueza mientras se fomenta el desempleo y los recortes sociales.
El pasado día 15 de mayo algo cambió. Un grupo de manifestantes bajo el lema ‘Democracia Real Ya’ se plantó en plena campaña electoral, enmudeciendo las falacias y haciendo fuerte esa herramienta potencialmente libre y catalizadora de protestas y opiniones que son las redes sociales 2.0. Sin siglas ni posicionamientos ideológicos de ningún tipo, sólo el de expresar el derecho a quejarse cuando el sistema oprime a una ciudadanía perdida en la desesperación de un futuro incierto y un presente asfixiante. La Puerta del Sol de Madrid se instauró como centro neurálgico de la reprobación colectiva contra el sistema con la intención de despertar la conciencia social para salir del aletargamiento y persuadir a los votantes a unirse a la causa de indignación. El 15-M no fue un domingo como otro cualquiera. La disidencia participativa cuestiona con rabia el régimen político que se nutre del ciudadano para su propio usufructo. Ya está bien de tragar con todo, de callarse, de someterse a los edictos gubernamentales. A los partidos políticos les ha salido un grano en el culo, independientemente de la inclinación partidista que promuevan. Centenares de miles de personas repartidos por más de sesenta ciudades se manifiestan por toda España como símbolo de protesta por la situación que vive el país. Un grupo de jóvenes y no tan jóvenes, gente heterogénea que vive con sufrimiento y expectación una maltrecha situación económica y laboral, decidieron de una vez mostrar su rechazo por la fuerza política y manifestar su sentimiento de desilusión y rechazo.
Da igual que los medios de comunicación ninguneen la iniciativa, cuestionando y poniendo en tela de juicio su validez y determinación. En todo caso, la jugada les está saliendo mal. A nadie le importa lo que digan esas noticias cada vez más carentes de deontología y verdad, también movidas por intereses. En este momento y en lo sucesivo, la ‘mass media’ ha dejado de ser necesaria porque la comunicación ha cambiado de tal forma que ahora mismo la información más fidedigna llega de la mano de las personas que están dentro de la actualidad. Ahora los medios son el propio pueblo gracias a Internet y su revolucionaria inmediatez. Por supuesto la policía es también otra herramienta de acallamiento, esta vez contra las voces disconformes. Si algo molesta e inoportuna se ejerce con la fuerza y la violencia, con la pretensión de desalojar los campamentos y silenciar voces. No es suficiente. Ayer se vivió una de las jornadas claves, cuando la Junta Electoral de Madrid consideró “que la petición del voto responsable puede afectar a la campaña electoral”. Puro esperpento que concreta de qué forma se vive en este país, donde desde las altas esferas consideran que el levantamiento de voces expresando su opinión y malestar incurre en un delito electoral. Así estamos. Con prohibiciones señaladas por unos magistrados que han dado entender que lo que el pueblo considere es inadecuado, tratando al ciudadano como escoria, como marionetas sin voz ni voto, paradójicamente días antes de unas elecciones. Entonces… ¿para qué sirven unas elecciones sin votantes?
Muchos consideran que todo esto sólo será un resentimiento transitorio. Sin embargo, el espíritu reformista y esta diatriba contra la mediocridad infame de la clase política y sus partidos debería ser un enfado embrionario que vaya a más, que desemboque en un cambio necesario ante ese bipartidismo funesto e insustancial que vivimos. Un cambio en la manera de hacer política y de tramitar la democracia. Lo que está sucediendo estos días es la ejemplificación y consolidación del descontento. Hoy el gran poder es el económico, el que absorbe y erosiona las bases del mundo. El responsable de que los diferentes órganos sean capaces de abstraerse de su influencia. Los bienes públicos sirven para enmendar los errores privados. A eso hemos llegado. Hay que luchar, por ende, contra la ignorancia, la desidia intelectual, la inconsciencia social, el automatismo o la irreflexión. Hay que eliminar la propaganda política que pretende utilizar al pueblo para oscuros intereses de políticos (corruptos y no corruptos –hoy en día apenas hay diferencias en las formas de robar-) y del poder financiero. Es la necesidad de alcanzar el sueño de construir un presente que quede fuera de las sucias manos de aquellos que, desde su despacho, se llenan los bolsillos con las esperanzas de la gente.
Esta iniciativa de rebeldía e insubordinación no debe caer en saco roto. No debe ser flor de una estación efímera que se recuerde como un “pudo ser”. Este sentimiento de furia no debe ser como un eslogan de camiseta o como una tentativa sin respuesta. No hay que dar nada por perdido, sino que se debe seguir aquellas teorías de Spencer, Tocqueville, Jefferson o Hayek en la búsqueda de una arriesgada propuesta utópica que encuentre en la destrucción de los símbolos políticos y estatales un designio final y válido: el de movilizar a la sociedad y recordar al colectivo, a la gran masa, que los ciudadanos somos los auténticos y únicos preceptores de un destino que nos pertenece y que debe destruir esta actualidad donde el Estado del Bienestar es un espejismo que ampara la corrupción de esos grandes estamentos que siguen riéndose del pueblo y que lucra banqueros, industriales, políticos y multinacionales. Hay que reivindicar nuestros derechos sin idealismos y conscientes de que la multitud bien organizada puede lograr sus objetivos. Al menos, que no sea por intentarlo.