viernes, 1 de abril de 2011

Review 'Nunca me abandones (Never let me go)', de Mark Romanek

Cobayas humanas con fecha de caducidad
Basada en la novela de Kazuo Ishiguro, la película de Mark Romanek, bajo una atmósfera de tristeza y desesperanza, se centra en la frialdad con la que unos jóvenes llenos de vida aceptan y afrontan su condición de vidas de reemplazo.
La historia que nos ocupa se basa en el libro de Kazuo Ishiguro, autor de ‘Lo que queda del día’, ofreciendo un relato futurista ubicado en el pasado o en una hipotética realidad alternativa que anticipó en la década de los 50 el éxito de clonación y que amplificó su efectividad hasta la clonación humana. ‘Nunca me abandones’ se presenta alejada de cualquier explicación al respecto. No hay necesidad de hurgar en el cómo y el cuándo. Directamente nos sitúa en Hailsham, uno de esos colegios privados ubicados en un apacible bosque alejado del mundanal ruido. Allí se adoctrina y educa a un grupo de niños que asumen su encierro con normalidad, sin saber que son “dobles” creados en un laboratorio para ser donantes, reproducciones destinadas a merced de quienes necesiten de sus órganos.
Con esta inquietante trama, Mark Romanek pone en imágenes el triángulo amoroso de Kathy, Tommy y Ruth en un pasional trayecto donde los celos y la incógnita de una vida sin preguntas que profundiza en la personalidad divergente de sus roles; el de una chica intuitiva que quiere saber la verdad y ejercer de “cuidadora” en el agónico proceso de donaciones, un joven rebelde que bajo sus enfados vislumbra un futuro interrumpido y el de la envidiosa joven que se interpone entre ellos y se queda con el fugaz amor que podría haber tenido la pareja. La normalización del colegio, el día a día y su fluir rutinario se rompe con la llegada de una nueva profesora que les abre sus ojos ante su condición de cobayas humanas con fecha de caducidad.
Se construye una compleja arquitectura humana sobre una realidad alternativa de significado traslaticio y alegórico que abarca múltiples lecturas sobre el contexto y las metáforas dentro de una fábula que debe catalogarse dentro del género fantacientífico o de la propia ciencia ficción. Sin embargo, el subfondo de manipulación genética y convivencia distópica que encierra el monástico automatismo que llevan los críos dentro del colegio es sólo una excusa para describir la relación de Kathy, Tommy y Ruth y su relación con el mundo y con sus propias interrogantes. La amistad, el amor, la separación y la sombra de la muerte son requisitos que se superponen al entramado de prosperidad artificial y disfuncional. De este modo, el destino funesto, la pérdida de la infancia y la juventud y la consunción de un tiempo concreto abren el camino a un drama trágico y lírico, enfriado a propósito por un declive humano hacia la insensibilidad y el egoísmo, donde los protagonistas no son más que conejos de indias al servicio de sus clones, de aquellos que necesitarán un recambio de estos repuestos y cuyos sentimientos y miedos se equiparan a las de cualquier persona normal.
Romanek atempera la inminente tragedia con un estilo reposado, incluso anémico, que sabe transmitir la sensación del fluir temporal del relato de Ishiguro, con un carácter evocador y sosegado, elegante y distintivo a la hora de acoplar esa estética grisácea y triste al transcurso de una trama hermética y despojada de efectismos ni afectaciones. A veces, da la sensación de que sucumbe en exceso a un academicismo que vulnera la pasional tragedia de los protagonistas con demasiada frialdad en el recorrido vital de sus cobayas humanas, pero es la actitud visual necesaria para hacer verosímil todo el proceso de evolución de estos personajes que van dejando partes de su cuerpo hasta “finalizar” su función en este mundo, sólo dejando aflorar la emotividad cuando se descubre que puede haber una ilusoria fase de aplazamiento si alguno de los clones de demostrar un amor verdadero.
‘Nunca me abandones’ formula su habilidad en el detallismo con el que se acerca con fidelidad a su referente literario, en ese miedo infantil; la pelota que se acerca demasiado a ese confín impuesto por el miedo, a esas fichas con las que los niños compran en un mercadillo de juguetes y objetos obsoletos, el casete con la canción que da título al filme, el caballito que metaforiza el ansía de libertad o el barco encallado en una playa otoñal como las circunstancias vitales de estos cuya expiración está muy cerca. Alex Garland, el guionista ‘La Playa’ y ‘28 días después’ sabe sintetizar el espíritu de las páginas de Ishiguro y deja a un lado el cuestionamiento existencial sobre el sentido de la vida para imponer con frialdad el núcleo trágico de la película, que no es otro que la frialdad de unos jóvenes llenos de vida que aceptan y afrontan su condición de vidas de reemplazo. En la orfandad existencial de estos seres sin futuro no hay lugar para la rebeldía, porque acatan con resignación la adversidad de su naturaleza.
Un aspecto simbólico que parece adecuarse a los tiempos que vivimos, donde el conformismo ampara una sumisión acomodaticia que afianza las cadenas de una realidad alterada y rodeada de simulacros. De ahí, que en el colegio Hailsham se realicen ejercicios de sociabilidad donde los niños sólo saben repetir las frases del que antecede y que queda patente en el mundo exterior, cuando llega la hora de decidir el menú para comer. No son capaces de interpretarlo porque no han sido enseñados a pensar por sí mismos, admitiendo su carácter torpe en cuanto a su relación con el entorno. Se transmite así la terrible realidad de estos jóvenes descontextualizados con una misión que cumplir. En el camino dejarán ilusiones, capacidades artísticas, amores y una vida coartada por su intrigante índole. ‘Nunca me abandones’ remite con ello a ese deseo de libertad y vida, de dilatación existencial que proponía la clásica ‘Blade Runner’, de Ridley Scott. Aquí, como en aquélla, todos los momentos están destinados a perderse como lágrimas en la lluvia, al orquestar un universo de cómplices y víctimas que conviven separados en una sociedad que ampara el sacrificio de estos elementos sustitutivos a favor de un bien supuestamente común donde el egoísmo y la carencia del alma son sus cuestionables distintivos.
‘Nunca me abandones’ tiene la esencia de las fábulas morales con una ficción especulativa que subraya los riesgos de manipulación y donde hay que reconocer a las personas como fines en sí mismos más que como simples medios. Una magnífica cinta puntuada con la atmósfera de tristeza y desesperanza que Romanek logra gracias a esos paisajes llenos de luctuoso embrujo fotografiados por Adam Kimmel o la intensa partitura de Rachel Portman que roza lo poéticamente trágico en esa incertidumbre de un final pesimista y desolador, tan hermoso como cruel y melancólico de una distopía naturalista y creíble. Como esa conversación demoledora ante Miss Emily (Charlotte Rampling) en la que se observa el raciocinio residual de comprensión hacia unos seres que, lejos de resultar monstruosos por su naturaleza clónica, dejan la percepción de inocencia, de idealismo humano, marcado por ese injusto destino de sacrificio y entrega a una causa incomprensible.
Tampoco hay que olvidar la fuerza de dos prometedores talentos de carácter demostrado; Carey Mulligan y Andrew Garfield aportan el temple dramático necesario para no forzar el melodrama en el que sí cae una desacertada Keira Knightley. No obstante, los tres saben aportar la intensidad lacónica de un discurso reflexivo y didáctico sobre las profundas cuestiones que se ciernen sobre ese mundo inhumano que crea vidas para aprovecharse de ellas en beneficio de otras y del que, en estos momentos, no estamos tan lejos como creemos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
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