martes, 21 de diciembre de 2010

Los peligros de la polémica "Ley Sinde"

Hoy es un día fundamental para los que utilizamos Internet. La “Ley Sinde”, ese proyecto de censura autocrática de Internet escondida dentro del proyecto de Ley de Economía Sostenible, puede afectar, y de qué manera, a un país que vive en continuo ‘offline’. Es el momento de saber si esta Ministra de Cultura*, títere de marionetas, empecinada en un tema único como son las descargas legales y la mal llamada “piratería” (aquélla que no se lucra en el sistema de compartir información y archivos entre usuarios), tiene vía libre y despotismo para ejercer la dictadura dentro del mundo virtual. De este modo, el futuro de la comunicación internauta sería mutilado, despojado de su esencia y su sentido, poniendo en seria duda cualquier tipo de libertad y haciendo que esa colaboración masiva que supone la red, de libertad para dosificar información global deshaga los nudos de la cultura y sirva para derribar la universalidad a favor del dominio y control político. Lo que nos faltaba.
El hecho de anular la independencia y el albedrío que existe en la red, con un control exhausto por parte del Ministerio de Cultura y la Audiencia Nacional, convertiría en un caos un tema que no es en absoluto baladí. Por supuesto, aquellas páginas que se lucran con la difusión de material con copyright deberían haber acabado hace años. Pero el problema no es ése. Esta ley impositiva también afectará a la red P2P con páginas en la que se comparte información de una manera libre, descentralizada y pública. Después llegaría el cierre de otro tipo de páginas molestas a sus intereses o que discrepen con tipos de decisiones o actitudes, alcen la voz o contengan información que a los gobiernos no les interese que se difunda. Es el germen de la auténtica y peligrosa distopía totalitaria, el nuevo modelo de absolutismo dentro de la cada vez más debilitada y ridícula democracia. Esta forma de control gubernamental anularía el Estado de Derecho que tanto fomentan y amparan. La libertad de expresión y de opinión está, si se diera efecto a este proyecto, muy por debajo de esa cuestión que pone como factor de importancia a la gente que ve películas o escucha música de una forma gratuita. Parece que es lo único que importa aquí ¿Por qué? Porque existen una serie de empresas yanquis muy poderosas capaces de mover a países a su antojo con tal de salvaguardar sus imperios económicos.
Esa parece ser la razón: una imposición servilista de los intereses yanquis, con la subordinación definitiva de nuestro país al imperio norteamericano, que ha utilizado a un rostro reconocible encantada de conocerse así misma como es la guionista que prefirió retirar su nombre del “peliculón” ‘Mentiras y gordas’ (paradójico título que se identifica con la actual situación gubernamental) para consolidar esa idea de malversación interesada con acciones legislativas que protejan la supremacía financiera que hace que el poder supremo sea ejercido por un reducido grupo de personas que han llevado a la crisis en la que estamos. Gracias a Wikileaks se pone en evidencia que las presiones de la industria cultural acerca de Internet están ordenadas por ese dominante imperio autocrático con el resto del mundo que es Estados Unidos. Se han filtrado vasos comunicantes diplomáticos en los que se amenazaba a España con incluirla en una “lista negra” si no establece una legislación para controlar y fragmentar la libertades de la red. A las entidades de derechos de autores y editores, junto a las multinacionales de la industria cultural, le beneficia todo esto. No porque sea positivo o mejore su situación, sino porque así no tendrán que renovarse y adaptarse a las exigencias de la evolución internauta. España está demostrando, una vez más, que es un país torpe y inepto. La inclusión de este modelo censor para la antidescarga desubicada dentro de un contexto que basa su interés en transformar el ideal productivo para enfocar el futuro de un país una de las peores crisis de su Historia es, como mínimo, cuestionable. Seguimos siendo, queramos o no, un país de pandereta. Dejemos que los gobernantes la toquen, cantando un villancico que se ría de nosotros en nuestra puta cara.
* En la foto, la Ministra Ángeles González-Sinde posa con Mayor OREJA.