viernes, 26 de noviembre de 2010

Review 'Scott Pilgrim contra el Mundo (Scott Pilgrim Vs. The World)', de Edgar Wright

Acción y romance en 16 bits
A medio camino entre el manga y el tebeo ‘underground’ Edgar Wright adapta la serie de cómics de Bryan Lee O´Malley que tiene como objetivo despertar el guiño copartícipe con el espectador a la hora de vivificar en imagen el hálito del cómic nostálgico y el universo de la consola.
Llevar a la gran pantalla una adaptación de la serie de cómics de Bryan Lee O´Malley ‘Scott Pilgrim’ no era un reto asequible. La enloquecida libertad creativa, con enfoque juvenil de las relaciones interpersonales entre jóvenes que sonsacan la nostalgia de los amores cruzados de su indeciso protagonista se nutre de cierto grado de arqueología reciente que se tiene que mostrar como actual. Algo complejo. He ahí donde reside su éxito, en encopetar la cultura ‘pop’ hasta el extremo y el dinamismo de un universo destinado a representar (o al menos, intentarlo) a esas generaciones de veinteañeros y treinteañeros influidos por la simbología definitoria de las corrientes circunscritas al cómic, la música rock, la televisión, el cine, pero sobre todo, los videojuegos de hace dos décadas. A medio camino entre el manga y el tebeo ‘underground’ donde el gusto por el recuerdo en forma de peleas y estados de ánimo sentimentales, el filme de Edgar Wright se muestra como un catálogo cinematográfico de esta raigambre donde la comedia romántica se contradice a cualquier signo de homogeneidad en sus convulsiones argumentales, evolucionando hacia un absorbente y surreal universo electrónico de luchas, acción, humor y celebrado caos donde todo es posible. Y todo, gracias a la ingeniosa destilación de Lee O´Malley y su atractiva creación.
‘Scott Pilgrim contra el mundo’ presenta a un entrañable chaval que no tiene trabajo y vive con un compañero de piso, abiertamente homosexual y de gran calado pragmático en sus discursos. Tampoco tiene muchas perspectivas existenciales más allá su afición a los videojuegos y el rock que fomenta con su banda “garage” Sex Bob-omb, en la que ejerce de bajista. Sueña con triunfar en el mundo de la música, mientras, sale con una atractiva ‘chinorris’ de diecisiete años que viste de colegiala y va al instituto. Todo parece estable. El conflicto se presenta con la llegada de Ramona Flowers, una ‘rollergirl’ con pelo de colores a la que ve en sueños, para posteriormente descubrir en la vida real. Una sugerente ‘femme fatale’ que, estéticamente, podría estar entre el ‘punk’, el ‘grunge’ o un aire de modernilla tan proclive en estos procelosos tiempos desorientados que vivimos. Su pasado amoroso tiene algo mucho que decir dentro del argumento y si Scott quiere ganarse a esta misteriosa chica, deberá vencer al peligroso catálogo que componen cada uno de sus malvados siete ex novios.
Con ello, Wright bucea en una historia que, de entrada, no representa ninguna novedad. Hasta se podría decir que el filme responde a la redundancia genérica: el aparente perdedor que va superando obstáculos hasta hacerse con el respeto de todos y ligarse a la chica de sus sueños según va aprendiendo a encontrar la autoestima y luchar por lo que cree con la mayor dignidad posible ¿Hay algo de original en esto? Obviamente, no. Entonces ¿qué es lo que hace al tercer largometraje de Wright tan fascinante? Pues precisamente una lucha contracorriente en la constante búsqueda de una intuición que evoluciona cuando la personalidad del joven avanza en su lucha interna y externa por el amor de esa chica, respondiendo muchas veces a la incoherencia alucinatoria de un chico de su edad. Por eso, esos sueños extraños, anticipatorios o sus encuentros fortuitos con unos y otros responden a una fantasía liberadora de una juventud que se sale del patrón y los convencionalismos. ‘Scott Pilgrim’ tendría en común con la maravillosa ‘Kick-ass’ su voluntad de acercamiento a la realidad del submundo juvenil sin alardes ni estereotipos, sabiendo cambiar de rumbo, en el mismo instante en que se convierte en una enloquecida propuesta posmoderna que esconde una temática juvenil reconocible, cuyo nivel emocional se superpone a la acción virtualizada. Pese a que la estructura interna responda a la asociación inevitable con los juegos de plataformas donde enfrentarse a villanos cada vez más poderosos para lograr ganar la partida, nunca pierde de vista esa correlación de los personajes entre sí, de voces discordantes y consejeras o, en último término, la que domina el alma del personaje principal, el primer y platónico amor apasionado de un ‘freakie’ entrañable.
Un cineasta como Edgar Wright, que ha sabido oxigenar sus revisiones genéricas reinventando la perspectiva del universo zombie con ‘Shaun of the Dead’ y explotar todos los clichés de acción y género policiaco de las ‘buddies movies con ‘Hot Fuzz’, se ha puesto como reto revisar la comedia adolescente, por lo que debía erigirse, cuanto menos, como la posibilidad de adaptar los ingredientes de ésta con una iniciativa visual totalmente diferente a lo visto hasta el momento, para no ruborizarse al extraer el sustrato infantilizado de los videojuegos y del fondo emocional, que suponen la verdadera identidad del conjunto. Así, ‘Scott Pilgrim’ conjuga con gran habilidad innumerables referencias de un pasado y de un presente igual de anacrónicos que novedosos entre sí, que tienen como punto común despertar el guiño copartícipe con el espectador a la hora de vivificar en imagen el hálito del cómic nostálgico y el universo de la consola de 8 y 16 bits, fusionando la significación del efectismo y el exceso con un detallismo de ambos lenguajes sencillamente delicioso.
La difícil captación del espíritu del cómic se vuelca en una pirueta estética y formal dentro los códigos cinematográficos, que se ajustan a los parámetros necesarios para que esta actitud resulte deleitable. Por eso, para Wright es fundamental la anarquía de ambos lenguajes, mezclando con locura todo tipo de onomatopeyas del cómic a la pantalla (el uso descriptivo de una llamada de teléfono, de corazones edulcorados emergiendo en escenas de amor o ese ‘queco’ que aparece en una esquina cuando se gana una vida extra), amplificando los dispositivos del cómic mediante el uso del ‘split screen’, alusiones gráficas a todo el mundo del videojuego o la utilización de los efectos digitales para potenciar la identificación de las luchas con la de una pantalla de sala de juegos recreativa. Sin olvidar el presente, al sugerir los nombres, estados y edades de los protagonistas en destacados ‘pop-ups’ para información del espectador e ir dejando claras cuáles son las intenciones del filme.
Es la forma que tiene Wright de articular una comedia sobre las bases de preferencias del pasado con inquietudes de hoy en día, en la que momentos al estilo ‘Tekken’, ‘Street Fighter’, de esencia “Nintendo” o “Atari” identifican el desasosiego amoroso del Pilgrim en un subfondo de ‘arcade’ que va superando en la descripción visual de esas victorias en las que los enemigos, una vez derrotados, se convierten en monedas y en puntos a sumar. La diversión no se centra tanto en quién gana o pierde la partida, el interés por la chica o las confrontaciones o la intervención de sus secundarios. El juego sobre la vida y decisiones del protagonista es lo que importa, al utilizar como excusa las acrobáticas cabriolas de todo tipo y condición que destierran esa grafía de imposibilismo computerizado. El método de Wright funciona. Logra transmitir esa absurda adrenalina que acompañaba a los triunfos del héroe sobre el enemigo en aquellas pachangas de ocio nostálgico.
A ‘Scott Pilgrim’ hay que agradecerle su impagable agilidad, de espíritu divertido, que revierte directamente a un estado de ánimo contagioso y colorista, que obliga al público a cohabitar en una esfera tan extraña como apasionante que va más allá del innovador ejercicio de superficialidad de la cultura popular y sus reconocibles iconos. Se trata de una invectiva dentro del siempre arcaico género de la comedia romántica. Una experiencia diferente y disonante que ilustra una variación en los componentes del cine independiente con objetivos o ‘targets’ muy delimitados gracias a esa atrevida mezcolanza de símbolos de la cultura ‘pop’ referenciales. La cinta de Wright es un ejemplo de película arriesgada y voluntariosa, tan delirante como reconstituyente. Una loa a la invención, a una libertad que fluctúa entre el tono ‘nerd’ y el ‘comic-book’ con esencia genuinamente ‘geek’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Los Otros Dos (The Other Guys)', de Adam McKay.