viernes, 28 de mayo de 2010

Review 'Two Lovers (Two Lovers)', de James Gray

Rígida melancolía y poética sensorial
La dotada personalidad cinematográfica de James Gray es capaz de trazar una fascinante construcción introspectiva a unos personajes inmersos en una tragedia anímica con oscilaciones afectivas hacia las soluciones erróneas.
Con sólo cuatro películas en su filmografía James Gray se ha confirmado como uno de los directores más interesantes del cine norteamericano de la última década. Su condición contracorriente, su pulida estética y metodismo fílmico abogan por la verdadera libertad creativa para plasmar historias alejadas de cualquier convencionalismo, sin dedicarse a descomponer el género en el que aplica su depurado estilo formal, pero partiendo de sus bases a la hora de reflejar en pantalla sus planteamientos narrativos. Tachado por parte de la crítica como ‘posmodernista’, aunque lo hagan en un extremo mucho más moderado que a cualquier “auteur” que se separe de las líneas prescritas por Hollywood, Gray ha sabido distanciarse de las etiquetas, determinando sus rasgos a una agradecida heterogeneidad enfocada hacia un tono minimalista, en el que exponente de contención e independencia se basa en la discreción y el ‘antiefectismo’, convirtiéndose en un ejemplo de cineasta arriesgado e inclasificable.
Para ‘Two lovers’, cinta que llega con dos años de retraso a las pantallas españolas, James Gray toma la novela corta de Fiodor Dostoievski ‘Noches blancas’ como vínculo dramático para contar el conflicto de Leonard Kraditor, un personaje oscuro y bipolar, incapaz de virar el rumbo de su rutinaria vida que intenta torpemente suicidarse al comienzo de la cinta. Su actitud cobarde y sus fantasmas interiores no le dejan saber muy bien qué es lo que quiere en esta vida, permaneciendo atormentado con una traumática relación perdida con su ex prometida. Leonard vive con sus padres en Brighton Beach víctima de sus propias obsesiones entendidas como mala suerte. En un esfuerzo por lanzar algo de luz a su vida, sus padres, Reuben y Ruth, le presentan a Sandra, la hija de unos amigos que se dedican a la limpieza en seco con la que parece conectar en seguida. Sin embargo, Leonard conocerá simultáneamente a Michelle, que vive en el mismo edificio de apartamentos. A partir de ese momento, los acontecimientos se bifurcan en dos opciones bien distintas.
‘Two lovers’ urde desde el comienzo un drama cuya materia gravita constantemente en la importancia de las decisiones, pero a la vez en la dualidad, en la disyuntiva de una condición ética y existencial propuesta a un joven perdido en su frustración. Por un lado está la morena Sandra, como mujer ideal cuyos principios sentimentales se ciernen a la coherencia y al amor recíproco. Ella posee un perfil clásico de mujer amante y sumisa, comprensiva y tierna. El escenario familiar y rutinario que tanto apesadumbra al protagonista. Por el otro, Michelle es la imagen idealizada y turbadora de un sueño inalcanzable y, a su vez, una vía de escape, la libertad que promete una vida alejada de la herencia familiar de un negocio aburrido. Dos ideales confrontados, el amor pragmático desagraviado contra el platonismo de otro no correspondido, puesto que Michelle está enamorada de un hombre casado que no cumple su promesa de dejar a su familia por ella. Es la falta de decisión de Leonard y la de Michelle lo que les une, lo que un momento concreto del drama atisbe una felicidad ilusoria y una liberación hacia la autonomía vital.
Con todo ello, Gray va trazando una fascinante construcción introspectiva al alma de sus personajes, siempre en los límites contextuales y temáticos de los melodramas sentimentales, sin exceder en emociones, vinculando el sustrato dramático a la tranquilidad y a la madurez con la que fluyen los comportamientos de esos seres heridos, que subsisten entre su fragilidad y sus anhelos, que necesitan, en definitiva, aferrarse a una relación. Por poco futuro que ésta pueda tener.
En ‘Two lovers’ destaca el uso de los fundamentos del realismo naturalista para avivar un extraño halo de clasicismo que empapa cada uno de los fotogramas de este fantástico filme. El resultado es la consumación de una rígida melancolía, de una poética sensorial que responde a un cine que ya no se hace. A veces, Gray imprime cierto grado de frialdad, convenientemente adecuada a las necesidades narrativas, con un cromatismo de apariencia caduca y neutra, donde el escueto intimismo estético se pone de manifiesto con el gran trabajo de Joaquín Baca-Asay en continuo contraste de interiores de luz templada y acogedora con los exteriores de tonos azulados y urbanos.
Otro de los grandes temas sobre los que gira la fimografía de Gray es la familia. Y en ‘Two lovers’ vuelve a ser imperante la importancia argumental con la que se resuelve el drama. La familia de Leonard serviría para granjear esa falsa seguridad en la que parece vivir el problemático joven, desdoblado con la promesa de un futuro mejor en el momento en que comienza a salir con Sandra, puesto que el padre de ésta promete una fusión de empresas y de familias. Aquí, todo el mundo en la película quiere lo mejor para sus hijos, ya que el padre de Sandra vislumbra un futuro prometedor a la pareja, pero nunca poniendo a su hija como parte de un trato con su futuro yerno. Y la madre, sobreprotectora y cautelosa, que quiere ver cómo su único hijo aproveche la oportunidad de construir una familia sólida a partir de sus raíces. Lo que no quita para que, en un instante crucial del filme, asuma las decisiones erráticas de su vástago si con ellas será feliz. Es una secuencia magnífica, donde la matriarca, que ha sido descrita como algo celosa y preventiva se revela como una persona capaz de volcarse por medio del amor, la comprensión y la lástima hacia su hijo.
Gray sabe disponer de todas las aristas y pautas del melodrama sin ninguna superficialidad, desnudando las sombras de quienes están inmersos en tan infortunado trance. Tiene tintes de tragedia anímica con oscilaciones afectivas hacia las soluciones erróneas. Y no se olvida de puntuar geográficamente la personalidad de su narración, haciendo de ese contexto neoyorquino de Brighton Beach, en Brooklyn, al que el realizador es tan afín, un espacio de reclusión del que escapar. La labor guionística de Richard Menello y del propio James Gray rezuma verdad, auspiciado por la sobriedad con la que se entregan los personajes a una trama diáfana, sin recovecos a las sorpresas o los puntos de giro inesperados.
No sería un filme tan sobresaliente sin la riqueza de unas interpretaciones que exteriorizan una ostentación de mimo por parte del realizador. Joaquin Phoenix prevalece como un actor magnífico, capaz de provocar todo tipo de sensaciones muy bien compensadas por la armonía de Vinessa Shaw y la magnética inestabilidad que deja ver una inspirada Gwyneth Paltrow, así como los secundarios, Moni Moshonov, Isabella Rossellini, Bob Ari o Elias Koteas, artífices de algunos de los momentos más importantes de la cinta.
A simple vista, ‘Two lovers’ podría verse como un itinerario parsimonioso por los problemas emocionales que invocan irremediablemente a la melancolía y a la angustia. Lo es. Pero también es una disección sobre los cimientos del deseo, su naturaleza y sus riesgos, que no olvida el destino marcado por la coherencia. Mientras medita con el lirismo, también engrandece su estela al desfilar por la humildad y sencillez con la que está narrada esta sugestiva obra. La misma que se concentra en la cruel realidad de una azotea, donde dos almas a la deriva están destinadas a un final infeliz.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Prince of Persia: The Sands of Time), de Mike Newell.