viernes, 2 de abril de 2010

Review 'Green zone: Distrito protegido (Green Zone)', de Paul Greengrass

Las mentiras de una guerra ilegal
Nueva visión sobre el conflicto de Irak, la cinta de Greengrass utiliza el campo de batalla como contexto muy adecuado a su visceralidad como cineasta en una oportunista crítica progresista que ha llegado muy tarde en su distancia respecto a los acontecimientos.
En 2002 la crisis del desarme iraquí sirvió como pretexto para la invasión de Irak que se llevó a cabo marzo de 2003. Encabezada por George W. Bush y una coalición de países en la que ejercieron de prosélitos, entre otros, el primer ministro británico Tony Blair y de ‘perrito faldero’ José María Aznar, por aquel entonces presidente de España, se inició una guerra preventiva para desarmar a Irak con la excusa de que en el país se escondían armas de destrucción masiva, conocidas con las siglas ADM. La idea era acabar con Saddam Hussein y su respaldo al terrorismo internacional y con ello lograr la libertad al pueblo iraquí. Actualmente, la guerra prosigue y desde una perspectiva objetiva, aquel ataque llevado a cabo por la Administración Bush y las medidas adoptadas para justificar la guerra ensombrecieron las distinciones morales, legales y políticas dentro de las leyes universales contra la agresión.
La guerra de Irak ha sido, por tanto, un conflicto basado en imperdonables mentiras y conducida con unos intereses destructivos y económicos que violaron el tradicional ‘jus ad bellum’, poniendo en evidencia al ejército marine cuando los culpables señalaban a los que dirigieron las operaciones desde los despachos en un conflicto donde los yanquis ocuparon el país, intentaron infructuosamente instaurar un nuevo gobierno de transición y tener así el control, pero que todavía no ha terminado. Y no da indicios que así sea.
‘Green Zone’ arranca con el ejército americano siguiendo minuciosamente los preceptos de vulneración de la resolución 1441 aprobada para llevar a cabo las inspecciones ordenadas referidas a la existencia de armas de destrucción masiva. Obviamente, los marines no encuentran tales armas. El nuevo filme de Paul Greengrass se centra en el subteniente del ejército marine Roy Miller y su equipo, que busca las inexistentes armas en una espiral de falsedades llevadas a cabo por su gobierno y el servicio secreto. En un terreno desconocido, a este heroico soldado inmerso en una conspiración que amenaza a todo un país lo único que empieza a importarle es descubrir la verdad. Basada en el libro ‘Imperial Life in the Emerald City: Inside Iraq’s Green Zone’, de Rajiv Chandrasekaran, ex corresponal del Washington Post en Bagdad cuyo guión ha llevado a cabo Brian Helgeland, ‘Green Zone’ aporta una mirada mucho más crítica al conflicto y las decisiones que lo provocaron que la acción sobre la que se sustenta el relato cinematográfico.
A Helgeland, sin embargo, se le puede recriminar la linealidad, reduccionismo y previsibilidad con la que sus personajes transitan por las situaciones y disyuntivas, con un puñado de diálogos de cabecera que se sostienen en la cámara de Greengrass, que sabe disimular sus evidencias, por mucho que el laberinto de intereses esté bien entramado. Una denuncia crítica, por el contrario, que palidece ante el documental ‘No End in Sight’, de Charles Ferguson, que inculpaba a los mismos causantes de las negligentes decisiones que provocaron la guerra de Irak con mucho mejor acierto y capacidad argumentativa. Lo más interesante, tal vez, sea el enfoque de las rivalidades que se van sucediendo entre departamentos dentro de la rama ejecutiva, de las tensiones recíprocas que surgen entre una bipolaridad en el seno de los servicios de inteligencia y su relación de ardid con Miller, de traductores patrióticos en una patria sin futuro o periodistas que, lejos de la caracterización de manipuladores, quieren llegar a la verdad porque no asumen las infamias unilaterales del jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición Paul Bremer ni de un gobierno que adultera la verdad por oscuros intereses antidemocráticos. Y destacan, haciendo creíbles sus aportaciones esos Matt Damon, Khalid Abdalla, Greg Kennear, Brendan Gleeson o Amy Ryan que conforman su reparto.
En el apartado visual, todo el mundo sabe cómo se las gasta Greengrass, por lo que no debe sorprender si el espectador, aturdido con su famosa cámara en mano, se pierde entre las imágenes con tanto movimiento incesante, con una narración sustentada en la búsqueda de esa pretendida hiperrealidad nerviosa (que no documental) de extrema rapidez y movilidad acalorada. Es el sello enardecido del cineasta inglés. Y si bien, en los primeros compases de aturdidor montaje en ‘staccato’, con pulso de Parkinson, se puede hacer insoportable, la acción utiliza la imagen como herramienta para ejercer un cúmulo de sensaciones que pasan por la retina a una velocidad de vértigo ¿Que marea? Pues sí ¿Qué hay veces en que parece un videojuego bélico de visión subjetiva? Muchas. Sin embargo, Greengrass es así. Muy inmediato en su forma de filmar, muy acelerado y, por tanto, tenemos que asumir que, de esta manera, no desnaturaliza su condición de cineasta con estilo propio.
Por otra parte, hay algo que llama la atención dentro de ‘Green Zone’. Por mucho que siga fiel a su histérica cámara movediza que auspicia un realismo sensacionalista, el público tiene la sensación en todo momento de que está ante una aparatosa función en la que parece que hubieran sacado a Jason Bourne de su saga y lo hubieran metido de lleno en Irak, porque los movimientos, razonamientos, dudas e incluso tácticas para llegar hacia un final concreto y una verdad fiable responden totalmente a la temática de intriga y conspiración del citado personaje. A Greengrass eso le da lo mismo, en esos terrenos políticos y militares, de idas y venidas, de trampas y escapes, de tiros que rozan de soslayo, le vienen muy bien para convulsionar la imagen al son de los ataques, haciendo del campo de batalla un contexto muy adecuado a su visceralidad como cineasta.
‘Green Zone’ es un ‘thriller’ bélico que utiliza el género como excusa. Por mucha acción ajetreada que haya, mucha carrera o mucha persecución redundante sale a la superficie un tufo a fondo político que no se puede disimular. Bajo esa cuidadísima atmósfera de impecable credibilidad y la ambientación de los peligrosos submundos de Irak, en el filme subyace un mensaje querellante, crítico y acusador. Está muy bien que no se desatienda la cultura militar, aquella que apunta a los combatientes a seguir cualquier directriz. Greengrass sabe operar con funcionalidad y ‘cinema veritè’ a la hora de mostrar esos vehículos militares entorpecidos por una multitud de iraquíes que piden agua desconsoladamente. Lo que importa de verdad es mostrar a Miller como un soldado íntegro que sigue las órdenes a rajatabla, llevando su misión a cabo hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, es también humano y reflexivo y en el instante en que nada concuerda se impone su condición de guerrero, valorará las circunstancias y seguirá su propio código de honor, aquel que deberían seguir los grandes combatientes del ejército marine.
Más allá de la crítica, aquí trasciende la limpieza de imagen del soldado marine, desacreditado últimamente por sus negligentes actuaciones dentro del campo de batalla, señalando con el dedo a aquellos que quieren hacer olvidar a los verdaderos responsables de la guerra, que son demonizados sin ningún tipo de disimulo argumental, dando de lleno en aquellos que, manipulando la opinión pública, hicieron lo que les dio la gana y llevaron a cabo una sistemática estratagema de engaños siguiendo las motivaciones de venganza y la mitología sanguinarias de un alcohólico, inepto y torpe George Bush.
La pena y el gran error de ‘Green Zone’ es que este filme denuncia encubierto en su género de acción sin freno, en su intención oportunista de bordarse un distintivo progresista, es que ha llegado muy tarde en su distancia respecto a los acontecimientos, cuando éstos han sido revelados y demostrados hace ya tiempo. Y su estreno, con tan poco tiempo sobre ‘The Hurt locker’, la gran ganadora de los Oscar, tampoco aguanta muchas comparaciones. Y más, cuando el mayor responsable de la estética final del filme, y la postre, su mejor virtud, precisamente recaiga en Barry Ackroyd, el mismo responsable que ha dirigido la fotografía de la película de Kathryn Bigelow.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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