jueves, 18 de marzo de 2010

Review 'The lovely bones (The lovely bones)', de Peter Jackson

Lo onírico ante todo
Peter Jackson adapta la novela de Alice Sebold mucho más interesado en exhibir un universo de color y efectos especiales que en desarrollar a sus personajes y sus necesidades narrativas.
En Estados Unidos, la novela de Alice Sebold ‘The lovely bones’ es, desde su publicación, una lectura casi imperativa. Uno de esos fenómenos producidos gracias a las ventas multitudinarias llevadas a cabo por la enorme maquinaria promocional de un solo programa que la aconsejó encarecidamente. Fue Oprah Winfrey la que contribuyó a difundir y multiplicar las ventas de ese libro publicado en España como ‘Desde mi cielo’, otorgando el efímero milagro del superventas que llegó a manos de Peter Jackson para convertirla en película. Jackson ha optado por esta historia intimista para su regreso a la gran pantalla después de haber conquistado el estrellato definitivo con la trilogía de ‘El Señor de los Anillos’ y haber cumplido un costoso y erróneo sueño del calibre de ‘King Kong’. Además, los paralelismos sobre el papel entre esta nueva película y uno de sus más notables títulos, ‘Criaturas Celestiales’, apuntaban a que el director neozelandés reanudaría su cine más alejado de los grandes estudios y más delimitados a historias modestas. No es así.
‘The lovely bones’ se centra en la vida (o la muerte, en este caso) de Susie Salmon, una inteligente adolescente de 14 años que sueña con ser fotógrafa de la naturaleza y que, en la flor de la vida, es asesinada por el señor Harvey, un huraño vecino con tendencias psicopáticas. Susie quedará confinada a un páramo a modo de limbo ‘tuneado’ por la imaginación y los estados de ánimo de la niña, que observa desde el cielo cómo su familia encaja la pérdida, las reacciones que suscita su muerte entre el vecindario y la evolución solitaria de su asesino. El espectador se embarca así en un desdibujado viaje hacia la comprensión y asimilación por parte de la niña de su propia muerte, así como de las determinaciones vitales de aquellos que la quisieron.
En principio, ‘The lovely bones’ promueve una descripción que se demarca a la rutina de la niña, a su día a día, a sus ganas de vivir su primer amor, a su pasión por la fotografía, a su relación con su padre, a sus pequeñas disputas con su hermana o el heroísmo con el que salva a su hermano de morir ahogado. Jackson sabe convenir esa normalidad algo dilatada para dar un particular golpe de efecto que, a la postre, es donde mejor funciona el filme. Se trata de la tensión creciente que va marcando el juego psicológico de Harvey y la niña que desemboca cuando la frágil e inquieta de Susie se mete de lleno en la boca del lobo. Es cuando el suspense se apodera de la pantalla y trasmite su enfermiza atmósfera a los terribles acontecimientos que se suceden. Pero existe una pequeña traba en todo esto. El hecho de que la historia sea narrada en primera persona por la protagonista muerta, uno de los vértices narrativos más favorables de la novela de Sebold, es, paradójicamente, un menoscabo en la adaptación de Jackson, ya que perjudica su eficacia argumental por lo pormenorizado en las descripciones que interrumpen o anticipan la acción, anunciando cada movimiento de la historia al espectador mediante una obstinada y plañidera voz en off. Imaginando ‘The lovely bones’ sin tanto subrayado cabría pensar que la adaptación de Jackson, junto a Fran Walsh y Philippa Boyens, podría haber ofrecido una visión mejorada olvidándose de esta puntual adhesión a su fuente literaria.
Sin embargo, no es sólo eso. En la película de Jackson se obvia, por ejemplo, que la joven Salmon es salvajemente violada y torturada antes de morir. Obviamente, se puede pensar que se trata de un tenue acomodo que es innecesario para la trama. La sutileza no es el problema. El problema es que con esta supresión se resta una terrible fuerza a la ambigüedad con la que se maneja el relato, que no hace más que mitigar la violencia que desprende un hecho tan cruel, perdiendo el equilibrio entre la crudeza del asesinato y el desarrollo de la posterior reflexión de la niña respecto al tema. Se desvirtúa así toda la estimulación espiritual que convoca en la joven para su dictamen sobre la propia fatalidad y su superación. El guión de Jackson tampoco sabe transferir en imágenes la desintegración del núcleo familiar, el deterioro que va haciendo mella en la relación de los padres o en las preguntas que genera la muerte de su hermana en los otros hijos de la familia. En todo caso, se hace de forma atropellada, sin ningún tipo de búsqueda psicológica que la provoque más que un pequeño acercamiento a la impotencia y obsesión del padre por encontrar al asesino de su hija descrita en un par de secuencias.
La materia prima que podría haber generado esa lenta recuperación del entorno familiar, el esfuerzo de superación de la trágica y violenta pérdida de una hija, queda diluida en algún elemento adjunto a la línea argumental. Y se acabó. Esto queda patente en la forma en la prácticamente se anula al hermano pequeño o la inhabilitación dramática de Abigail (posiblemente la peor interpretación de Rachel Weisz), que es descrita en su crecimiento como persona por los libros que va acumulando, pero en absoluto en su desmoronamiento como esposa y madre ante los hechos. Eso sí, la poca funcionalidad de la abuela Lynn (aunque en su arranque tenga las mejores frases en boca de Susan Sarandon) le sirve a Jackson para crear una ruptura de ritmo y meter con calzador un poco de comedia, de refresco dentro del oscilación de géneros, como guiño contracorriente a esa esmerada grandilocuencia del propio cineasta.
El gran inconveniente que merma la categoría de una película tan prometedora como ‘The lovely bones’ es el propio Peter Jackson, al cual se le percibe más interesado en exhibir ese universo de color y efectos especiales que rodea a la joven interfecta mucho más que cualquier otra cosa. Pero su dilema no deviene en acopio de énfasis tecnológico. Todo ese exceso de imágenes saturadas se apoya en la argumentada subjetividad de ese “edén” que cada persona experimenta de una forma diferente. De ahí que la elección de Susie sea un universo edulcorado y colorista en relación a su edad, justificando los estados emocionales de una niña adolescente. El desaguisado llega cuando Jackson se eterniza en la constante pretensión de deslumbrar con tanta estética embellecida, imponiendo el seguimiento de ese limbo mostrado como nirvana ‘new age’ ataviado de música empalagosamente quejumbrosa que hace perder el equilibrio entre los mundos antagónicos (la frontera del mundo real y el mundo intermedio de Susie), olvidándose de los personajes y de sus ne¬cesidades narrativas. Al contrario que Sebold en su libro, esta adaptación cinematográfica del espacio imaginativo de la niña se potencia como el gran atractivo del filme, con sus oníricas imágenes, antes que conceptuarlo y concentrarse en la tragedia y las consecuencias en las relaciones humanas de aquellos afectados por el trágico acontecimiento. Ahí está su principal error. Precisamente, la película alcanza sus ansiados valores cuando muestra los aspectos más apegados a la realidad, cuando la emoción y la sensibilidad encuentran su cumbre dramática en las posteriores reacciones de la familia ante el descubrimiento por parte de la policía del gorro de la niña y la presunción de un cruel asesinato. Sin olvidar la evolución rutinaria de ese vecino aparentemente normal que esconde una bestia con ganas de sangre y su creciente deseo de volver a sacrificar otra víctima que satisfaga sus perturbados deseos.
‘The lovely bones’ es una oportunidad truncada a la hora de mostrar esa pérdida de la infancia y de la inocencia en un cruento viaje iniciático a través de una inesperada muerte. Es una pena que Jackson no haya sabido (ni querido) aprovechar todos sus recursos y su potencial para relatar con pulso esta triste fábula. Y más cuando destacan multitud imágenes de poderosa fuerza y de una tensión insostenible que dejan ver el talento de su realizador y muchas de las intenciones retóricas que no alcanzan el tratamiento esperado, como ese punto en común del padre y el asesino que tienen como ‘hobbie’ obsesivo la reconstrucción de maquetas y que daría para un sesudo análisis psicológico. Algo extensible a las imborrables botellas de cristal con las réplicas de barcos en su interior chocando contra los rompientes, el juego de miradas entre el agente Len Fenerman (Michael Imperioli) y el asesino a través de la casa de muñecas, la flor marchita en manos del padre que florece como alegoría de acusación hacia el hombre que le arrancó la vida a su hija, la estructura del templete resquebrajándose en el instante en que Suise ayuda a su progenitor a desplegar su odio o la determinación de ésta a encaminar sus pasos hacia la “verdad” que no quiere conocer para no abandonar ese mundo de observación terrenal para encerrarse definitivamente en una caja fuerte llena de poderoso simbolismo.
‘The lovely bones’ tiene momentos de muy buen cine, de conceptos avasalladores. Lamentablemente queda la sensación de lo que podría ser y no ha sido, con ese desperdicio final de estertor romántico y justicia poética que le pone la guinda al descalabro con un doble desenlace a cada cual más estrepitoso, que traduce sus paralelismos con aquel ‘Ghost’, de Jerry Zucker o el ‘Más allá de los sueños’, de Vincet Ward y que olvida, por desgracia, los mismos tejidos, aunque explorara otros territorios genéricos, de una obra suya como ‘Agárrame esos fantasmas’, en su visualización entre el mundo real y el tránsito de interludio hacia la muerte.
Peter Jackson, en este caso, ha preferido optar por la fantasía lacrimógena donde desplegar su imaginería más ostentosa y romper la continuidad narrativa para dejarla al antojo de sus imágenes más sorprendentes antes que mostrar algo de interés por extraer la condición dramática de una historia que versa sobre cicatrizar las heridas de una pérdida, sobre oportunidades perdidas y vidas arrebatadas, dejando a un lado cualquier aspecto psicológico, ético y social dentro del relato y su metafísica disertación del sufrimiento como terapia de restitución. Eso sí, nadie puede reprochar la interpretación de los dos pilares fundamentales del filme; por un lado, la caracterización de Stanley Tucci como depredador lleno de traumas escondido como vecino amable y sigiloso. Y por otro, la capacidad dramática de un rostro de gran futuro como el de Saoirse Ronan, que sale más que airosa y hace lo que puede en su mundo de fondos cromáticos barrocos con lo poco inspirador de alguna canción irrisoria de Cocteau Twins, This Mortal Coil o Brian Eno dentro del cómputo final de un filme fallido, pero no desdeñable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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