viernes, 26 de marzo de 2010

Review 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Men who stare at Goats)', de Grant Heslov

La esperpéntica locura de los marines
Grant Heslov y George Clooney optan por la comedia y desenfreno gamberro para satirizar la guerra y el ejército en un filme extravagante que, sin embargo, no alcanza un nivel estable en su surrealismo pintoresco.
A lo largo de su carrera el actor George Clooney ha dejado ver dos perspectivas intencionales en su filmografía como director, productor y actor; la de un hombre comprometido con la reivindicación política y la de un gamberro con ganas de divertirse en cuanto tiene la más mínima ocasión. Cintas como ‘Buenas noches y buena suerte’, ‘Oh. Brother!’, ‘Michael Clayton’, ‘El soplón’, ‘Syriana’, la saga de ‘Ocean’s’ o ‘Up in the air’ son clara muestra de ello. Parece como si Clooney tuviera un apego especial por destapar las bagatelas de los discursos políticos llenos de mentiras, de denunciar el abuso de los intereses geopolíticos norteamericanos e internacionales y por la ridiculización de un sistema en constante decadencia.
Ese cinismo comprometido con la causa y con su vena más cínica se alían en la que, posiblemente, sea su película más excéntrica. ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ está dirigida por su socio y amigo Grant Heslov. Se trata de una sátira política que gira en torno al hallazgo, por parte de un periodista que viaja a Irak en busca de reconocimiento, de un grupo de ‘supersoldados’ del ejército americano con poderes psíquicos que encabeza Bill Django, creador de un equipo capaz de matar cabras con sólo mirarlas, manipular las mentes del enemigo, experimentar sobre la invisibilidad y la capacidad de atravesar muros.
Lo que llama la atención de una idea tan enloquecida es que lo que se narra dentro de ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ esté basado en hechos reales. La acción tiene su germen en el libro homónimo de Jon Ronson y se centra el jefe del servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos durante los años 80, cuando contraespionaje y sus unidades secretas se sirvieron del servicio de inteligencia de Estados Unidos para asumir un estudio de la parapsicología como modo de experimento militar en el que cabras eran utilizadas como conejillos de indias para esa abducción mental que permitiría a los marines manejar al enemigo en interrogatorios a sus prisioneros de guerra con el propósito de victoria en futuras guerras. El guión de Peter Straughan traza una excéntrica visión sobre unos personajes demenciales que se van dejando llevar por una utopía absurda colocada en un trasfondo (anti)bélico de guerreros invencibles de un ejército denominado ‘Tierra Nueva’, una secta de chiflados anclados en la ideología hedonista y trastornada de los 70.
Es en esos parámetros donde el filme de Heslov ancla sus atributos cómicos, en la descripción a modo de ‘flashbacks’ de ese misterioso líder que viene de colocarse y vivir el ‘hippismo’ post-Vietnam y asume el liderazgo de un grupo de hombres que creen sus habilidades mentalistas y poderes paranormales aplicadas a las fuerzas militares. Su constante juego de ‘gags’, de extraño desnivel narrativo, de recurrentes alusiones a la saga de ‘Star Wars’ y un constante desenfreno gamberro y disoluto la convierten en un filme extraño que pretende reírse de la guerra como lo hicieran Stanley Kubrick, Terry Southern y Peter George en ‘Teléfono Rojo ¿volamos hacia Moscú?’.
Obviamente, el juego satírico se queda a medias si entramos en ilógicas comparaciones con aquélla. El personaje de Clooney, Lyn Cassady, parece salido del ‘Steve Canyon’ de Milton Caniff, siendo el motor que impulsa la acción y el rol en el que mejor funciona la comicidad por encima de la recreación de Bridges, que está sujeto a un taxativo humor intrínseco que recuerda en exceso a “El Nota” Lebowski y demasiado estricto a su extravagancia. El humor físico y la parodia de matiz y espíritu ‘new age’ convocan esa confrontación entre un grupo de pirados que perfeccionan técnicas de manipulación y control mental por medio de drogas e hipnosis y ese ‘reverso tenebroso’ dentro del ejército en el que cohabitan soldados del ‘lado oscuro’, como el personaje de Kevin Spacey, Larry Hooper, llevado por al envidia y el miedo a una causa del mal, el refractario cuestiona y envidian a los que tiene ese ‘poder’.
Es una pena, empero, que Heslov no sepa mantener el ritmo y todo el entramado se diluya un poco en la reiteración de su comicidad, del desequilibrio irregular y la anarquía que termina por licuar sus intenciones. ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ deja cierto sabor a decepción ya que, como sátira antibelicista es poco crítica, aunque es cierto que en poco menos de hora y media se desmontan con sarcasmo la historia reciente militar de Estados Unidos y sus patrióticos soldados, desde la era Reagan hasta las arbitrariedades transformadas en desvergüenza como las de Abu Ghraib y Guantánamo. El fragor conspiratorio es tomado a cachondeo y ciertos estratos del ejército marines expuestos como auténticos desequilibrados de cerebro empañado por la locura psicotrópica, pero queda la sensación de cierta autocomplacencia, de distanciamiento del discurso crítico sobre la sociedad americana a la hora de exhibir a ese grupo de hombres trastornados por su propia paranoia que son capaces de torturar a sus prisioneros con canciones y vídeos infantiles americanos de Barney el Dinosaurio.
Si bien los dos niveles del relato, la de ese periodista americano que quiere recuperar a su mujer, cuyo amante es su propio editor con un brazo protésico de metal y que se va a Kuwait como enviado especial, pasando los días en un hotel a cientos de kilómetros del territorio expuesto al peligro bélico y el momento en el que conoce a Cassady, cruzando la zona de guerra y descubriendo al fundador y gurú del Ejército de la Nueva Tierra, funcionan con cierta fluidez, la película acaba por no enderezar todos sus planteamientos, dejando que su discurso sobre el conflicto de Irak, al igual que el de Vietnam, sustentados en la tergiversación del vislumbre alcaloide, no acierte en su perspectiva despojada de divinidad de cualquier conflicto bélico.
‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’ es una película excéntrica donde las haya. Y si bien no encuentra un nivel estable en su surrealismo pintoresco, nunca se avergüenza de su condición de ‘outsider’ ni de seguir con honestidad su ‘tour de force’ con su contenido sintético sobre lo ‘zumbado’ de la condición humana. Habría estado bien que tanto Heslov como Straughan hubieran pulido un poco más ese gamberrismo desde una perspectiva más satírica a la hora de apunta a la imbecilidad propia de los gobernantes del mundo y sus instrumentos para paliar las contrariedades sociales y mundiales en constante desarrollo. Lo importante es que en Hollywood, engreído erial donde existe una estricta disposición a producir exclusivamente películas con potencial taquillero, sigan viendo la luz películas de esta calaña. El hecho de que George Clooney, Jeff Bridges, Ewan McGregor y Kevin Space estén dentro de esta locura asegura que la Gran Industria siga teniendo la libertad de dejar piezas como esta ‘locure’ tan absurda.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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