jueves, febrero 25, 2010
La beatificación de Mandela
Clint Eastwood narra una historia de patriotismo acercado a un entorno democrático y la esfera deportiva llevada por el sensacionalismo emocional con la que está dibujada la personalidad del líder Nelson Mandela.
Con ‘Gran Torino’, el maestro Clint Eastwood ofreció una testamentaria fiesta final como intérprete, en la que brindaba la oportunidad de volver a disfrutar de su oficio como actor en una muestra de capacidad con un personaje lleno de aristas, además de otra de esas lecciones de sutilidad detrás de las cámaras. ‘Invictus’ sería un cine más ambicioso, más cercano a la gramática de superproducción de ‘El intercambio’, a la ambición con la que expone su habitual clasicismo de cámara, su sabiduría cinematográfica, aquí más ostentosa que en otras ocasiones.
Eastwood ha escogido para este trabajo un relato del periodista John Carlin, ‘El factor humano’, para ilustrar varios acontecimientos históricos que vivió Sudáfrica con el final del ‘apartheid’, que dio como consecuencia la liberación de Mandela y su elección como presidente de un país que estaba a punto de vivir un cambió radical con un acontecimiento muy concreto: el mundial de rugby de 1995 que unió a esa nación separada durante tantos años por afrikaners y negros. En su camino, Madiba, como se conocía al guía espiritual, entabla amistad con François Peenar, el capitán de la selección sudafricana para acometer esa parábola que ensambló el deporte y la política con un objetivo de fraternidad y concordia legendario.
Eastwood sigue haciendo de la simplicidad su mejor aliado, su atributo más distinguido y admirable. No hay nada que reprochar en la circunspección con la que mueve la cámara, en el pausado proceder para intentar captar la epopeya dentro y fuera de los campos de rugby o de los despachos presidenciales. Sin embargo, ‘Invictus’ se explota en seguida como un panegírico hagiográfico de Mandela, prolongando sus cualidades de liderazgo e inteligencia hacia la bondad heroica que hizo de su astucia su mejor arma a la hora de instrumentalizar el rugby como sentimiento colectivo de esfuerzos y virtudes que convocaran el consenso y la solidaridad de un país que estaba destinado al odio. En este caso concreto, no hay que obstinarse en el modélico patrón audiovisual que firma Eastwood, de una elegancia tradicional y clásica. Esta vez, empero, el significado histórico queda deslucido por un drama deportivo lleno de tópicos que van saliendo a flote desde los primeros instantes del filme y que se dilatan a lo largo de todo el largometraje.
La historia de patriotismo acercado a un entorno democrático y la esfera deportiva como ese opio del pueblo que amansa los rencores se trasmite desde el minimalismo enraizado en la perspectiva narrativa del maestro. Sí, muy bien. Pero también Eastwood se deja llevar por el sensacionalismo emocional con la que está dibujada la personalidad de Mandela, desde el conservadurismo didáctico y ético, encumbrando su figura a la beatificación. Ejemplo de esto son las buenas intenciones de ese Mandela que no quiere cobrar como presidente porque es demasiado peculio para él o el enfrentamiento entre sus componentes del dispositivo de guardaespaldas, el racismo del padre de Peenar contrarrestado con la tolerancia de éste, la visita del equipo de los Springboks a la cárcel en la que estuvo recluido Mandela o su acercamiento de confraternización con los niños negros del gueto y las decisiones políticas del mandatario siempre adheridas al interés y al bien común de su nación.. Mucho de lo elemental de ‘Invictus’ es resultado de un búsqueda demasiado artificial, de algo forzado para ser emotivo. Y si esto fuera poco, encima falta énfasis de grandeza tanto en su épica como en sus aspectos íntimos. Todo fraguado en el convencionalismo, en el progreso previsible con la que se avanza hacia la final deportiva como corolario de conciliación de un país.
El problema del filme es que esa épica que se busca y se exige a un evento histórico tan poderoso está carente de la grandeza que se sobrentiende en la fuerza de sus grandes ideas y discursos. El esquematismo de los personajes, la sincera pero arquetípica descripción de la actitud apaciguadora en el terreno sociopolítico de Mandela no deja lugar a la exploración de la bondad de un hombre único que, agraviado durante tantos años, optó por profesar el perdón y el camino de la paz. A Eastwood, con el guión de Anthony Peckham de por medio, se le va mano en la descripción superficial del entorno de Mandela, así como en lo sintético que tiene la moralidad del discurso interno.
Falta épica. Y esos desaciertos son más perceptibles en la recreación de los partidos de rugby, donde no existe ni un ápice de intensidad narrativa. No basta con puntualizar cada subrayado con esa lánguida música de Kyle Eastwood, que reitera los mismos acordes sonoros de las últimas películas de su padre, sin apenas variar en su estructura sinfónica, intentando seguir los pasos de su progenitor o del sugerente y añorado Michael Ballhaus. ‘Invictus’ es un tipo de película para el lucimiento interpretativo, esta vez por parte de Morgan Freeman, con una metamorfosis del líder político aportando dicción, matices y calado dramático que destila carisma, empaque y una gran y estudiada composición. Algo que contrasta con la apatía que desprende un Matt Damon que ha cuidado en exceso la parte física de su personaje, olvidando cualquier calado interno. Aunque eso es algo que afecta mucho más a su director que al actor de la saga Bourne.
Es así el último trabajo de Eastwood un canto que pretende ser inspirador y modélico. Una oda que, en estos días actuales en los que los políticos cada vez dan más asco y repugnan (sean del partido que sean) al ciudadano, mira en un pasado no tan lejano, para ejemplarizar algunas decisiones para unir los intereses de un país. La humanidad, honestidad y respeto de la que habla ‘Invictus’ hoy en día son poco menos que una utopía. Tanto o más, que esa iluminación de Mandela cuando leía en la cárcel el poema de William Ernest Henley que da título a un filme que, además de una historia de superación y de reconciliación donde el perdón es tan importante, es una película que pierde su poesía a medio camino.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW:'Shutter Island', de Martin Scorsese.
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 13:02 |


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