miércoles, 3 de febrero de 2010

Review 'La cinta blanca (Das weisse Band)', de Michael Haneke

Las semillas del mal
El cineasta austriaco propone una áspera experiencia sobre la voluntad cuando está jerarquizada con una doble moral a través de un relato de pérdida de la inocencia infantil con una enfermiza turbiedad moral.
El cine de Michael Haneke no es un tipo de cine de fácil asimilación. Más bien, todo lo contrario. Su estilo, seccionado y aislado, se impone con insensibilidad y frialdad a un espectador que debe dejarse llevar por sus juegos narrativos. Toda su obra exige un alto grado de interpelación entre el filme y el público. Y, por supuesto, ‘La cinta blanca’ sigue estos preceptos sin variar su rumbo. La última cinta ganadora de la Palma de Oro en Cannes se ubica a principios del siglo pasado, en una pequeña aldea de la Alemania protestante que lleva a rajatabla sus doctrinas de severidad luterana. En el pueblo en seguida se aprecia quienes ostentan la jurisdicción económica, social y ética inscrita en una jerarquía de poder representada por un pastor religioso, un barón dueño de casi la totalidad de los terrenos y el administrador de ellos. También destaca la figura de un doctor, que esconde más de un secreto bajo su semblante de bondad y profesionalidad. Unos actos vandálicos y acontecimientos violentos junto a brotes de violencia irán sacudiendo la (muy aparente) sosegada vida del pueblo.
‘La cinta blanca’ va mostrando la siniestra procedencia de los sucesos junto a la degradación de un sistema que esconde bajo su rectitud moral y firmeza los continuos escarmientos físicos y psicológicos hacia unos niños educados en el autoritarismo. Un método que hace aflorar rápidamente la hipocresía de unas normas de conducta donde el castigo implacable y el miedo son las armas de correctivo ocultadas en secretos inconfesables de puertas para dentro. No resulta extraño que, con estos factores argumentales, de doctrinas purificadoras y manipulación, el relato de Haneke esté contagiado por una enfermiza turbiedad moral. El cineasta austriaco va descuartizando un mundo adulto de jurisdicción extrema, que silencia las putrefacciones psíquicas, el odio, la vergüenza y la falsedad simbolizada en esa cinta blanca que alude a la inocencia, perdida por la intimidación a la que son sometidos los niños dentro de un modelo social-educativo perverso y violento. Un estado emocional, el de los infantes, que viene por el afectado influjo de sus adultos, haciendo que los niños asuman tal identificación con la lógica crueldad infantil, sin prever las consecuencias de sus actos.
Este entramado, que se muestra sin contrapuntos ni escalas, supone la particular metáfora del peligro del poder único, de la religión ortodoxa, donde Haneke prescribe los lugares comunes del germen del nazismo, sí, pero a la vez como una repercusión entomológica de la violencia en la sociedad actual, en la hipocresía de lo que esconde el autoritarismo subrepticio, en una infernal forma de cualquier totalitarismo, provenga del partido del que provenga. La conciencia de ese desarreglo, aquí, se supedita a la intención distorsionada por la realidad ética de los pequeños, ajenos a los terribles resultados de lo que acometen y víctimas del sistema de valores asignados. Dentro del drama, se razona y escruta la podredumbre humana cuando la voluntad está jerarquizada con una doble moral en la que no falta grandes dosis de manipulación, lo genera la idea de un futuro donde los monstruos que se presentan serán la semilla del mal.
‘La cinta blanca’ es una película incómoda de ver y de asimilar, que golpea al público con la sutileza de sus planos secuencias, evitando la visualización de las palizas o la infamia, dejando que la imaginación del espectador se sacuda con la imagen interna que despierta con el sonido del horror de lo que allí sucede, así como cuando el ambiente es opresivo, cuando la ambigüedad impone el contenido y su implicación se pervierte más que la apreciación de cualquier imagen. Aún así, el sufrimiento no permanece oculto tras una elipsis visual, sino que se potencia con esa siniestra sugerencia tan definitoria de su autor. Inscrito sobre la sobriedad invisible y la audacia argumental, el espeluznante realismo de esta película se desencadena de cualquier fragor emocional que desarticule sus estudiadas intenciones de observación depravada, constatando el apego del cineasta cuando se trata de ambigüedad.
De nuevo, Haneke se acerca de un modo entomológico a la culpabilidad, a la represión o la humillación, desde la apelación a una interpretación necesaria por parte del espectador. Esa voz en ‘off’ omnisciente del profesor ya deja claro que el propio cineasta de desliga de cualquier argumentación. La lejanía del relato deja que las causas y efectos tengan respuesta desde el que observa, en la identificación con ese profesor que lamenta no haber podido hacer nada por evitar la catástrofe y la impotencia por asistir a la transmisión cultural de la violencia. Por eso, imponen tanto los movimientos, las miradas, los silencios…. Y duelen las explicaciones infantiles sobre la muerte, la reflexión de repulsión y deshonra del profesor escupiéndole su enfermo estado emocional a la criada como la forma de ocultarle al hijo pequeño los abusos sexuales a su hermana. Desde su principio, la fábula se narra como una evocación lejana, como una leyenda que nadie quiere recordar, pero que ha existido y, lo más lamentable, seguramente existe.
Michael Haneke se mueve con parsimonia, dilatando el tempo con el que se va construyendo esta pesadilla realista, con una elaboración visual, obsesiva y detallista. Con dialéctica de clásico inabordable. La importancia de su fotografía, en calculado blanco y negro gracias a la excelente composición de Christian Berger, denota una frialdad necesaria que evoca al más puro Bresson. Esta estética cartesiana va expandiendo su materia sobrecogedora en el relato, salpicando su metraje de momentos aparente tranquilos, pero encubiertos de dureza, fiel reflejo estético de la sociedad irrespirable, pútrida y constreñida que se subraya. Lo único que se puede imputar a la sobriedad del cómputo global sea, tal vez, un cierto desequilibrio en el desarrollo del discurso, que alcanza unas cotas de maestría indiscutibles diferenciadas en su tramo final, cuando la atmósfera y sus dilucidaciones alcanzan un punto espeluznante dentro de su didactismo de corte filosófico, ya que anteriormente Haneke peca sutilmente en su reiteración de castigos, reconviniendo la esfera religiosa y la sombra del poder que deteriora el equilibrio moral de los niños.
A pesar cualquier menoscabo, vaya por delante la excepcional labor de todo su reparto, ‘La cinta blanca’ es una prodigiosa experiencia desasosegante que permanece constante en la memoria. Una despiadada crítica a la sociedad regida por los valores absolutos y su transferencia infectada a las nuevas generaciones, en el cual se encuentra la errónea significación entre el bien y el mal. Un hecho que convierte a sus cachorros en deshumanizados autómatas, símbolo anticipativo de la generación que viviría bajo el mandato nacionalsocialista del III Reich. Es la consolidación (por si no estaba ya bien consolidado) de un cineasta como filósofo narrativo en constante búsqueda de la reflexión del que mira, sin ningún tipo de acatamiento al didactismo indulgente, arrancando interrogantes, sin ofrecer ninguna explicación demostrativa en esta retahíla de preguntas acerca de aquellos que sufren la culpa, de su anulación como individuos, atosigados por los maltratos, heredando la frustración y los falsos ideales de aquellos a los que llaman padres.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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