miércoles, 17 de febrero de 2010

35: Y ahora... ¿qué?

Ésa es la pregunta sin respuesta.
No quiero asociar la idea de cumplir años con una implicación a la reflexión, al recuerdo, a la emoción o a la omisión del hecho. No me apetece descifrar el sentido de tantos años hacinados en mi vida que, se supone, establecen el número y la particularidad de las experiencias vividas y que, con un año más, afectan al modo de cumplir otro. No quiero arrepentirme, ni retractarme, ni desalentarme, ni muchos menos renunciar a otros 365 días acumulados en la cuenta. Tampoco quiero recapitular un absurdo historial de acontecimientos pretéritos o ese desacertado pensamiento en pluscuamperfecto de subjuntivo. Podría hacerlo. Es una ocasión idónea para todo esto. Pero no. No es hora de hacer esa ridícula lista de aspiraciones y objetivos. Ni de coña. Nunca en un cumpleaños.
Aquí estoy, con la brújula desorientada. Sin saber qué va a pasar, a dónde se dirigen mis pasos ni que es lo que haré. Haciendo oídos sordos al tiempo que pasa inexorablemente. Mi rostro y mi alma parecen acompañarme en esta disputa ganada a la edad de forma efímera, asumiendo con coherencia que queda menos. Sin embargo, persisto en mi ideal de intentar disfrutar de todo pese a todo. Como dije hace años en este espacio abismal en relación a celebrar los cumpleaños: “la vida es como un globo de fiesta lleno de helio abandonado en el techo que se va vaciando hasta que cae”. Qué sabias palabras aportadas desde mi yo del pasado. Como máxima vital sigo obcecado en pensar que la diversión exige una constante entrega en la que no hay lugar para el quejido o el desconsuelo. He subido otro escalón más. Sigo tropezando y perdiendo batallas por conseguir mis sueños. Una y otra vez. Invariablemente. Los cobardes son los que se esconden bajo las normas. Desafiémoslas. Sigamos luchando contra viento y marea. Si hace falta hasta perder la ilusión, para luego recuperarla con más fuerza. Sólo hay un secreto para ello: las ganas de descojonarte y vivir la vida.
Voy a ir al frigorífico. Lentamente. Deleitándome en los segundos de tránsito entre esta silla en la escribo y la cocina. Una vez que llegue, abriré lentamente, como si una sorpresa me esperara en su interior, la puerta del frigorífico. Después, sacaré una lata de medio litro de cerveza, la observaré, escudriñando la extravagante cognición que reside dentro de ella. Tocaré suavemente la anilla de su parte superior, como si de un arpa afinada se tratase, dibujando formas bajo la sensación de intratable frío en los dedos. Destaparé todos los sentidos en forma de sonido a gas, a burbujas, a cebada elaborada para el regocijo. Tras esto, haré un gesto de convite y consagración al instante. La acercaré a mi hocico y beberé un trago largo, sin pausa. Seguidamente, y para finalizar la letanía, brindaré por mis 35 años. Bienvenidos sean.
El resto es obvio: a disfrutar.