lunes, 18 de enero de 2010

El inesperado adiós del abuelo Manolo

El cruel golpe de la muerte siempre es más duro cuanto más inesperado es. Cuando la arbitrariedad impone su ilógica, se cede a una reflexión sin respuesta racional. “¿Por qué ahora?”, se pregunta uno. Mi abuelo Manuel Ruano estaba viviendo una segunda juventud, siguiendo los preceptos de esa vitalidad que siempre rigieron su existencia. Estaba francamente bien, acaparando la mirada de asombro con una envoltura jovial que había logrado esquivar parte de las inconveniencias de la vejez con cierta facilidad. Sin embargo, el antojo de lo imprevisible, la desigual pugna entre la vida y la muerte, hizo que su luz se apagara el pasado martes día 12, sin previo aviso, dejando un sentimiento de conmoción y desconcierto. Llegados a este triste punto, como en estas contingencias vitales que no tienen remedio, hay que asumir los recuerdos como herencia de lo bueno, de la nostalgia afectiva que invade el pensamiento de un hombre particular y meritorio.
El abuelo fue un tipo constante y tenaz, que hizo de su trabajo a lo largo de muchas décadas un legado para permanecer en la memoria colectiva, no sólo de una unidad familiar que ha sido despojada de la figura materna y paterna en menos de ocho meses. Hace un par de años, el abuelo me entregó un repaso profesional de su carrera dentro del mundo de la construcción. Y lo hizo desde la añoranza de aquellos años de actividad profesional, pero no tanto como para evidenciar una llamada de satisfacción con respecto a sus nietos. Dos hojas mecanografiadas, con apuntes a mano, que recogen una vida de logros y esfuerzos. De peón a oficial. Y de ahí, a encargado de obra, la función que desempeñó hasta su retiro. Varios edificios de Zamora, Toro, Zafra, Zaragoza, Tarragona, Reus, Menorca y, sobre todo, inmuebles y apartamentos en Salou dan fe de su denuedo en este terreno que se labró desde el autodidactismo y el trabajo.
Echando la vista atrás, no puedo dejar de pensar en aquellas vacaciones infantiles, de aquel número 4, del 5º-2ª de la calle Plaza Almoster de Reus, de la sensación de holganza y diversión al lado de la abuela Mercedes, de las sabrosas comidas después de largas mañanas de playa. De aquel rótulo a la entrada que rezaba que allí vivía un “león” del Athletic, otro de los sentimientos heredados del abuelo que llevaré conmigo para siempre. Por mucho que quiera recordar otra cosa, mi trayecto vital, alejado durante años de aquellos veranos, impone la memoria de aquellos días en los que más contacto tuve con él, cuando me llamaba cariñosamente “burriato”. Despierta la evocación de un tiempo perdido, de parte importante de mi infancia, de una retentiva veraniega extinta pero viva en relación con las infelices despedidas, primero de mi abuela y ahora de mi abuelo. Y una imagen que no puedo dejar de recordar, situada en algún hotel de Salou, un sábado noche cualquiera, con ambos compartiendo un baile, una rutina e instante que hoy se convierte en imperecedero con aquella mirada cómplice y amorosa mientras se marcaban un pasodoble.
Recuerdo al abuelo Manolo como aquel hombre de la quemadura en la cara, del bigote perfectamente recortado que vestía sus pantalones por encima del ombligo. El mismo que leía el As y gustaba del buen comer y el ponche con hielo. El señor de la mirada pícara, al que le gustaba mandar, de carácter algo intransigente, pero cándido de corazón… Mi abuelo, que permaneció tantos años en la reminiscencia de la distancia, ya no está. Y duele apuntar esta afirmación, porque todos dábamos por hecho que iba a estar ahí a lo largo de muchos años más. Pero la vida esa así de voluble. Se dice que no hay muertes inciertas, ni vidas justificadas. Lo que es cierto es que en el momento último y su posterior efecto de pérdida sentida, del mal trago que debe superarse con entereza. Lo que alberga algo de luz tiene que ser el saber que su memoria no caerá en el olvido y el silencio y que será amplificada por aquellos con los que el Sr. Ruano compartió su vida.