martes, 29 de diciembre de 2009

Review 'Donde viven los monstruos (Where the wild things are)', de Spike Jonze

El poder de la imaginación
Spike Jonze propone con su tercer filme una fábula que apela a la fantasía para trazar un apasionante retrato infantil, analizado con madurez e inteligencia, sobre un niño y su viaje a sí mismo para comprender y asimilar su situación familiar.
Con tan sólo dos películas, pero con una ostensible carrera en el mundo del ‘videoclip’, Spike Jonze ha logrado convertirse en uno de los cineastas más representativos de su generación. Su particular forma de acometer una suerte de realidad desquiciada e inverosímil ha estado unida al guionista ‘kamikaze’ Charlie Kaufman. Ambos fraguaron en ‘Cómo ser John Malkovich’ y ‘Adaptation’ una perspectiva excéntrica e innovadora de utilizar algunos de los recursos más imprevisibles en la narrativa cinematográfica, surtiendo sus historias con complejos puzzles psicológicos llevados al extremo. Su universo fracturado, a medio camino entre el cripticismo, la fascinación formal y la indeterminación de un apego por historias concretadas a la dicotomía de realidad y ficción, se amplían con ‘Donde viven los monstruos’, que además de no traicionar esta idea, esclarece que la vinculación a Kaufman ha sido puntual, haciendo de Jonze demuestre que su talento tenga la posibilidad de brillar en solitario.
Para su tercera película, ha contado con la coescritura de Dave Eggers para transformar las escasas líneas de texto que contiene el libro original ‘Where the wild thing are’, de Maurice Sendak. Con él, Jonze corrobora que sabe conjugar su innegable rebeldía narrativa con una profundidad deslumbrante en la lectura de imágenes, consolidadas en una comunión de cine deslumbrante y magia imaginativa con el lenguaje verbal y el pictórico del libro original. Siguiendo con ciertas libertades que no traicionan a su referencia literaria, ‘Donde viven los monstruos’ es un cuento sobre la rebelión contra el mundo adulto del pequeño Max (estupendo Max Records), un niño que juega ataviado con un disfraz de lobo en una familia donde su hermana ha dejado de jugar con él y ahora sale con unos amigos mayores que comienzan a despertar su odio cuando destrozan un iglú que ha hecho con nieve y una madre (Catherine Keener), hasta cierto punto comprensiva, que tiene sus problemas laborales y acaba de iniciar una relación con la que Max no está muy de acuerdo y también le molesta.
Basta con unas pinceladas para conocer de cerca la soledad e incomprensión de un niño soñador que imagina cuentos con talento natural e imaginación. Una noche, es castigado a irse a la cama sin cenar por gritarle a su madre. En vez de acatar la orden, Max la muerde en el hombro y en su huída comienza su aventura. Tras días y noches navegando hacia un rumbo desconocido, llega a una isla habitada por misteriosas criaturas cuyas emociones son tan salvajes e imprevisibles como la actitud del pequeño. Los monstruos desean tener un líder para encauzar sus vidas, tanto como Max aspira a tener un reino al que conducir. Es nombrado rey con la promesa de instaurar edictos para que todos sean felices. Obviamente, no será tan fácil.
La película se encauza hacia una profundización dentro de la personalidad y el poder del niño y los monstruos en una atmósfera infiel a la catalogación y al tópico, heterogénea en paisajes y situaciones. Se presenta como una oscura fantasía disfrazada de cuento acerca de los miedos infantiles inscritos en un universo tan surrealista como auténtico, que Jonze determina con suma coherencia y verticalidad a la hora de trazar la narración de ese simbolismo de los fantasmas de la infancia, como el resquemor, la soledad, los celos o el abandono. Y el cineasta lo hace con naturalidad, sin sensiblería, con una madurez fulminante. ‘Donde viven los monstruos’ puede desconcertar a los que esperen ver una fábula al uso, desconcertando a aquellos que no entren en el juego de subconsciente agitado y visceral que propone el director, en la metodología de su puesta en escena, de su magnífica música a cargo de Carter Burwell y Karen O, de la utilización de la cámara en mano y el uso de fotografía por parte de Lance Acord para filmar las disyuntivas inconscientes del pequeño Max.
Aquí Jonze plantea una definición de términos ajustados a un discurso subversivo, que va creciendo cuanto más se separa el cineasta de los tópicos del cine infantil. De entrada, Max resulta molesto, gritón e irritable. La visión ejemplarizante y moralista se aparca por el fragoso recelo del niño, de su exaltación infantil e incapacidad para demostrar su enfado con el mundo o de la inocencia contrastada con sus momentos de agitación violenta. Lo mismo sucede con los monstruos, cuya recreación física representan el mundo psicológico de Max, con una fisonomía que combina a ternura y amenaza en una suerte de peluches gigantes con expresiones e idiosincrasias propias. Los monstruos de Sendak toman cuerpo con esa insistencia de Jonze en no traicionar el espíritu del cuento y en su vocación más tradicional y artesana, que recuerda a las creaciones de Jim Henson.
Sin embargo, lo que más llama la atención del cuento de Sendak y su prolongación cinematográfica es la compleja disección y ambigüedad que desprende este apasionante periplo por los confines del egoísmo del pequeño Max, de su aventura imaginaria nacida del ímpetu desobediente y vandálico, del ansia de salvajismo ancestral e ira que tiene dentro y que termina convirtiéndole en el monstruo más desafiante de todos ellos. Todo va conformando un fortín de emociones contenidas desmenuzadas substancialmente en esa isla que metaforiza su huída, el asilamiento donde dar rienda suelta a su estado más bestial, a sus sentimientos amargos y agresividad. Se sustenta de simbolismos como ese disfraz de lobo que lleva Max, que sirve para esconderse del mundo hostil o la imprevisibilidad de los monstruos, que representan sus propios sentimientos y dudas.
Tras la evasión de la realidad y la exteriorización violenta de sus frustraciones, la reacción proselitista de los monstruos, que no tiene argumentación con voz de conciencia ni moral, escapa a cualquier regla posible. Con ello, el niño va transformándose en todo aquello que rechaza de primera mano, de aquello que representa su madre, enfrentándose a sus propias contradicciones para entender que su posición como rey de los monstruos implica sacrificio y responsabilidades. Es cuando debe asumir su desasosiego emocional y combatir contra sí mismo y contra su séquito y obtener el restablecimiento de la unidad afectiva y familiar. Se le exige, en definitiva, que comprenda a la figura maternal y asuma la ausencia paterna.
Max va perdiendo sus argumentos para la rebeldía, haciéndose adulto sin quererlo, comprendiendo que el control de los sentimientos de los demás es inabordable, como los suyos. Como el propio Max, los monstruos imaginarios (con Carol a la cabeza y trascripción del propio niño) sienten miedo al abandono y a que el grupo se fragmente, con la necesidad de estar unidos, impregnando a su sentido de vivir una búsqueda de unidad que no consiguen fraguar por muchos “reyes” que hayan tenido. Tanto el chaval como los monstruos pueden pasar del salvajismo animal, con esa guerra de terrones de arena y embestidas varias, a la vulnerabilidad más absoluta. Cada una de las criaturas alude a sus desazones, escondidas en un bosque que no es más que su transitorio resentimiento con el mundo adulto; bien sea la necesidad de llamar la atención, de no ser escuchado, de sentirse invisible, de ser desalmado o de la coherencia y la responsabilidad. Su conocimiento de los monstruos, desde su alter ego que encarna la reacción de destrozarlo todo cuando las cosas van mal hasta aquél que suspira por ser escuchado, Max va avanzando en el conocimiento de sí mismo.
Para él la fantasía es un modo de liberar la furia y de llegar a conseguir el equilibrio interior. De lo que trata ‘Donde viven los monstruos’ es, básicamente, de la importancia del juego, que apela al poder de la fantasía y la imaginación para recuperar un retrato infantil analizado con madurez, inquiriendo el daño que una familia fragmentada puede producir en un niño. Porque la aventura de Max no es más que la lucha consigo mismo por comprender y asimilar su situación familiar. Los problemas que plantean los monstruos (los suyos propios) necesitan ser discernidos para ser resueltos. Y eso es algo que se escapa a la edad del pequeño, hasta que entiende que este tipo de decisiones requieren el apoyo y amor de una figura adulta, de la madre a la que ha dejado en su viaje personal.
‘Donde viven los monstruos’ es una apuesta que se puede apreciar como excesivamente arriesgada en la carrera de un Spike Jonze que no deja de ir a contracorriente. Se trata de un relato demasiado adulto para niños que se muestra, por su grafía y personajes, en algo un tanto infantil para los adultos. Pero lo cierto es que esta película sobre la infancia plantea, por primera vez en mucho tiempo, un cine infantil inteligente y radicalmente inconmensurable. Su esencia oscura la transforma sutilmente en una obra compleja e inclasificable. Es lo que convierte al filme en una joya en bruto. El viaje de autodescubrimiento de Max, su fantasía haciendo frente a sus frustraciones, es una portentosa fábula poética y lírica en todos los sentidos, llena de una verdad cinematográfica que percibirán mejor que nadie los adultos que echan de menos la inmadurez y la infancia. Ellos son los verdaderos destinatarios de esta obra de culto instantánea.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
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