jueves, 12 de noviembre de 2009

Review 'El imaginario del Doctor Parnassus (The Imaginarium of Doctor Parnassus)'

El paroxismo de la locura temeraria
Asentado en su vena más arriesgada y ‘kamikaze’, Terry Gilliam vuelve a proponer una compleja fábula de sugerente apariencia y paranoia colorista inscrita en su habitual universo de fantasía hipertrofiada que no logra convencer.
La carrera de Terry Gilliam viene marcada por la libertad de creación y el riesgo con el que el cineasta ex Monty Python ha confabulado su irregular trayectoria, marcada por la mala suerte y los contratiempos que han azotado sus producciones de audaz cine temerario donde abundan elementos relacionados con el cuento tradicional, el barroquismo, la excentricidad, la locura y los sueños. Todo ello se da cita en su nueva locura titulada ‘El imaginario del Doctor Parnassus’, enésima muestra de la capacidad y el gusto de Gilliam por los universos abstractos que logran transgredir lo genérico con una miscelánea de turbulenta iconografía y una deflagración imaginativa que atiende al descontrol y la abundancia. La concepción global y visual de esta desquiciada genialidad se basa, casi siempre, en desarrollar un estilo propio y llevarlo al extremo.
Desde hace tiempo, esta tendencia parece no tener límites. En su última fábula, el universo particular de Gilliam se expone sin cortapisas, determinado en una libertad ‘kamikaze’ que arranca, en esta ocasión, entre tinieblas, con la llegada de una empobrecida atracción de feria a los suburbios nocturnos londinenses. En ella viajan el longevo doctor Parnassus y su prole circense, cuyo más acreditado número consiste en habilitar a sus eventuales feligreses la posibilidad de conocer sus propios paisajes oníricos a través de un espejo que muestra, mediante deformación espectral y luminiscente, los espacios de la imaginación del que lo atraviesa, concretando lo que uno es y lo que desea, las entelequias que se han ido perdiendo en un mundo realista que ha dejado de creer en las historias fabulescas y reniega de la fantasía. Pero hay un secreto que Parnassus ha escondido a lo largo del tiempo; hace miles de años, hizo un trato con el mismísimo demonio a cambio de entregar a su hija cuando ésta cumpliera dieciséis años. Y ése momento, por supuesto, ha llegado.
Para esta idealización del universo ‘gilliamesco’ (por definirlo de alguna manera), el director de ‘12 monos’ ha vuelto a recurrir al guionista Charles McKeown, uno de sus más recordados cómplices junto al que creó obras como ‘Brazil’ y ‘Las aventuras del Barón Münchausen’. Junto a él recupera y promueve el aparente histerismo que encierra su sarcástica idiosincrasia visual y narrativa, llena de influencias literarias y pictóricas. Ambos se dejan llevar por la ensoñación ‘quijotesca’ muy asumida por Gilliam, en terrenos imaginativos afectados por la diversidad imaginativa con la que se apuntala su armazón narrativo, que discurre a través de una senda un tanto confusa entre realidad e ilusión, donde la racionalidad queda en manos del capricho autoral más que de la lógica narrativa de una fábula encrespada y compleja.
‘El imaginario del Doctor Parnassus’ es la extensión que justifica (otra vez) la consabida irregularidad de su director, con momentos de inspirada imaginería, de alucinantes piruetas visuales, de sugerente apariencia y paranoia colorista así como arrobamientos ombliguistas pasados de rosca. Llega un momento en la película donde la acumulación de esa plástica ardua e insubordinada a su propia grafía, por no decir inadecuada y excesiva, focaliza el interés del público hasta tal punto que se descarría de su contexto mitológico, disponiendo un tratado imposible de asimilar. Y lo que es peor, de dudosa identificación.
Si ya con ‘Tideland’, Terry Gilliam exhibía un provocador sistema para conferir a su discurso sobre la imaginación como vía de escape a la vida real cierto tono oscuro y enigmático, aquí la fantasía, como tal, es la esencia perdida de una sociedad que ha dado la espalda a los sueños y se ha olvidado por completo de los mágicos escenarios que plantea Parnassus. Sin embargo, ese tono instigador o subversivo no encuentra su espacio en esta película. A su forjador de locuras se le nota demasiado autocomplaciente, haciendo alarde de un ostentoso exhibicionismo estilístico.
Sin ir más lejos, no mide las consecuencias de su profusa imaginación, pautando un surrealismo que si bien profundiza en el entorno de la entelequia, de sus condicionamientos y de su ubicación dentro de la sociedad desubicada que nos rodea, deja la sensación de experiencia dispersa y críptica, que olvida la contemporización de sus designios y disertación acerca del Bien y Mal, del reverso tenebroso que anida en el subconsciente, de historias de celos y redención, de relaciones parternofiliales y falsas apariencias.
La mitología y la fe batallaban con el racionalismo y las ideas modernas, representado con acierto en un mal juguetón y mefistofélico que no logra llegar a solidificarse dentro del subtexto. Como el propio Parnassus, Gilliam defiende la elaboración de mundos por encima de los establecidos, pero no termina de convencer con este oasis de fantasía hipertrofiada a los antojos de su creador, aquí desmelenado a la hora de recurrir a esa desproporción visual distinguible, llena de autoreferencias pintorescas, de influencias propias, ajustadas a su costumbre itinerante y magnificada dentro de los oníricos recursos que se van dando cita una vez que se cruza ese espejo mágico.
Hay que agradecer, empero, lo bien salvada que está la multiplicidad de rostros del personaje de Heath Ledger, cuya repentina muerte impidió terminar su papel del apuesto Tony y que es sustituido dentro del universo imaginario por Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell, respectivamente, aportando una dimensión más al laberinto narrativo que supone la película. Eso sí, contraviniendo lo que, en apariencia, era la esencia de un personaje poliédrico, pero no en el mundo mágico de Parnassus.
Se trata de otro de esos delirios visuales que no obedecen a reglas, ni a gustos, ni siquiera da la sensación de que Gilliam sea un embaucador que con sus trucos encandile a la platea. Parece que ‘El imaginario del Doctor Parnassus’ la haya creado sólo para sí mismo, con la inmutable actitud de explotar las fronteras de la incoherencia, con esa radicalidad impulsiva capaz de romper patrones, de seguir únicamente los edictos que marcan sus impulsos y mostrar con lucimiento las obsesiones de un autor al que cada vez le gusta más que le tilden de ‘maldito’, obstinado en reincidir en una especie de prototipo de bestiario que aquí tiene sus cotas máximas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

PRÓXIMA REVIEW: 'Celda 211', de Daniel Monzón.